
En el ámbito deportivo, donde la juventud y la velocidad suelen dominar, figuras como Novak Djokovic, LeBron James, Allyson Felix y Tom Brady desafían las expectativas al mantenerse en la élite mucho después de la edad considerada habitual para el retiro. Estos atletas de máximo nivel no solo siguen compitiendo, sino que continúan cosechando éxitos en sus respectivas disciplinas.
Esta permanencia despertó el interés de la neurociencia y la fisiología, que buscan entender cómo logran sostener un rendimiento deportivo tan alto con el paso de los años. Un análisis publicado por The Conversation señala que la clave está en la extraordinaria capacidad de adaptación del cerebro y el cuerpo, un proceso que trasciende al talento o la fuerza de voluntad.
Rendimiento deportivo y adaptabilidad en atletas veteranos
Djokovic sigue superando a rivales más jóvenes en los principales torneos de tenis. LeBron James continúa marcando el ritmo en la NBA, defiende a jugadores más corpulentos y dirige el juego con destreza, pese a su veteranía.

Por su parte, Allyson Felix logró su undécima medalla olímpica en atletismo a los 35 años, y Tom Brady conquistó un Super Bowl a los 43, cuando la mayoría de los mariscales de campo ya se retiraron. Así, queda claro que la excelencia sostenida en el deporte de alto nivel no es exclusiva de la juventud.
A su vez, el profesor Fiddy Davis Jaihind Jothikaran, especialista en kinesiología y autor del análisis, afirma que la longevidad deportiva de estos atletas se explica por la combinación que puede desarrollarse por factores biológicos, cognitivos y emocionales. Estudios científicos demuestran que las capacidades que sostienen el alto rendimiento —como el control motor, la regulación del estrés y la recuperación— no son atributos fijos, sino habilidades que pueden perfeccionarse a lo largo del tiempo. Frente a entornos con exigencias crecientes, la adaptabilidad se vuelve fundamental.
Neurociencia, plasticidad cerebral y estrategias de recuperación
La neurociencia identificó dos regiones cerebrales clave en esta adaptación: la corteza prefrontal y la amígdala. La primera, responsable de la planificación y la toma de decisiones, mejora su eficacia para gestionar la atención y elegir acciones bajo presión con la repetición de experiencias de alto riesgo. En cambio, la amígdala, encargada de detectar amenazas, puede dificultar el rendimiento si genera pánico o respuestas impulsivas.

Sin embargo, los deportistas de élite, gracias a la experiencia y el entrenamiento, logran mantener la corteza prefrontal activa en situaciones críticas y controlar la reactividad de la amígdala, lo que les permite tomar decisiones acertadas y gestionar sus emociones.
Un elemento central en este proceso es el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF), una molécula que favorece la neuroplasticidad, es decir, la capacidad del cerebro de reorganizarse y generar nuevas conexiones.
El BDNF aumenta con la actividad física intensa, la concentración y la práctica deliberada, especialmente cuando se acompaña de estrategias de recuperación como el sueño y la respiración profunda. Niveles elevados de BDNF están asociados con mayor resiliencia al estrés y mejor aprendizaje motor, permitiendo ajustes rápidos tanto en los movimientos como en las emociones.

En la práctica, Djokovic suele realizar respiraciones profundas y pausadas al perder un set. Esta técnica no solo contribuye a calmarlo, sino que también le permite restablecer el enfoque y controlar las señales de estrés, facilitando un retorno al mejor nivel más rápido que sus rivales, según lo explicado en The Conversation.
Además de la respiración consciente, los deportistas incluyen la recuperación activa al finalizar entrenamientos o competencias exigentes, eligiendo ejercicios suaves como ciclismo o natación para relajar el sistema nervioso.
Sin embargo, la mayor parte del proceso de reparación y consolidación ocurre durante el sueño, que favorece el aprendizaje y refuerza las conexiones neuronales activadas durante la actividad física. De este modo, estas rutinas entrenan un circuito entre el cerebro y el cuerpo, optimizando la capacidad de adaptación, recuperación y rendimiento.

Reserva cognitiva, alostasis y envejecimiento activo
El concepto de reserva cognitiva y el principio de alostasis —la capacidad del organismo para ajustarse ante el estrés o las demandas y mantener la estabilidad— explican cómo el cerebro y el cuerpo pueden hacerse más flexibles y resistentes con el tiempo. Este proceso de adaptación no está reservado solo para atletas de élite.
Reportes citados por The Conversation muestran que la actividad física regular que desafía cuerpo y mente incrementa los niveles de BDNF, mejora la adaptación cerebral y disminuye la sensibilidad al estrés en personas de cualquier edad.
Programas que combinan ejercicio aeróbico con tareas de coordinación, como el baile, rutinas complejas o caminatas rápidas, al tiempo que se resuelven problemas; ayudan a preservar la concentración, la planificación y el control emocional a lo largo de los años.

Así, habilidades como la anticipación, la toma de decisiones o la visión estratégica pueden mejorar con la edad y compensar la posible reducción de velocidad o potencia física.
Las enseñanzas de estos atletas trascienden lo deportivo: la capacidad de rendir bajo presión es resultado de una adaptación constante. En la vida diaria, afrontar desafíos, aprender a regular el estrés y priorizar la recuperación son acciones al alcance de todos, ya sea en el ámbito laboral, familiar o para mantener la agudeza mental.
Esto queda claro en actividades como aprender un nuevo idioma, practicar atención plena o prepararse para situaciones exigentes, que refuerzan la resiliencia, mejoran la coordinación y facilitan el control emocional.
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