
Aunque los seres humanos estamos hechos para socializar, iniciar una conversación con alguien desconocido puede resultar un reto incómodo. La inseguridad sobre cómo reaccionará la otra persona —si será cordial, indiferente o incluso evasiva— puede paralizarnos, según la experta en etiqueta Elaine Swann.
Y sin embargo, conversar, incluso de manera informal, puede ser una fuente de bienestar emocional y conexión genuina, publicó The Guardian.
Charles Duhigg, autor del libro Supercomunicadores, sostiene que solemos equivocarnos al anticipar que una charla será aburrida o pesada. “La gente, en realidad, disfruta mucho más de lo que cree al mantener conversaciones”, asegura. Las interacciones breves con quienes nos rodean aumentan la sensación de felicidad y vinculación.
Fingir confianza ayuda más de lo que parece
Incluso si el nerviosismo está presente, proyectar seguridad puede marcar la diferencia. Elaine Swann recomienda mantener contacto visual —sin llegar a ser intimidante— y ofrece alternativas: enfocar la mirada en la frente, las cejas o el mentón del interlocutor.
Preparar posibles temas de conversación con antelación también puede ofrecer un marco de contención frente al temor al silencio incómodo, aunque nunca se llegue a usarlos.
Para Rob Kendall, autor de Cuida tu lenguaje, el objetivo no es mostrar ingenio ni impresionar, sino establecer puntos de contacto reales con el otro.
Las preguntas, una herramienta clave

Una de las mayores señales de interés durante una conversación es la capacidad de formular preguntas. Duhigg señala que los grandes comunicadores hacen entre 10 y 20 veces más preguntas que la media. No se trata solo de interrogantes formales: frases como “¿Y qué te pareció?” o “¿Qué pasó después?” abren espacios para que el otro se exprese.
“Las personas disfrutan hablando de sí mismas. Son expertas en ese tema”, comenta Kendall. Escuchar activamente y prestar atención refuerza esa percepción de interés genuino.
La charla trivial, punto de partida
Aunque suele menospreciarse, la conversación ligera puede ser la puerta de entrada a vínculos más profundos. Swann sugiere comenzar por preguntas simples, especialmente en contextos sociales: “¿Hace cuánto conoces a los anfitriones?” o “¿Llevas mucho en la organización?”.
Evitar temas demasiado personales o divisivos como religión, política o sexo sigue siendo una norma prudente. Sin embargo, Duhigg anima a formular preguntas que puedan invitar a la reflexión personal. En lugar de preguntar a alguien dónde trabaja, por ejemplo, es mejor indagar qué le motivó a elegir su profesión. Este tipo de cuestiones, aunque sencillas, permiten conocer mejor a la persona.
“¿Qué te hizo quedarte en esta ciudad?”, “¿Qué es lo que más disfrutas de tu trabajo?” son ejemplos de invitaciones a compartir algo más íntimo sin invadir el terreno personal. El desafío no está en encontrar la pregunta perfecta, sino en dar pie a una conexión genuina.
Además, es importante recordar que la conversación no es un monólogo disfrazado. Interrumpir poco, no monopolizar el relato y reconocer los silencios como parte del diálogo también mejora la calidad del encuentro.
La buena conversación se construye entre dos, y no siempre requiere profundidad: a veces basta con estar verdaderamente presente.
La conversación también se entrena

Para Swann, conversar es una habilidad que mejora con la práctica, como cualquier músculo. Propone aprovechar situaciones cotidianas —como una fila en el supermercado o una espera en una cafetería— para entablar contacto verbal. En lugar de recurrir al móvil, mirar a quien está al lado y preguntar cómo está puede abrir puertas inesperadas.
Aunque algunos opten por ignorar, otros podrían estar deseando hablar. En cualquier caso, el intento vale la pena.
Saber cerrar también es comunicarse bien
Una charla exitosa depende de cómo empieza, y de cómo termina. Swann sugiere prestar atención a señales no verbales: si la otra persona desvía la mirada con frecuencia, retrocede ligeramente o gira el cuerpo, puede estar indicando su deseo de finalizar la interacción.
Kendall agrega que, si uno es quien sostiene todo el flujo conversacional, conviene evaluar si el otro realmente desea seguir. Saber retirarse a tiempo también forma parte de una comunicación empática.
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