Tania
Tania

Dicen que, cuando Tania se enteró de que Enrique Santos Discépolo estaba iniciando una historia sentimental en México, lo fue a buscar. La de ellos había sido una relación intermitente porque, aunque él estaba perdidamente enamorado, ella no quería un compromiso formal. Pero ya sea por una cuestión de celos o de orgullo herido, lo concreto es que no toleró la idea de que él estuviera con otra. Así que lo envolvió una vez más con sus encantos y, sin más que eso, lo hizo regresar a la Argentina.

Pero Discepolín había dejado algo más que una mujer decepcionada en tierra azteca. También había dejado un hijo al que nunca llegó a reconocer. Y los que compartieron con él aquellos años aseguran que, deprimido por el cargo de conciencia que esto le generaba, se dejó morir de tristeza hasta partir de este mundo el 23 de diciembre de 1951. ¿Tania? Ella falleció el 17 de febrero de 1999, hace exactamente dos décadas. Calculan que para entonces tendría unos 105 años, aunque ella jamás confesó su verdadera edad. Y tampoco contó si esta leyenda que rondaba al autor de Cambalache había sido cierta…

Ana Luciano Divis, más conocida como Tania y Enrique Santos Discépolo
Ana Luciano Divis, más conocida como Tania y Enrique Santos Discépolo

"Fui la Madonna de los años '30", había asegurado una vez en una entrevista. Nacida en Toledo, España, bajo el nombre de Ana Luciano Divis, comenzó su carrera siendo una adolescente como cupletista y utilizando distintos nombres artísticos. Hasta que conoció al bailarín Antonio Fernández Rodríguez, su primer marido, y adoptó el pseudónimo de Tania Mexican, en referencia al Trío Mexican al que pertenecía él.

La primera visita de la cantante a la Argentina tuvo lugar en 1923, cuando participó de una gira. Pero, cuatro años más tarde, regresó para instalarse aquí junto a su esposo, dejando a su hija Ana –quien siguió los pasos de su madre con el nombre artístico de Choly Mur y perdió la vida en un trágico accidente a los 27 años- al cuidado de la familia en su tierra natal.

Es que el sueño de Tania no era ser un ama de casa, como otras mujeres de su generación. Ella quería triunfar como artista. Así que se olvidó de su esposo. Y, de la mano de tangos como Fumando espero o A la luz del candil, comenzó a deslumbrar con su voz primero junto a la orquesta de Roberto Firpo y, luego, en la de Osvaldo Fresedo, hasta desembarcar en el mítico cabaret Follies Bergère.

Ana Luciano Divis (Tania) y Eduardo Bergara Leumann
Ana Luciano Divis (Tania) y Eduardo Bergara Leumann

Allí, con su boquilla siempre en mano, empezó a interpretar su propia versión de Esta noche me emborracho. Fue entonces cuando José Razzano, ex partenaire de Carlos Gardel, la escuchó. Y, aún sabiendo que el autor del tango en cuestión se negaba a visitar cabarets por cuestiones ideológicas, se encargó de convencerlo para que fuera a ver a esta mujer de mirada peligrosa. Así fue cómo Discépolo conoció a Tania. Y se enamoró perdidamente de ella.

"Francamente, al principio lo veía poca cosa para mí… para lo engrupida que estaba. Yo picaba alto: adoraba las joyas y las pieles, y me aseguraba de que el candidato tuviera un buen auto. Eso de encontrar a un muchacho bueno no figuraba en mi vocabulario", había confesado Tania. Pero él le mandó flores y le habló de una manera diferente al resto de los hombres que ella había conocido hasta ese momento.

La relación entre la Gallega y Discepolín fue, por decirlo de alguna manera, turbulenta. Ella no encajaba en el mundillo de intelectuales que solía frecuentar el compositor. "Yo caía en esas tertulias como una bomba atómica: tan descarada, tan jovencita y, encima, manejando mi propio Buick, cuando ninguna mujer conducía en aquella época. Y a mí estos cráneos me aburrían como una ostra", decía.

Por su parte, Discépolo no podía encontrar la paz al lado de la abrumadora y sofisticada Tania, que parecía sentirse demasiada mujer como para tener que conformarse con un solo hombre. "Si me vieras desnudo, la entenderías a la pobre", cuentan que le decía el desgarbado compositor a sus amigos, quizá, para tratar de justificarla mientras descargaba su pena en sus más melancólicos tangos.

Pese a todo, el vínculo se mantuvo durante veinticuatro años. "Alfonsina Storni me hizo entender que aquel flaco fané y descangayado era, sin duda, el hombre de mi vida", había reconocido Tania. Y, después de haber convivido durante más de una década en un departamento que alquilaban "a medias" y que albergaba sus noches de bohemia, en 1941 se mudaron a una casa de La Lucila dispuestos a empezar una vida matrimonial más normal. Pero la Gallega nunca se adaptó a eso y la crisis se convirtió en una constante en la pareja.

Ana Luciano Divis, Tania
Ana Luciano Divis, Tania

"Con Enrique nunca habíamos pensado en casarnos. No lo necesitábamos…Como solíamos decir, el pueblo ya nos había casado", decía Tania quien, definitivamente, se presentaba como una rebelde para la época.

Años más tarde, Dicepolín viajó a México dónde conoció a la actriz Raquel Díaz de León. Dicen que se enamoró o que, por lo menos, lo intentó. Y, como fruto de ese romance, en 1947 nació Enrique Luis Discépolo Díaz de León, quien fue apadrinado por Luis Sandrini y Tita Merello y quien, tras la muerte del compositor, pasó más de cuatro décadas reclamando por su identidad.

Pero, cuando Tania se enteró de que Discépolo iba a tener un heredero, le pidió que volviera a su lado. Y, según cuentan algunos, hasta lo amenazó con quitarse la vida si no lo hacía, por lo que el autor de Yira Yira dejó a su novia mexicana embarazada y volvió a la Argentina.

Tras la muerte de compositor, la Gallega siguió ligada a él mediante la música. Fue la mejor intérprete que los tangos de Discépolo hubieran podido tener. Y siguió cantando casi hasta el final de sus días, cuando a pesar de su edad seguía luciendo espléndida.

"Yo como con whisky", decía sobre su poco saludable dieta. Pero aún con toda una existencia bebiendo, fumando y viviendo de noche, llegó a cumplir más cien años. Y, poco después de haber sido reconocida como Personalidad Emérita de la Cultura Argentina, partió con su sonrisa eterna en la cara y la tranquilidad de haber sido siempre fiel consigo misma.

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