Menor de cuatro hermanos, se crió entre Flores y el club de campo La Martona. Una década atrás era un chico Disney: comenzó en el reality de High school musical (2007) y luego quedó en la producción musical. Hizo obras como Despertar de primavera Casi normales. Más tarde se animó a ShowMatch, también a Tu cara me suena. Y ahora está preparándose para protagonizar Aladín, la obra que debutará el 6 de julio en el Teatro Gran Rex. Porque con voluntad, pasión y un deseo irrefrenable de triunfar, Fernando Dente (28) logró su sueño.

—¿Qué va a tener Aladín?

—Un nivel de despliegue técnico que yo no recuerdo haber visto acá, en la Argentina. Realmente tiene mucha, mucha, mucha magia por todos lados. Va a ser como una mega experiencia. Y la historia, que es hermosa.

—¿La volviste a leer?

—Sí, obviamente. Esta historia de amor, y también todo el misterio que tiene este mundo donde sucede, este pueblo que es el pueblo que corona a Aladín como su príncipe, y la cueva, y el genio, todo. La verdad que es increíble.

—Venís haciendo personajes muy fuertes: Peter Pan, ahora Aladín. ¿Que te dejan estos personajes?

—Mirá, por algo estos cuentos perduran en la historia: pasan los años y siempre uno los quiere volver a releer, o siempre les interesa. Los tenemos conectados como con algún recuerdo de la infancia, o de cuando nos era mucho más fácil creernos lo que nos contaban. Y es muy sorprendente para mí. Justo ayer pensaba en eso: son esos personajes que hablan de las cosas más simples y funcionan casi como las reglas universales en donde nos movemos, pero cuando vamos creciendo la vamos como complicando, o descreyendo de eso. Y estar en contacto con personajes que pueden, ante una platea de 3.300 personas, hablar de lo que es realmente confiar en uno mismo y construir desde ahí, no es moco de pavo. Se siente mucha responsabilidad por los los chicos, que van tan abiertos a recibir esa idea.

—¿Cuándo dijiste: "Confío en mí y soy bueno en lo que estoy haciendo"?

—Bueno, no sé si es algo que uno decreta y queda para siempre, sino que es algo que se va moviendo. Creo que tiene mucho que ver con el tipo de amor con el que uno fue criado. Digo, yo tuve la suerte de por mi familia, mi papá y mi mamá, sobre todo, crearme una buena autoestima y una buena confianza en mí mismo. Y después uno sale al mundo y es ahí cuando tenés como que re chequear todo el tiempo, y a veces te gana el afuera. Pero es solo decidir volver a conectarse con eso y ya está. Pero bueno, es todo un proceso diario.

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—¿Hacés terapia?

—Ahora no hago terapia, pero hice mucho tiempo. Es como una religión, ¿viste? Es como creer en algo y seguir por ahí. Pero para mí es muy, muy importante sentirme bien, es mi prioridad. Si me siento bien ahí, todo fluye.

—¿Cómo fue que te metiste en el reality de High School Musical?

—Fue muy raro. Fue el principio de toda una vida que ya estaba deseando mucho vivir. Y fue espectacular. Ahí sí que había que confiar mucho porque entre 26.000 personas nos eligieron a los 20 que fuimos al programa. Y después, tener la suerte de haber ganado, de protagonizar la película… Y fue realmente increíble que fuera la primera película que Disney producía en Latinoamérica.

—¿Qué es lo que más disfrutas de ser actor?

—Lo que más disfruto de ser actor es la suerte de ser el centro de escena, en el sentido de tener la posibilidad que lo que uno dice, piensa o hace, sea visto por otros. Y con eso viene una responsabilidad muy grande: qué elegís contar y cómo elegís contarlo. Y si encima tenés la suerte de estar contando una historia en la que creés, como lo de Aladín, este chico en el medio del pueblo, de la calle, que a veces no tiene para comer, y termina siendo el rey del pueblo y conquistando a la princesa. Y se superan, no por ser rey, sí por contar con la confianza de animarse a cumplir lo que uno desea. Y cuando eso está en una historia y alguien te está escuchando, cuando vos das una opinión realmente constructiva sobre un tema del que estás hablando, como periodista o lo que sea, en una entrevista, todo eso va dejando algo en el inconsciente colectivo, en la sociedad. Eso es lo que más me gusta.

—Vi que te hiciste un tatuaje de tu mamá.

—Sí, en mi brazo. Es una foto del día de mi bautismo. Que es muy loco porque yo no sé cómo la descubrí; o sea, llegó a mí. En realidad una chica que era fan mía, y después terminó entrando en el mundo de la actuación, me acercó esta foto un tiempo después de que mi mamá había fallecido. Y yo no la tenía, no la registraba, no sé ni cómo la consiguió. Y me encantó: mi mamá me tiene a upa y me está mirando, hay como una cosa que siempre me generó una sensación muy linda. Y la empecé a llevar a todos mis camarines: cada vez que estoy en un camarín, la foto viene conmigo.

—¿La colgás ahí?

—Está conmigo ahí, en un portarretrato. Sino, en mi casa. Pero bueno, cuando estoy haciendo temporada siempre viene conmigo. Y tenía muchas ganas de tatuármela.

—¿Te da tranquilidad?

—Me encanta tenerla. Qué sé yo, me gusta empezar a dejar ciertas huellas en el cuerpo de cosas que me hace bien estar conectado.

—Además del portarretrato, ¿llevás algo más al camarín?

—Mirá, el portarretrato va como base. Después llevo un cuaderno, siempre el mismo, donde anoto algunas cosas. Esos dos cosas son fijas. Después, algunas otras cositas. Pero eso, sí o sí.