
Un día de Navidad de 1977, moría en Suiza, mientras dormía, Carlitos Chaplín.
Fue un final sereno para una vida tan convulsionada.
Este gran artista, mezcla de actor y de mito, revolucionó con su talento, un arte, el del cine, que en la época en que él nació, en abril de 1889, aún no existía.
Era hijo de un matrimonio de actores, también cómicos, que soñaban con la gloria y la fortuna, pero que sólo encontraron inversamente a su hijo, miseria, muerte y locura (en el caso de su madre).
Ya la niñez de Chaplin es además de triste, imprecisa.
No está inscripto en ningún Registro Civil.

A los doce años, consiguió un ínfimo papel en una compañía teatral de Inglaterra, su patria.
A los 20 años, viajó a París para actuar en un teatro de revistas y allí vio cine por primera vez.
Ya iba teniendo un pequeño prestigio. Pero no olvidaría jamás las penurias pasadas en su infancia. Y quizá, es una apreciación personal, por eso sus películas fueron siempre hondas y autobiográficas.
A los 21 años, un empresario lo envió con su compañía teatral a los EE.UU.
Viajaron en pésimas condiciones en un transporte de ganado.
El barco conducía emigrantes de escasos recursos. Todo esto lo reflejaría años después en su película “El Inmigrante”.

Allí, en el país del norte, consiguió un contrato para protagonizar películas cortas de 15 minutos de duración, que se filmaban en un solo día.
En 1914, tenía solo 25 años y ya había hecho 35 películas breves.
Iba adquiriendo cierta popularidad.
Comprendiendo su talento le daban alguna libertad de acción cuando filmaba, para elegir actores, por ejemplo.
Entonces descubrió y creó, las figuras que lo acompañarían: Edna Purviance, la bella muchacha rubia de la que el vagabundo siempre se enamoraba. El gigante con el que peleaba y también ridiculizaba.
En 1916 –tenía 27 años ya- cobraba medio millón de dólares por año. Era el actor mejor pagado del cine.

A los 28 años, ya millonario, con su arte había conquistado para siempre al mundo entero.
Formó entonces la compañía “Artistas Unidos”, con otros dos grandes artistas de la época: Mary Pickford y Douglas Fairbanks y un director famoso: D. Griffith.
Y llegaron películas como “La Quimera del Oro” y “Luces de la Ciudad”.
Y apareció el cine sonoro. Pero su talento logró abarcarlo y filmó “Tiempos Modernos”, otro éxito total.
Pero comenzó en ese momento una triste etapa. El gran artista, el hombre de inmensa fortuna, empezó a ser acosado, incluso perseguido con injurias y ataques personales. Porque un microbio puede empujar una calumnia y un gigante no puede detenerla.
Sus matrimonios, que fueron varios y criticados, pero además, su valor ciudadano y su autenticidad, son elementos que cuando se está en la cima, no se perdonan. Porque quien vuela, siempre molestará con sus alas a los que no pueden volar...

En 1943, Carlos Chaplín tenía 54 años. Conoció a una mujer que lo deslumbró. Se casó por quinta vez. Pero esta vez para la eternidad.
Ella era Oona O’Neil de 18 años, hija de Eugene O´Neil, un escritor Premio Nobel de Literatura.
Injustamente, se le sumaron acusaciones de tipo político, mientras filmaba “Candilejas”, una porción de ternura hecha película.
Finalmente fue expulsado de EE.UU. por “haber contribuido con su película a la corrupción de la juventud norteamericana”. ¡Sin comentarios…!
La medida de expulsión fue rápidamente revocada. Pero ya era tarde para él.
Chaplín, con su mujer y 4 hijos, se radicó en Inglaterra.
Más que un genio del cine o un excepcional actor cómico, Chaplin fue un gran trágico, autor e intérprete de sus tragedias. Pero este dramaturgo expresa su dolor, por medio de la risa. Y sólo un gran talento puede manifestar la tragedia más honda a través del humor.

Parece una contradicción, pero todo en su indumentaria lo fue. La mitad superior era la de un verdadero caballero, con su sombrero hongo y corbata fina, a veces chaleco de fantasía y una chaqueta demasiado pequeña.
Solía llevar guantes, aunque estuviesen llenos de agujeros. Incluso tenía un reloj que jamás funcionaba.
Pero, de la cintura para abajo era ya, un vagabundo total.
Los pantalones demasiado grandes y sus zapatones, no sólo desmesurados, sino rotos, tristes y dramáticos, como su dueño.
Carlitos fue en definitiva, el primer hombre auténtico que apareció en el cine. Fueron reales sus risas y sus lágrimas y real su ternura.

Su emoción y su sátira salían de la vida misma.
Era el dolor que él demostraba, por ser considerado alguien que sobraba, un ser humano superfluo.
Y éste es el hermoso y humano mensaje de Carlitos contra el mal, la incomprensión y el egoísmo.
Y Charles Chaplín, que transitó por el mundo del cine como otros miles de actores, dejó el sello de su dignidad, de su valentía y de su talento, trae a mi mente este aforismo.
“Todos caminaron. Pero pocos, dejaron huellas”.
(*) El autor, José Narosky es un escribano y escritor argentino, reconocido por sus célebres aforismos. Escribió más de 17 mil, de los cuales sólo publicó 3 mil.
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