
Un hombre joven, con un bolso de tela al hombro, un libro de Sally Rooney en la mano y un matcha latte en la otra, se volvió en la imagen viral de una tendencia que recorre redes sociales y campus universitarios.
Este fenómeno, los mismos algoritmos lo denominaron el hombre performativo, o en todo caso en inglés: “Performative male”.
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Este arquetipo, que dio pie a concursos en ciudades como Seattle, Nueva York, Yakarta y en la Universidad de Yale, despertó debates sobre la masculinidad, la autenticidad y la representación en la era digital, según reportes de The New York Times, Yale Daily News y The Guardian.
El hombre performativo se distingue por una estética cuidadosamente seleccionada: auriculares con cable, pantalones anchos, bolsos de tela decorados con muñecos Labubu y una preferencia por libros escritos por autoras feministas.
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Su comportamiento busca proyectar sensibilidad y afinidad con causas progresistas, especialmente aquellas que considera atractivas para mujeres feministas.
“Son hombres que intentan adaptarse a lo que creen que les gusta a las mujeres feministas”, explicó Guinevere Unterbrink, profesora de arte y presentadora de uno de los concursos en Seattle, en declaraciones recogidas por The New York Times. Para muchos, esta actitud no pasa de ser una pose superficial. Lanna Rain, también organizadora del evento, resumió: “Es solo una estética para ellos”.
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La viralización del fenómeno fue impulsada por plataformas como TikTok, donde los videos etiquetados con #performativemale superan los 28 millones de visualizaciones.
Los memes y parodias abundan, mostrando a hombres que leen libros densos al revés o que exageran la cantidad de accesorios que portan. El interés por el término “performativo” aumentó en búsquedas de Google, y la cobertura mediática se extendió desde revistas de moda hasta medios internacionales, que documentó la proliferación de estos concursos y la reacción de la opinión pública.
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Los concursos de hombre performativo fue más allá del ámbito digital para instalarse en espacios físicos. En Seattle, decenas de participantes desfilaron con vinilos, tocadiscos y bigotes postizos, mientras respondían preguntas sobre feminismo. El premio: un ejemplar de “El deseo de cambiar” de Bell Hooks.

En Yale, el evento congregó a unos 500 estudiantes y generó controversia institucional. Chloe Shiffman y Mia Bauer, organizadoras del concurso en el campus, recibieron un correo de la decana de estudiantes, Melanie Boyd, advirtiendo que la actividad violaba la política universitaria sobre el uso de espacios al aire libre.
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Shiffman criticó la medida, señalando que la normativa limita la espontaneidad y la capacidad de los estudiantes para reunirse, y comparó la respuesta administrativa con la aplicada en protestas políticas en el campus. “Estoy muy enojada ahora mismo”, expresó Shiffman en un informe que compartió la misma universidad.
La autenticidad de estos hombres fue objeto de escrutinio y sátira. Marcus Jernigan, ganador del concurso en Seattle, reconoció que muchos adoptan ciertas actividades o gustos musicales “con la intención de atraer mujeres”, y lamentó que quienes realmente disfrutan de esa estética vean su identidad “robada por quienes tienen otros motivos”.
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La crítica se extiende a la cultura digital, donde la performatividad se convirtió en una moneda común. Tony Wang, consultor de tendencias, observó en una nota de The New York Times que muchos hombres asumen la ironía como escudo: “Casi proporciona una especie de protección o cobertura que permite al sujeto decir: ‘Oh, solo estoy siendo irónico, no te lo tomes tan en serio’”.
Expertos y comentaristas aportaron distintas perspectivas sobre el trasfondo cultural del fenómeno. J’Nae Phillips, pronosticadora de tendencias y autora del boletín Fashion Tingz, definió en The Guardian: “Un hombre performativo es menos sobre quién es alguien que sobre cómo proyecta la masculinidad en público, usualmente en línea. Es alguien muy consciente de que la masculinidad está siendo observada, evaluada y consumida, y por eso la escenifica”.
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La socióloga Ashley Morgan, de la Cardiff Metropolitan University, señaló en el medio británico que, a diferencia de las masculinidades performativas del pasado —centradas en impresionar a otros hombres con autos rápidos o actitudes dominantes—, la versión actual resulta más inclusiva y amplía el espectro de lo que puede significar ser hombre.

El debate sobre la autenticidad no es exclusivo de los hombres. La tendencia a exhibir valores progresistas o feministas en redes sociales afecta a toda una generación, obsesionada con proyectar virtud más que con practicarla. Listas de “red flags” y advertencias sobre hombres que “hablan el lenguaje de la disponibilidad emocional, pero no la practican” circulan en internet, aunque muchos consideran que estos criterios son tan vagos que podrían aplicarse a cualquier persona.
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El hombre performativo se inscribe en una evolución de arquetipos masculinos. Comparado con el “poser” de los años 90 y el “softboi” de finales de la década de 2010 —este último caracterizado por su sensibilidad y gusto por la música alternativa—, el nuevo arquetipo abarca una gama más amplia de actitudes, desde la ternura hasta la incompetencia, siempre enmarcadas en una teatralidad consciente.
Phillips lo describe como el “espejo” del movimiento “trad wife”, que promueve una feminidad hiperestilizada y nostálgica: ambos, sostiene, son respuestas a la búsqueda de identidad y validación en un mundo caótico, donde la performance de género se convierte en refugio estético.
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