
Durante décadas, el gran cráneo, los caninos visibles y la mandíbula poderosa de los entelodóntidos alimentaron una imagen de cazadores de grandes presas, reforzada por el apodo de “cerdos del infierno”. Un estudio de 2023 publicado en la revista Palaeogeography, Palaeoclimatology, Palaeoecology ofrece un retrato distinto a partir de una fuente de evidencia menos vistosa que el tamaño del cráneo: las marcas que dejaron los alimentos en los dientes de Entelodon magnus.
Los fósiles conservan huesos y piezas dentales, pero no muestran de manera directa qué comía un animal. Una mandíbula puede revelar la fuerza de una mordida, aunque no alcanza para reconstruir por sí sola la alimentación habitual de una especie desaparecida.
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El equipo liderado por Florent Rivals analizó el desgaste microscópico de los molares de este representante europeo del grupo, que vivió durante el Oligoceno, hace entre 34 y 23 millones de años. El trabajo concluyó que su patrón dental se parece al de una dieta omnívora, similar a la del jabalí, y no al de un depredador especializado.
Las huellas de los molares permiten revisar una imagen basada solo en la mandíbula
El microdesgaste dental estudia las pequeñas señales que el contacto repetido con la comida deja en la superficie de los dientes. Pozos, rayas y surcos no permiten identificar cada alimento en particular, pero sí reconocer patrones vinculados con distintas formas de alimentación. Esa información complementa los rasgos visibles del cráneo y la mandíbula, que hasta ahora habían sido la base casi exclusiva para imaginar el comportamiento de estos animales.
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El equipo examinó los molares con un estereomicroscopio, un instrumento que permite observar en detalle el relieve de cada diente. Después comparó las marcas con una base de datos de grandes mamíferos actuales, organizada en diez tipos de dieta, que incluía desde carnívoros estrictos hasta herbívoros especializados.
La comparación permitió establecer si el desgaste se parecía al de animales que comen sobre todo carne, al de herbívoros o al de especies que aprovechan recursos de origen vegetal y animal. En la muestra de Entelodon magnus, los resultados se ajustaron a la tercera posibilidad.

El paper no afirma que este animal excluyera la carne de su dieta. Su conclusión es más acotada: las marcas observadas no respaldan una alimentación centrada en cazar grandes herbívoros ni en triturar huesos de forma habitual, como sugería la comparación tradicional con las hienas. La forma de la mandíbula indica qué fuerzas podía ejercer el animal, mientras que el desgaste revela cómo utilizaba realmente los dientes en su día a día.
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La dieta pudo variar de acuerdo con los recursos disponibles en cada estación
Los autores también compararon los dientes de Entelodon magnus con los de antracoterios, otro grupo extinto de mamíferos con pezuñas que vivió durante el mismo período. Los dos grupos mostraron señales de desgaste claramente diferentes entre sí, pese a haber compartido ecosistema.

En los fósiles de Entelodon aparecieron más pozos de punción y rayas cruzadas, un patrón que los investigadores relacionan con la alimentación omnívora. El trabajo plantea que esta dieta probablemente cambiaba de forma considerable entre estaciones: la especie no dependía de una única fuente de comida durante todo el año y podía aprovechar los recursos que encontraba en cada período, ya fueran vegetales, frutos, carroña o pequeños animales.
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Esa flexibilidad resulta compatible con las marcas registradas en los molares y pudo haber sido, según uno de los especialistas consultados para la cobertura del hallazgo, una ventaja frente al enfriamiento progresivo que caracterizó el paso del Eoceno al Oligoceno.
La comparación con otros fósiles refuerza la lectura de los dientes
El análisis incluyó molares superiores e inferiores, por lo que la interpretación no dependió de una sola pieza aislada. El estudio registró diferencias claras entre las marcas de Entelodon magnus y las de los antracoterios, representados en la comparación por Anthracotherium sp.
En este último caso, los autores identificaron señales compatibles con herbívoros oportunistas que podían ramonear, comer frutos o pastar, sin ningún indicio de consumo de presas o tejido óseo.
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El contraste muestra que ambos grupos procesaban los alimentos de maneras distintas, aun cuando habitaron los mismos ecosistemas durante el Oligoceno. La comparación con mamíferos actuales tampoco busca encontrar un equivalente exacto para una especie extinta: su función es situar las huellas fósiles dentro de referencias conocidas y descartar interpretaciones que no encajan con ellas.
En este caso, el resultado permite acotar un debate que lleva décadas abierto sobre Entelodon magnus. Su dentición podía soportar fuerzas elevadas y procesar materiales duros, pero el patrón de desgaste registrado no coincide con el de un animal dedicado de forma regular a la caza de grandes presas o al consumo habitual de huesos, tal como sugería durante años su apodo más popular.
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