
Más de 140 años después de que una ballena varara cerca de Basora, una ciudad del sur de Irak, un equipo encabezado por Rita Amaral, una investigadora, bióloga evolucionista y genetista de la conservación de origen portugués, especializada en mamíferos marinos, propuso que las jorobadas residentes del mar Arábigo sean reconocidas como una cuarta subespecie.
La propuesta plantea el nombre científico Megaptera novaeangliae que indica para estos cetáceos. Hasta ahora se reconocen 3 subespecies de ballena jorobada: una del Atlántico Norte (M. n. novaeangliae), otra del Pacífico Norte (M. n. kuzira) y una tercera del hemisferio sur (M. n. australis).
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La decisión final, sin embargo, depende del comité de taxonomía de la Sociedad de Mamíferos Marinos. La investigación, publicada en Frontiers in Marine Science, detalla que los animales analizados viven frente a las costas de Omán y forman una población pequeña que no muestra señales de crecimiento en las últimas 2 décadas.
El ADN del ejemplar de 1883

De acuerdo con la información divulgada por Earth.com, en 1883 un científico describió como una especie nueva a una ballena que había quedado varada cerca de Basora y la denominó Megaptera indica.
Posteriormente, otros especialistas consideraron que se trataba simplemente de otra denominación para la ballena jorobada, mientras que el esqueleto del animal quedó conservado en un museo de historia natural de Francia.
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Los autores del estudio revisaron el cráneo incompleto de ese ejemplar y extrajeron una pequeña muestra ósea para obtener ADN. La forma del cráneo y el análisis genético coincidieron en que se trataba de una ballena jorobada. Además, su material genético guardaba una relación estrecha con el de los animales que habitan actualmente el mar Arábigo.
Para determinar si la población del mar Arábigo se diferenciaba de las otras subespecies reconocidas, el equipo comparó un segmento de ADN mitocondrial —transmitido de las madres a sus crías— de 2.285 ballenas jorobadas de distintas partes del mundo, incluido el cráneo del siglo XIX.
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Las secuencias de esta zona procedieron de 47 ejemplares muestreados frente a Omán entre 1999 y 2004. La cercanía genética entre el animal de 1883 y las jorobadas actuales permitió a los investigadores proponer el uso del antiguo nombre para identificar a la población actual.
La residencia permanente distingue a este grupo de otras

La mayoría de las ballenas jorobadas recorre grandes distancias entre zonas frías de alimentación y aguas cálidas de reproducción. En cambio, el grupo del mar Arábigo permanece durante todo el año en un entorno tropical y subtropical; esa residencia permanente es una de las características que las distingue al evaluar su diferenciación.
Los resultados muestran que estos cetáceos difieren de las 3 subespecies reconocidas y presentan la menor diversidad genética entre las regiones examinadas.
Según las estimaciones del estudio, distintos grupos de la población se separaron entre hace aproximadamente 43.000 y 113.000 años, durante etapas tardías de las glaciaciones, cuando cambiaron el nivel del mar y las corrientes del océano Índico.
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Amaral sostuvo que “los resultados indican claramente que las ballenas jorobadas árabes han seguido su propia trayectoria evolutiva durante decenas de miles de años y respaldan su reconocimiento como una subespecie distinta”.
La investigación señala que sus antepasados pudieron llegar desde el hemisferio sur en más de una ocasión, ya que no forman una sola rama definida en el árbol evolutivo.
El calendario reproductivo limita el contacto con grupos vecinos

La diferencia de calendario reproductivo podría actuar como una barrera frente a las ballenas del sur. Las jorobadas del mar Arábigo se reproducen siguiendo el ciclo del hemisferio norte, con 6 meses de diferencia respecto de sus vecinas meridionales.
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Cuando estas últimas llegan a zonas tropicales como las cercanas a Maldivas y Sri Lanka, el grupo árabe se encuentra alimentándose y no cantando para aparearse. El canto, asociado a la reproducción, es compartido entre las ballenas de Omán y de India, pero no con las poblaciones ubicadas más al sur.
También existe una diferencia en la dieta: el grupo residente depende en mayor medida de sardinas que de kril. Por otra parte, aunque no hay una característica corporal que permita identificarlo de forma fiable, los ejemplares medidos en la década de 1960 promediaron 13 metros de largo, frente a 12,5 metros en los capturados en el hemisferio sur.
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Suaad Al Harthi, directora ejecutiva de la Sociedad Ambiental de Omán, explicó que el trabajo comenzó con embarcaciones pequeñas para fotografiar individuos y obtener muestras mínimas de tejido.
Sin embargo, “se ha convertido en un programa mucho más amplio que utiliza el seguimiento por satélite, la monitorización acústica, las evaluaciones de salud y otras técnicas”, afirmó la directora.
Las amenazas se concentran en el hábitat costero de Omán

Más de 2/3 de las ballenas examinadas frente a Omán tenían cicatrices compatibles con enredos en aparejos de pesca. A ello se suma el tránsito de buques en el norte del océano Índico, que aumentó cerca de un 5% anual entre 2009 y 2018. Un estudio anterior ya había identificado un riesgo alto de colisiones en el hábitat de estos animales.
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Además, los autores señalan otros factores como el ruido submarino y la contaminación. En este contexto, el cambio climático también representa una preocupación porque afecta la fuerza de los monzones, vientos estacionales que provocan lluvias intensas, lo que podría modificar la disponibilidad de sardinas.
Howard Rosenbaum, responsable del programa New York Bight de la Wildlife Conservation Society, afirmó que el trabajo “refuerza la necesidad de proteger a estas ballenas jorobadas en toda su área de distribución”.
La Comisión Ballenera Internacional ya trata a esta comunidad como una unidad diferenciada de reproducción y alimentación, y recomendó un plan de manejo para su conservación. Aida Al Jabri, de la Autoridad Ambiental de Omán, indicó que el país evalúa una mayor protección de hábitats relevantes mediante la Organización Marítima Internacional.
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El análisis plantea que reducir las amenazas exige una acción coordinada en toda la región, aunque todavía no puede determinar si la población se recuperará una vez que esos riesgos disminuyan.
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