Nos escandaliza tanto la degradación política de los EEUU de la mano de Donald Trump que tendemos a olvidar la que se produjo durante el gobierno de George W. Bush, con su pandilla de cínicos y ultraconservadores lobistas. De esa runfla impresentable se destacaban el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y el más poderoso vicepresidente de la historia, Dick Cheney.
Rumsfeld tiene su película imperdible, un documental del celebrado Errol Morris (uno de esos documentalistas que dejan hablar a sus entrevistados y no los interrumpe cuando se equivocan): The Unknown Known (2013).
Vice, la película de Adam McKay que se mete con la carrera política de Dick Cheney (entrelazada con la de Rumsfeld), juega desde el título con la coincidencia en el nombre del cargo (vice, como vicepresidente) y el juicio moral ("vice" también significa vicio).
McKay, luego de algunas comedias desopilantes junto a Will Ferrell (Anchorman, Talladega Nights) encaró un tema complicadísimo, como la explosión de la burbuja inmobiliaria y su consecuente crisis de 2009, en The Big Short (que se estrenó como El gran engaño). Allí, muy ingeniosamente, se demostraba la increíble complejidad de esa crisis a través de intentos disruptivos, como pedirle al recordado chef Anthony Bourdain, fuera del marco narrativo de la película, que explique la mezcla de bonos basura con otros bonos ejemplificandolo con una tarta de pescados.

En el caso de Vice, los episodios de la carrera política de Dick Cheney son menos complicados y varios de ellos, en especial los que ejecutó durante la presidencia de Bush hijo, bastante conocidos. Fue funcionario de Nixon y de Gerald Ford. En los 90 pasó a la actividad privada y se convirtió en CEO de Halliburton, un gigante multinacional del petróleo con decenas de ramificaciones comerciales en distintas ramas.
Cheney, como vicepresidente de los EEUU, fue factor decisivo en la decisión de invadir Irak (relacionándolo falazmente con los episodios de setiembre de 2001, asumidos por el grupo trasnacional Al-Qaeda). Muchas de las actividades desplegadas por los norteamericanos en Irak fueron tercerizadas a empresas privadas, de las cuales la más importante y beneficiada de todas fue Halliburton, cuyas acciones subieron en ese período 500 %.

Ese es el episodio más grave de la carrera política de Cheney pero no el único. La película los enumera todos, desde el develamiento de que Valerie Plame era agente de la CIA como venganza a que su marido, un técnico experto, desmintiera la existencia de armas de destrucción masiva en Irak (episodio que tiene su propia película, Fair Game, de 2010, con Naomi Watts, quien aparece brevemente en Vice como una presentadora televisiva) hasta el accidente de caza en donde casi mata a una persona sin sentirse demasiado afectado, pasando por todos sus problemas cardíacos que derivaron, ya fuera del poder, en un trasplante de corazón.
El problema de Vice es que yuxtapone uno tras otro todos los sucesos de esa oscura carrera política con la profundidad de una cobertura periodística matizada con chistes y alteraciones cancheras del espacio narrativo. A diferencia de The Big Short, donde todo eso estaba pero se imbricaba en una única idea, la de explicar la complejidad de una crisis prácticamente imposible de entender, aquí se convierten en guiños tontos de complicidad con el espectador. El afán comediante de McKay está tan desbordado que es capaz de idear una estructura narrativa para la película, la de la esporádica voz en off, con el único objeto de rematarla con un chiste inconducente.

Además de contemplar y enterarnos de la sucesión de perversiones políticas de Cheney, Vice no ofrece alguna interpretación un poco más profunda de su personalidad. A veces, la mejor forma de criticar una película es recordar otra, que triunfó donde la primera falló. En este caso me acuerdo de Nixon, de Oliver Stone (1995). Un líder populista de derecha retratado por un populista de izquierda: sin embargo, el director, usando su arte, logró hacer un retrato del "tramposo Dick" lleno de claroscuros, que encontraba hasta algún lugar de grandeza y lograba una cierta empatía ante su derrumbe moral. La escena en la que Nixon solloza frente a un retrato de Kennedy y dice "¿Por qué la gente ve en ti lo que quiere ser y en mí lo que es?" tiene más profundidad psicológica que las más de dos horas de Adam McKay sobre Cheney.
En la comedia norteamericana desarrollada por las elites de las ciudades del Este y del Oeste hay una preocupación muy ostensible por la figura de Donald Trump. La intención de esta película es anclar ese disgusto al partido Republicano y a su historia reciente. Aparece Ronald Reagan diciendo la frase que luego tomó Trump ("Make America Great Again" y el chiste después de los títulos trata de traer las cosas a la actualidad. La posición política de los realizadores es muy clara y la carrera política reprobable de Cheney no menos evidente. Pero una película debería aspirar a ser otra cosa.
*Vice, EEUU, 2018, 131', dirigida por Adam McKay, se estrenó en la Argentina la semana pasada y tiene ocho nominaciones al Oscar, incluyendo mejor película, mejor director y actor y actriz principales y secundarios, entre otros.
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