
“Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo”, escribió Jorge Luis Borges en su poema El amenazado. Y pocas frases describen con tanta precisión lo que viven quienes atraviesan la limerencia.
Hoy parece que el mundo se detiene en el instante en que llega una notificación al celular. El pulso sube, la respiración se interrumpe y la mente se llena de preguntas, imágenes, recuerdos recientes y miedos antiguos.
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No se trata solo de amor. Es una necesidad urgente de saber del otro, de ser visto y de no quedar afuera de ese universo que se construye de a dos. Según especialistas, la limerencia es un estado obsesivo, donde la presencia o ausencia del otro determina la temperatura emocional del día.
Limerencia: el amor que ahoga
Hay días en los que la cabeza no para. El recuerdo de una frase, una mirada y un silencio se repite como un eco que no cesa. El cuerpo acompaña: nudo en el pecho, insomnio, ganas de llorar sin saber por qué.
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“Más que una pareja serena, la limerencia es una sofocación”, la describió la psicóloga Rosalía Álvarez, de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), en diálogo con Infobae.
El ciclo de la obsesión: una pregunta sin final
Diego López de Gomara, psiquiatra y psicoanalista de la APA, explicó a Infobae que la limerencia es “quedar tomado por alguien hasta perder cierta soberanía sobre los propios pensamientos”.
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No es solo amor-pasión. En la limerencia, los especialistas apuntan a que la pregunta que no se apaga es "¿me querrá?". Y que todo gira alrededor de esa duda por lo que el otro se convierte en un espejo para las propias inseguridades, y cualquier pequeño gesto o silencio puede ser vivido como confirmación o amenaza.

Los expertos explican que en el amor real, uno se encuentra con una persona diferente a la propia fantasía. La limerencia, en cambio, es una especie de hipnosis: el otro es una pantalla sobre la que se proyecta una historia interna, intensa y repetitiva. Mientras dura, no hay preguntas sobre el propio deseo, solo la urgencia de ser elegido.
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Escenas cotidianas: el amor que no deja respirar
Quienes experimentan limerencia reconocen conductas recurrentes: revisar el celular repetidamente, repasar conversaciones en la mente y buscar señales inexistentes. El insomnio, la pérdida de apetito, el llanto fácil y la sensación de vacío ante la ausencia del otro reflejan esa urgencia. También aparecen el temor a rechazar, la búsqueda constante de aprobación y la percepción de que solo el amor ajeno otorga sentido y valor.
Según explicó Álvarez a Infobae, la limerencia es para muchos una manera de llenar vacíos viejos, de buscar en el amor del otro la protección y el reconocimiento que faltaron antes.
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López de Gomara señala que la limerencia “no surge por accidente; nace cuando algo en la historia personal quedó en suspenso: una falta, una expectativa, una escena infantil no resuelta”.
De este modo, la limerencia organiza el deseo en torno a un objeto definido, evitando confrontar lo que falta en uno mismo. La pareja se convierte en escenario de antiguas situaciones, donde se buscan respuestas definitivas para preguntas que permanecen abiertas.
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El otro pasa a ser la referencia del propio valor. Se espera que complete, repare o llene vacíos. La relación se transforma en una recreación de la intimidad total, pero también de una demanda interminable.
Buscar alivio: el amor como posibilidad de cambio
No existen fórmulas simples para salir de la limerencia. Forzarse a olvidar e intentar distraerse pocas veces alcanza. López de Gomara propuso un giro: dejar de interpretar cada gesto del otro como un mensaje dirigido a uno, empezar a aceptar que el otro tiene su propia historia, que no responde a la novela interna de cada uno. El amor verdadero, sostiene, permite abrirse a algo nuevo y menos asfixiante.
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Álvarez, por su parte, recomendó el acompañamiento terapéutico, tanto individual como de pareja para poder reconocer los propios patrones y construir vínculos menos adictivos. Nombrar lo que ocurre, identificar la diferencia entre necesidad y elección, puede empezar a abrir espacio para una relación donde el aire circule y la diferencia no asuste.
La limerencia no es un defecto ni una condena, sino una manera intensa de vivir el deseo, la inseguridad y la esperanza. En ese territorio, el desafío es aprender a convivir con la pregunta, a reconocer los propios vacíos y a permitir que el amor, cuando llegue, deje espacio para respirar. Y quizás, en ese proceso, la frase de Borges deje de ser una descripción del dolor para convertirse en algo distinto: la medida de un tiempo que también pertenece a uno mismo.
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