
La historia de Nobu Matsuhisa comienza en Saitama, donde creció con una infancia marcada por una tragedia temprana. En 1957, cuando tenía apenas ocho años, su padre murió en un accidente de moto, dejando a Nobu y a su familia en una situación de vulnerabilidad emocional y económica. Al recordar aquellos años, Matsuhisa describe su infancia como “un conjunto de imágenes fragmentadas llenas de dolor”, cuenta en una entrevista con la revista Esquire británica.
Sin embargo, fue en esos momentos difíciles que descubrió la pasión por la cocina, que compartía junto a su madre como una forma de consuelo. A los 18 años, Matsuhisa decidió dedicarse a aprender el arte del sushi. Su talento le ganó reconocimiento en los mostradores de sushi de Tokio y pronto se le presentó una oportunidad en Lima, Perú, donde un socio le propuso abrir un restaurante en 1973.
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La experiencia en Perú resultó transformadora para su carrera, ya que descubrió los sabores e ingredientes únicos de la región que marcarían la cocina de fusión japonesa-peruana que lo haría famoso años después. Esta mezcla, conocida como cocina Nikkei, nació de la combinación de las tradiciones japonesas con la gastronomía sudamericana.

Aunque la innovación en su menú ganó popularidad en Lima, los problemas no tardaron en surgir. Matsuhisa y su socio tuvieron desacuerdos financieros, lo que lo llevó a buscar nuevas oportunidades entre nosotros, en Buenos Aires. Desafortunadamente, esta segunda empresa también fracasó debido a conflictos con su socio.
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De vuelta en Japón, Matsuhisa se encontraba en una situación precaria, viviendo temporalmente en la casa de un amigo y sin recursos para realizar sus sueños. Aun así, cuando recibió una oferta para abrir un restaurante en Anchorage, Alaska, aceptó de inmediato: era su última oportunidad de establecer su propio negocio, pensó.
En 1977, tras obtener un préstamo, Matsuhisa por fin abrió Kioi, su propio restaurante. Sin embargo, tan sólo 50 días después, un devastador incendio destruyó el lugar. Sin recursos para reconstruir, Nobu cayó en una profunda depresión. “Hoy todos ven el éxito. Pero aquella vez, con el incendio, mi sueño desapareció, tal vez mi vida estaba acabada. ¡Si hasta llegué a pensar en suicidarme!”, evoca esa etapa crítica en Esquire.
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A pesar de la desesperanza, el apoyo de su esposa y sus hijas lo ayudó a encontrar la fuerza para continuar, y decidió trasladarse a Los Ángeles para intentar nuevamente desde cero. En Los Ángeles, Nobu comenzó desde abajo trabajando en mostradores de sushi en varios restaurantes. Sin embargo, su talento no pasó desapercibido. Un diplomático japonés quedó impresionado por sus habilidades y le ofreció un préstamo de 70.000 dólares para abrir un restaurante propio.
En 1987, Nobu finalmente abrió Matsuhisa en Beverly Hills, y se convirtió en el semillero de la revolución gastronómica que Nobu representaría. Los platos innovadores, como el sashimi de nuevo estilo y el bacalao negro con miso, redefinieron la cocina japonesa en Estados Unidos, atrayendo a clientes exigentes y a celebridades que buscaban una experiencia gastronómica única.
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La Alianza entre Nobu y Robert De Niro
El éxito en Los Ángeles captó la atención de Robert De Niro, quien se convirtió en uno de sus clientes habituales. Fue en el mostrador de sushi donde surgió una amistad entre el chef y el actor. Dos años después de conocerlo, De Niro propuso abrir juntos un restaurante en Nueva York.
Sin embargo, los recuerdos amargos de sus experiencias en Perú y Argentina hicieron que Matsuhisa rechazara la oferta. “No quería ser socio,” dice. Pero el actor no se dio por vencido y, cuatro años después, volvió a insistir. En esta ocasión, Matsuhisa sintió que podía confiar en De Niro.
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El actor ya había visualizado el lugar perfecto para este nuevo proyecto: un antiguo banco en Hudson Street, Tribeca, que necesitaba una transformación importante. Nobu, que inicialmente tuvo dudas por el mal estado del edificio, se unió finalmente a la sociedad, donde también participaron el productor de cine Meir Teper y el restaurador Drew Nieporent.

El restaurante Nobu abrió sus puertas en agosto de 1994, con un éxito rotundo. Matsuhisa recuerda que el local estaba “inmediatamente ocupado,” a pesar de que no contaban con licencia de alcohol, lo que les ganó el apodo de “Nobooze”.
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Un mes después, la crítica gastronómica Ruth Reichl, de The New York Times, publicó una reseña que consolidó el prestigio de Nobu en la ciudad, describiéndolo como “una tierra de restaurantes de fantasía que no reconoce fronteras geográficas”.
El restaurante se había convertido en un símbolo del cambio gastronómico en Nueva York, donde la alta cocina estaba lista para recibir sabores y estilos hasta entonces inéditos.
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Expansión global
El éxito de Nobu en Nueva York marcó el comienzo de una expansión global sin precedentes. La fórmula de franquicias y licencias cuidadosamente supervisada por Matsuhisa permitió que nuevos restaurantes Nobu abrieran en ciudades como Londres, Tokio, Las Vegas y Milán, donde su propuesta de alta cocina japonesa fusionada con influencias peruanas cautivó a un público cada vez mayor.
Su asociación con De Niro y el atractivo único de sus locales atrajeron a las celebridades como un imán. Nobu no era solo un restaurante: era el lugar donde los famosos querían ser vistos. Para entonces, Nobu se había convertido en una referencia cultural: su nombre aparecía en canciones de rap, en reality shows y en publicaciones de TMZ.
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Taylor Swift y Travis Kelce eran clientes asiduos, y la frecuencia con la que Nobu aparecía en programas de las Kardashian ya le merecía “un crédito de apoyo”, bromeaban algunos medios. En un entorno donde muchos restaurantes de alta gama han tenido que cerrar o adaptarse, Nobu se mantiene vigente, preservando su estatus como símbolo de lujo y exclusividad.
Con cada apertura y cada éxito, Matsuhisa ha seguido fiel a su estilo: una mezcla de sabores y culturas. Su leyenda perdura no sólo en la cocina, sino en su habilidad para crear experiencias memorables, un legado que ha sido inmortalizado en el documental sobre su vida y su carrera, que debutó en el Festival de Cine de Telluride. Consciente de su impacto, Matsuhisa explica el propósito del film: “Tengo tres nietos. Todavía son jóvenes, así que no me conocen... Pero un día crecerán y verán mi documental. Y, oye, ¡este soy yo!”
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