
A muchos les pasa sin darse cuenta: caminar por el supermercado y, de pronto, toparse con una góndola vacía que despierta una incomodidad difícil de explicar. No hacía falta ese producto, ni estaba en la lista de compras, pero la ausencia golpea igual. Ese hueco en el estante no es un detalle menor: la psicología del consumo demuestra que el simple hecho de ver un espacio desabastecido puede disparar alarma, preocupación e incluso ansiedad, aun cuando nada esencial esté faltando
Más que un pensamiento consciente, es un reflejo interno, casi automático, que afecta el bienestar de millones de consumidores en todo el mundo —incluso a quienes no planeaban adquirir lo ausente—.
Cuando la escasez es solo visual, pero la ansiedad sí es real
Un estudio citado por The Conversation revela que la simple imagen de estantes vacíos puede elevar los niveles de ansiedad de los clientes, incluso si no tienen ningún interés en el producto ausente.

La investigación, desarrollada por un equipo liderado por Ursula Dávila Gamiño, confirma que la respuesta psicológica es inmediata y automática: ver un estante vacío activa en el cerebro alertas relacionadas con la escasez y la supervivencia. No importa si se trata de arroz, papel higiénico o galletas; la reacción emocional se vincula al espacio desocupado en sí, no al producto puntual.
Durante los ensayos, los investigadores presentaron imágenes de góndolas llenas y vacías a los participantes, invitando a registrar si sentían tranquilidad, miedo, comodidad, nerviosismo, preocupación o agrado.
El resultado fue claro: la percepción de vacío genera inquietud, preocupación e incluso estrés, aun cuando el producto ausente no forma parte de la lista de compras. De hecho, la naturaleza visual del estímulo desencadena recuerdos de situaciones de escasez, como las vividas en la pandemia de COVID-19. Estos reflejos aprendidos surgen a partir de experiencias previas relacionadas con la incertidumbre y la sensación de pérdida de control.

Memoria colectiva, diferencias culturales y consumo
El impacto de los estantes vacíos no es uniforme en todos los países. El estudio comparó las reacciones de personas en el Reino Unido y en México, detectando diferencias marcadas según los recuerdos sociales recientes.
Los británicos registraron un incremento del 11% en sus niveles de ansiedad al exponerse a imágenes de escasez, una respuesta vinculada al recuerdo reciente del Brexit y las restricciones pandémicas. Por el contrario, en México, donde la memoria de la gripe porcina de 2009 ha perdido fuerza, las imágenes no despertaron reacciones significativas.

El entorno físico del supermercado también refuerza el efecto. Investigaciones anteriores han comprobado que la organización de los estantes, el diseño de los pasillos, la luminosidad y el tipo de señalética afectan tanto el ánimo del cliente como su percepción de seguridad y abundancia. En ambientes donde el orden y la iluminación son deficientes, los estantes vacíos pueden provocar una sensación colectiva de clima tenso.
Estrategias para disminuir la ansiedad y recuperar la confianza del consumidor
Ante este fenómeno, los expertos sugieren intervenciones creativas que prioricen el impacto emocional del entorno tanto como la logística del suministro. Una de las estrategias más efectivas plantea cubrir los estantes vacíos con imágenes realistas de productos surtidos, simulando abundancia incluso durante situaciones momentáneas de desabastecimiento.
Según el estudio, esta técnica puede reducir el nivel de ansiedad, mejorar la percepción del ambiente y evitar comportamientos de compra irracional.

Otras posibles soluciones incluyen la optimización del diseño de la tienda, reforzando la iluminación, el orden y la limpieza, así como mensajes discretos y tranquilizadores sobre el pronto restablecimiento del inventario.
Las tiendas también pueden recurrir a música ambiental suave o recursos olfativos para suavizar el impacto emocional y transmitir una experiencia positiva.
Una experiencia rutinaria con impacto profundo
La reacción emocional ante los estantes vacíos va mucho más allá de la economía doméstica o la logística de un supermercado. Se trata de un fenómeno ligado a la memoria, la cultura y la psicología colectiva, donde lo visible se convierte en símbolo de temores más complejos: la inseguridad, la pérdida de control y la ansiedad.
Saber que incluso actividades rutinarias pueden afectar el bienestar emocional invita a revisar cómo pequeños detalles del entorno moldean nuestro ánimo y nuestras decisiones.
En tanto, entender el origen de esa reacción puede ayudar no solo a comprar con mayor tranquilidad, sino a transitar la vida cotidiana con una nueva conciencia sobre el poder de lo que vemos y sentimos.
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