La ciudad de Lima tiene pocos habitantes. Casi todos ellos trabajan orgullosamente en la actividad atómica. Sin embargo otra parte de la población se muestra cada vez más preocupada y en alerta por las posibilidades de un incidente o accidente nuclear
Vivir en un barrio nuclear, habitar el espacio geográfico que provee la mayor parte de la mano de obra de una planta atómica debe de ser motivo de orgullo y de pertenencia para mucha gente. Quienes allí moran suelen contar con un grado de estabilidad laboral respetable, buenos salarios y cierta formación técnica y profesional.
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También es cierto que nadie puede estar tan enajenado como para no comprender la amenaza que significa estar allí. Todos somos conscientes de que no existe la "probabilidad cero" de un accidente nuclear.
En la madrugada del 26 de abril de 1986, los que dormían plácidamente en la ciudad de Pripyat a pocos kilómetros de la planta nuclear de Chernobyl se despertaron sabiendo que su vida había cambiado para siempre.
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Mucho más cerca en el tiempo, un terremoto que afectó la costa noreste de Japón produjo el accidente nuclear de Fukushima. Seguramente en 2011 ningún vecino tenía temor alguno de que una tragedia como la que había ocurrido en la soviética y "atrasada" Ucrania de los años 80 se abatiera sobre el avanzadísimo y seguro Japón del siglo XXI. Sin embargo ocurrió.
Es bueno preguntarse si los accidentes nucleares de Chernobyl y Fukushima cambiaron en algo la paz y el sosiego de los habitantes de Lima, el pequeño poblado bonaerense que vive a escasos kilómetros de la Central Nuclear Atucha.
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Muchos vecinos dicen sentirse tranquilos convencidos de que allí no podría producirse un accidente parecido a ninguno de los nombrados. Sin embargo, otro grupo insiste cada vez más con que, independiente de la muy arraigada confianza limeña, nadie en este pueblo apacible podría salir ileso si algo así sucediera.
Allí no hay habitante que no tenga al menos un familiar trabajando en tareas de operación de algunas de las dos centrales existentes o en la construcción de la tercera que se está erigiendo. Con los niveles de desempleo creciente que hoy se abaten sobre nuestro país, muchos celebran esta tan peculiar situación. Otros, en cambio, son menos entusiastas y se enlistaron en el Movimiento Antinuclear de Argentina.
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Agustín Saiz es uno de ellos. Este joven ingeniero industrial plantea que el pueblo se construyó bajo la sombra de los reactores. "Por eso aquí está muy naturalizada la actividad nuclear a pesar de las consecuencias que ya trajo. Hay que informar que en los años 80 y 90 hubo incidentes que son comunes a todos los reactores del mundo", señala.
Cuando alguien transita las veredas de Lima no las puede distinguir de cualquier otro pueblito de la provincia de Buenos Aires. La amenaza nuclear no emerge bajo ninguna de las manifestaciones que suelen tener otras acciones contaminantes más tradicionales: la actividad atómica no genera ni contaminación visual, ni sonora ni, muchos menos, olor.
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Además, esta situación cuenta con un concepto aliado que surge de la estadística: se llama "la esperanza matemática", una formulación científica que tranquiliza a la gente bajo la idea de que los accidentes nucleares son muy poco frecuentes. Esta aseveración se torna preocupante recién cuando alguien añade el dato de que cuando éstos ocurren, resultan ser arrasadores, masivos y letales.
La gran pregunta que hay que hacerse en medio de la paz provinciana que atraviesa las calles de Lima es si la gente que vive allí está preparada para un eventual accidente o incidente.
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El ingeniero Saiz responde de manera contundente: "De ninguna manera. Existen protocolos y precauciones generales pero están planteados desde un lugar muy simplista. Se hacen simulacros con alguna frecuencia pero se realizan hasta un radio de 10 kilómetros de la planta atómica cuando se sabe que las consecuencias de un incidente nuclear pueden afectar la vida y la naturaleza a 500 kilómetros de distancia", sostiene Saiz.
Nadie duda de que hace 60 años el manejo del átomo y de la energía nuclear era un elemento prometedor para el crecimiento de los países en desarrollo.
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Cuando alguien observa los reactores nucleares tras los alambrados de protección que hay en Lima contempla la respuesta que, en su momento, la Argentina brindó al mundo respecto de su potencial intelectual, científico y tecnológico.
Pero el mundo cambió después de Chernobyl y Fukushima. También se modificaron los valores. La sociedad privilegia hoy, con bastante tino, su seguridad, su futuro y el de sus hijos. Presta atención a la calidad ambiental por encima de cierto desarrollo tecnológico que la pone en riesgo.
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Hoy, el modo en el que se obtiene electricidad no es indistinto: no es lo mismo energía nuclear, que solar o que eólica. Discutir sobre actividad atómica significa poner sobre la mesa el futuro y la calidad de nuestras vidas.
Necesitamos electricidad, es cierto. Pero hay que convencerse: esa postal que muestra unos reactores detrás de un gigantesco alambrado, tiene que convertirse en una foto del pasado.
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