
El 41% de las niñas de entre cinco y 13 años prefiere no ir de vacaciones si el destino no ofrece acceso a Internet, según un estudio que se realizó en Estados Unidos y analizó las respuestas de 1.000 menores. Esta tendencia surge en un contexto donde la conexión digital se volvió central en la vida cotidiana y social de la infancia.
La investigación señala que el uso de dispositivos y la presencia en redes sociales ya no es una elección ocasional, sino una necesidad que condiciona decisiones familiares y personales. El acceso a Internet se ha convertido en un factor determinante para muchas niñas a la hora de planificar actividades y viajes.

De acuerdo con los datos recabados por Girl Scouts of the USA, el aburrimiento representa la principal razón para que las niñas utilicen Internet. Más de la mitad, un 56%, declaró que recurre a la red porque no encuentra otra forma de entretenerse. Además, el 46% mencionó sentir presión para mantener una presencia en línea constante.
El temor a perderse algo impulsa la conexión digital
La encuesta, citada por Girl Scouts of the USA, revela que dos de cada cinco niñas no planean desconectarse, incluso si se les presenta la posibilidad. El fenómeno conocido como FOMO (fear of missing out) afecta especialmente a quienes tienen entre once y trece años: más del 50% teme perder contacto con sus amigas si no permanece conectada.

En el grupo de ocho a diez años, más del 30% comparte esa preocupación. Incluso entre las más pequeñas, de cinco a siete años, el 21% siente la necesidad de estar en línea para no quedar excluida de su círculo social. La presión social y el miedo a la desconexión se instalan a edades cada vez más tempranas.
Según el informe, difundido por People, este comportamiento responde a una dinámica donde la relación con la tecnología se convierte en una extensión de la vida social real. La conexión digital no solo permite compartir experiencias sino que también funciona como un espacio para validar pertenencias y amistades.

El ejemplo de los padres frente a las pantallas
El estudio también indaga en la influencia de los adultos en los hábitos digitales de las niñas. De acuerdo con Girl Scouts of the USA, el 52% de las encuestadas manifestó que les resulta difícil captar la atención de sus padres porque estos se encuentran ocupados con el teléfono.
Por su parte, en el segmento de ocho a diez años, el 64% afirmó que sus progenitores prestan más atención a sus dispositivos que a sus hijos.
La directora ejecutiva de Girl Scouts USA, Bonnie Barczykowski, señaló: “Esta investigación es un recordatorio importante para padres, cuidadores y niñas cuyo primer instinto, consciente o inconsciente, suele ser usar un dispositivo”.
Asimismo, Barczykowski remarcó la importancia de fomentar momentos de conexión real y actividades que contribuyan al bienestar y la resiliencia de las niñas.

En este contexto, Australia implementó una política que prohíbe todas las redes sociales para menores de 16 años, argumentando una crisis de salud mental.
El exdirector general de Salud Pública de Estados Unidos, Vivek Murthy, advirtió sobre el “riesgo grave” que representan las redes sociales para los niños y propuso incluir advertencias similares a las utilizadas en productos como los cigarrillos.
El desafío de equilibrar el tiempo en línea y las relaciones personales
La investigación destaca que la dificultad para desconectarse no solo afecta a las niñas. Los padres también enfrentan desafíos para regular su propio uso de la tecnología, lo que influye directamente en el comportamiento de sus hijos. La falta de atención mutua debida al uso de dispositivos genera tensiones y dificulta la construcción de vínculos sólidos.

El informe concluye que el tiempo libre en familia representa una oportunidad para fortalecer lazos y promover actividades alejadas de las pantallas. Los especialistas recomiendan que los adultos se involucren en la vida digital de los menores, establezcan límites y prioricen experiencias compartidas.
En la actualidad, el acceso a Internet forma parte de las prioridades de la infancia y condiciona decisiones que antes respondían a otros intereses. El desafío reside en encontrar un equilibrio entre el uso de la tecnología y el desarrollo de relaciones personales saludables. Para muchas familias, reflexionar sobre estos hábitos se ha vuelto una necesidad impostergable.
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