La misión Artemis II inaugura una nueva etapa en la exploración espacial al enviar una tripulación en un vuelo alrededor de la Luna. Se trata del primer viaje tripulado que saldrá de la órbita terrestre desde la era Apollo y funcionará como antesala del objetivo mayor: Artemis III, que planea el descenso humano sobre la superficie lunar. Durante diez días, los astronautas pondrán a prueba los límites de la tecnología y la resistencia humana lejos del resguardo terrestre.
El lanzamiento de Artemis II, con la tripulación ya en cuarentena en Houston, tiene como primera ventana posible el domingo 8 de febrero de 2026, aunque la fecha definitiva dependerá del resultado del ensayo general húmedo, que fue realizado el domingo 1 de este mes, y de las condiciones meteorológicas en Florida, según informó la NASA.
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Los desafíos y riesgos que enfrenta Artemis II superan el marco de una misión puntual. Superar estos obstáculos resultará decisivo para la seguridad de los futuros alunizajes del programa Artemis y para el desarrollo de estrategias que permitan sostener la exploración en el espacio profundo. Las soluciones que surjan en este vuelo definirán el rumbo de las próximas décadas de la aventura espacial.
Radiación espacial: el desafío biológico principal

El 1 de febrero de 2026, la NASA realizó los últimos ensayos para Artemis II en la plataforma 39B del Centro Espacial Kennedy. El equipo técnico prueba la carga de combustible criogénico y verifica todos los sistemas del cohete SLS y la nave Orion bajo condiciones de frío y viento, supervisando cada fase con transmisiones en vivo y reportes continuos.
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La radiación espacial se ubica entre los mayores obstáculos para las misiones tripuladas que abandonan el entorno protegido de la Tierra. El planeta dispone de una defensa natural: el campo magnético y la atmósfera, que desvían y absorben gran parte de las partículas cargadas provenientes del espacio.
Esta protección genera una especie de burbuja, conocida como magnetosfera, donde los niveles de radiación resultan mucho menores. Por ese motivo, los astronautas de la Estación Espacial Internacional (ISS), que permanece en órbita baja terrestre, reciben dosis de radiación mucho más bajas que quienes viajan más allá de este escudo.
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Al explorar más allá de esta región, los astronautas de Artemis II quedarán expuestos a nuevas fuentes de radiación. La primera barrera que deberán atravesar son los cinturones de Van Allen, zonas de partículas cargadas atrapadas por el campo magnético de la Tierra.

Fueron descubiertos en 1958, rodean el planeta como enormes “donas” de radiación y concentran protones y electrones de alta energía. La exposición al cruzarlos se limita por la rapidez del paso, pero representa un riesgo inicial tanto para las personas como para los sistemas electrónicos, de acuerdo con la NASA.
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Fuera de la magnetosfera, el peligro proviene de dos fuentes principales: tormentas solares y rayos cósmicos galácticos. Las primeras generan ráfagas de partículas, principalmente protones, que pueden alcanzar niveles potencialmente letales en pocas horas.
Por su parte, los rayos cósmicos galácticos, compuestos por protones y núcleos atómicos lanzados desde eventos como supernovas, viajan a velocidades cercanas a la luz y atraviesan la materia con facilidad. Estas partículas pueden dañar el ADN, provocar mutaciones celulares y aumentar el riesgo de desarrollar cáncer, enfermedades cardiovasculares y alteraciones en el sistema nervioso.
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El testimonio de Jeremy Hansen, astronauta de la Agencia Espacial Canadiense y uno de los integrantes de la tripulación de Artemis II, para la revista Science, describe la incertidumbre sobre los efectos de la radiación en la salud a largo plazo: “Existe la posibilidad de que esto tenga algún tipo de impacto en mi salud a largo plazo que de otro modo no habría ocurrido, pero no está bien definido”. Los astronautas de la NASA Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch completan los integrantes de la misión que está prevista para comenzar este mes.
Ensayos con tejidos humanos y animales señalaron alteraciones inmunológicas, deterioro cognitivo y lesiones celulares, aunque la evidencia directa en humanos sigue siendo escasa. Los estudios muestran una mayor incidencia de ciertos cánceres y enfermedades neurodegenerativas, pero las diferencias entre las fuentes de radiación complican la comparación con el entorno espacial.
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Para mitigar estos riesgos, la nave Orion incorpora refugios especiales, por si sucede una erupción solar, y se desarrollaron chalecos protectores. Durante Artemis I, un maniquí con chaleco absorbió entre 40% y 60% menos radiación que otro sin protección al atravesar el cinturón de Van Allen. No obstante, la protección frente a los rayos cósmicos galácticos sigue siendo limitada, ya que su energía elevada permite que atraviesen la mayoría de los materiales empleados.
Desde el ámbito científico, Aleksandra Stankovic, directora del Center for Space Medicine Research del Massachusetts General Hospital, advirtió en Science que la radiación constituye “la principal limitación para la exploración humana del sistema solar”.
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Seguridad de sistemas: lecciones del pasado y nuevos desafíos
La seguridad técnica de la misión representa otra preocupación central, en especial por los antecedentes históricos de accidentes como el del transbordador Challenger en 1986. El recuerdo de esa tragedia y del accidente del Columbia en 2003 influyó en la cultura organizacional de NASA, que reforzó sus protocolos y análisis de riesgos.
Uno de los puntos críticos identificados tras la prueba sin tripulación de Artemis I fue el desempeño del escudo térmico de la cápsula Orion. Grandes fragmentos del material de protección se desprendieron durante la reentrada atmosférica, lo que llevó a NASA a modificar la trayectoria de descenso para Artemis II. Esta solución, que consiste en una entrada más rápida y pronunciada en la atmósfera, busca evitar el desprendimiento observado, pero no implica un rediseño del escudo.
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Efectos fisiológicos, psicológicos y ambientales sobre la tripulación
El espacio impone desafíos complejos sobre la salud física y mental de los astronautas. Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC), en la Tierra la exposición anual a radiación cósmica es baja, pero fuera de la atmósfera y el campo magnético terrestre, la dosis se incrementa notablemente. Para misiones cortas como Artemis II, la radiación estimada equivale a una tomografía computada de cuerpo completo. En viajes prolongados, el riesgo se multiplica.

El Human Research Program de NASA identifica cinco amenazas principales: radiación espacial, aislamiento, distancia respecto a la Tierra, gravedad alterada y ambientes cerrados. Estas condiciones provocan pérdida de masa ósea y muscular, alteraciones inmunológicas y problemas visuales, además de afectar el bienestar psicológico.
El prolongado aislamiento, la ausencia de luz natural y la convivencia en espacios reducidos incrementan el riesgo de fatiga y trastornos emocionales, según la experiencia documentada por la agencia. La distancia respecto a la Tierra limita la comunicación y la capacidad de asistencia médica en emergencias. La University College de Londres advierte que en misiones a Marte, la demora en las comunicaciones podría llegar a 20 minutos por trayecto, lo que exigiría una mayor autonomía por parte de la tripulación.
En materia de comunicaciones, NASA reconoce que la nave Orion enfrentará apagones de hasta 41 minutos al pasar detrás de la Luna, lo que dejará a la tripulación sin contacto con la base. Frente a estos desafíos, la agencia y la comunidad científica continúan desarrollando estrategias para proteger la salud y la seguridad de los astronautas durante misiones cada vez más ambiciosas.
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