Cuando hablamos de la industria de la pornografía mainstream hablamos de una industria millonaria. Pornhub es uno de los sitios pornográficos más grandes del mundo y según las estadísticas que publicó en 2019 recibe más de 42 mil millones de visitas al año, lo que significa un promedio de 115 millones de visitas por día, 80 mil visitas por minuto.
Argentina ocupa el puesto número 19 de países con mayor consumo y entre sus principales búsquedas figura “lesbianas” y “anal”. Un 64% de los consumidores son hombres y un 36% mujeres.
En los últimos años se han detectado cientos de casos confirmados dentro de Pornhub que contenían violaciones y trata de personas. Hoy cuentan con un sistema de verificación de usuarios registrados para subir el contenido.
Más del 50% de los usuarios del sitio son personas entre 18 y 35 años y el 81% del tráfico se realiza desde el celular. Si bien es condición acreditar la mayoría de edad mediante un click, la red de Jóvenes e Inclusión de la Universidad de Illes Balears publicó un estudio que estableció que la edad promedio de consumo de pornografía se acerca a los 11 años y que a los 14 años prácticamente todos los jóvenes ya consumieron pornografía en línea.

Es claro: nuestra sociedad está mal educándose a través del consumo de pornografía. Estos contenidos llegan antes que cualquier tipo de educación y, sin dudas, se consumen más que las posibles cantidades de horas cátedras de educación sexual que puedan darse en una escuela promedio. Es decir, que es un consumo intenso y masivo sobre una población joven y vulnerable que, además, no cuenta con la información adecuada sobre sexualidad para poder hacer un consumo con capacidad crítica. Esto resulta en la incapacidad para comprender que lo que vemos es un producto ficticio.
Finalmente, la industria está marcando un guion sexual de cómo deberíamos comportarnos en la cama. De alguna manera, mal aprendemos cómo el sexo debería verse y debería llevarse adelante. Alterando la percepción de lo que son los cuerpos reales, los tiempos reales, los vínculos reales, los placeres reales. Como si quisiéramos aprender a manejar mirando Rápido y Furioso. Y no contamos actualmente con otros espacios donde informarnos acerca de prácticas seguras, respetuosas y placenteras.
Algunas de estas mentiras las vemos reflejadas en:
-La falta de consentimiento de las prácticas que se llevan adelante.
-La ausencia de preservativos.
-La participación de actores con cuerpos ficticios voluptuosos, penes muy por encima de la media, cuerpos femeninos con genitales blancos y depilados y poca o casi nula diversidad corporal y genital.
-Los penes que se erectan incluso antes de la estimulación y se mantienen erectos durante toda la escena (entendamos que los actores son inyectados con vasodilatadores para lograr eso).

-Eyaculaciones controladas y explosivas (también en mujeres) en ocasiones hiperproducidas para aumentar volumen y velocidad. Reiteración de prácticas penetrativas, habiendo tanto más por explorar.
-Personajes femeninos que presentan orgasmos rápidos, secuenciales y principalmente en penetración, sin darse la estimulación adecuada. El clítoris suele ser el gran olvidado en la pornografía mainstream, siendo que es el principal órgano de placer femenino. No es casual entonces, que en los encuentros reales, las personas no sepan cómo reconocerlo y estimularlo.
-Prácticas que en la realidad suelen ser dolorosas exhibidas con naturalidad como ahogos, escupidas, chirlos, penetraciones fuertes, profundas y rápidas. Notable el caso de las penetraciones anales sin ningún tipo de lubricación ni preparación, y sin mediar consentimiento.
-Estructuras narrativas que refuerzan estereotipos heteronormativos, por ejemplo que solo las mujeres tienden a ser bisexuales o que solo las mujeres son penetradas en relaciones heterosexuales.
-Mujeres que gritan de placer, mientras los hombres permanecen en silencio.
-Encuentros sexuales que concluyen cuando se produce la eyaculación masculina, que en la industria pornográfica se denomina “money shot”, la escena mejor paga.
El objetivo del consumo de contenidos eróticos es el de aumentar la tensión sexual. La pornografía en ese sentido es muy efectiva y estimula directamente el circuito dopaminérgico a nivel cerebral. Es decir, un estímulo rápido que activa nuestro circuito cerebral de placer. Es importante saber también que genera tolerancia, es decir, que al consumirlo frecuentemente vamos a ir necesitando aumentar el nivel de estímulo. Consumir pornografía de manera intensa puede generar que, luego a la hora de tener un encuentro real, se me dificulte conectar con la situación. La masturbación acompañada de pornografía es una forma rápida, intensa y pasiva de obtener placer. Es decir que yo como consumidor no tengo que hacer nada más que recibir el estímulo. Algo que es completamente opuesto a los encuentros reales. Muchas personas encuentran luego dificultades para estar presentes y lograr excitarse con lo que están tocando y sintiendo. Hoy vemos el sexo, en lugar de sentirlo.
Por último, no creo que el camino sea la prohibición ni la censura, pero sí que es necesario modificar muchos elementos de la industria y comenzar a consumir productos alternativos, como por ejemplo el porno feminista o dirigido por mujeres, donde se muestran cuerpos y prácticas reales. Que podamos controlar y elegir lo que consumimos para que nos sume y estar informados para entender que el porno no deja de ser una ficción.
*Cecilia Ce es psicóloga, sexóloga y autora de los libros Sexo ATR y Carnaval toda la vida (editorial Planeta). En Instagram: @lic.ceciliace
Edición de video: Sofía Boutigue
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