Nadie quería, en la Argentina, caer bajo las garras verbales de Natacha Jaitt. Su nivel de confrontación le hizo ganar más enemigos que amigos, y los juicios en su contra por difamación, calumnias e injurias se apilan en Tribunales. La más mediática de todas ya no podrá afrontar esas causas: murió esta madrugada por motivos que aún tratan de establecerse. Para algunos, una justiciera que decía las verdades que nadie se atrevía; para muchos, una difamadora serial pasada de revoluciones.

Sus escándalos sexuales y judiciales la pusieron en un sitio donde era muy difícil lograr una empatía. Por eso, metafóricamente, murió mil veces cada vez que alguno de sus enemigos o los damnificados por su lengua atrevida le desearon el mal. Y ella siempre lo supo.
Para el colectivo mediático no fue una sorpresa lo que consideraron la "crónica de una muerte anunciada". Hasta por ella misma: en algún posteo en sus redes aclaró que si algo le pasaba debía investigarse porque ella "no lo habría hecho". Pero costaba creerle. Pararse hoy en un lugar de defensa o ataque no solo es incómodo sino que es -en algunos casos- canalla.
Natacha Jaitt vivía en constante tensión. Señalada como "apretadora" profesional, protagonizó los escándalos más graves de los últimos tiempos. Cuando irrumpió en la televisión, a mediados de los 2000, venía de ser la participante hot de Gran hermano en España y del picante ciclo Crónicas marcianas de ese país. Pero apenas pisó tierra firme de la mediatez nacional, temblaron hasta las cámaras.
Su desborde emocional y verbal era una aplanadora. Los enfrentamientos con su ex pareja, -el también fallecido- actor Adrián Yospe, padre de su hijo, la pusieron en el tapete. En el año 2008 Gerardo Sofovich, creador de éxitos y talentos, vio en ella a una futura estrella y la puso una revista en calle Corrientes. Fue uno de los pocos fracasos del querido productor. No pudo calmar a la fiera y aquella sociedad terminó rápidamente.
Un fugaz paso por el Bailando de Marcelo Tinelli ese mismo año la sacó de competencia en primera ronda. No había manera de tener a Natacha Jaitt en un programa de televisión sin el temor a que todo vuele por los aires. Más cerca en el tiempo, su affaire sexual con el ex jugador y actual comentarista deportivo Diego Latorre volvió a ponerla en lo más alto del escándalo nacional. La viralización de chats y audios privados con el marido de Yanina Latorre ocuparon semanas alimentando el morbo popular. Tras las denuncias judiciales por ese episodio, los allanamientos en su casa fueron casi una película con toma de rehenes. Casi una ficción, pero no.
Sus denuncias sobre eventuales nombres públicos en la causa de la investigación por abusos en las divisiones inferiores de Independiente fueron, acaso, el principio del fin. La noche que Mirtha Legrand la sentó en su mesa para mencionarlos será recordada como la peor en la historia televisiva de la diva. Haber "habilitado" a Jaitt en un ciclo del prestigio de Legrand de alguna manera le dio legitimidad a dichos que hasta ese momento quedaban en las denuncias de quien para muchos era "una loquita". La conductora se ganó esa noche enemigos que aún no le perdonan el episodio.
El penúltimo capítulo de la historia de esa mujer que corría a 200 kilómetros por hora fue una denuncia por violación. La indignó la indiferencia y falta de sororidad de muchas mujeres, sobre todo del colectivo Actrices Argentinas, que había apoyado otras causas, como la emblemática de Thelma Fardin contra Juan Darthés. La última aparición televisiva de Natacha la encontró otra vez desbordada en un móvil televisivo desde Tribunales pidiendo justicia.
El último episodio -y primero de otra historia que comienza ahora, post mortem- la encontró sin vida esta madrugada en un salón de fiestas de Villa La Ñata. Este sábado la conmoción por su muerte, las explosión en las redes elucubrando teorías de todo tipo y horas enteras de televisión por la cobertura de su fatal final, nos encuentra escribiendo sobre el personaje más polémico que dio el medio en los últimos años; pero no hay motivo que alcance para no llorar una muerte joven, dos hijos que se quedan sin su madre y hasta para entender, una vez más, hasta qué punto las adicciones, la locura y el vivir al límite conducen al peor de los desenlaces, siempre.
Festejar una muerte o no lamentarla, es el último escalón hacia el infierno de lo inhumano.
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