Festivales de música hubo siempre. Visitas de los grandes ídolos del pop o del rock también. Ya hubo Woodstock, hay Tomorrowland, está la Creamfields, y tantos otros festivales exitosos.

Sin embargo, en pocos años el Lollapalooza se instaló como un festival distinto a todo. Su valor no solo está en los nombres que pueblan el line up sino en el color y en la libertad que se puede ver en el público. Es ahí donde el Lollapalooza se convierte en un festival vanguardista.

Basta ir a una sola fecha para darse cuenta de que quienes marcan el estilo (y el espíritu) son los centennials, es decir, los chicos nacidos de 1997 para acá. No por ser mayoría (la mayor afluencia de público es adulta), sino por ser los únicos que se animan a hacer lo que se les viene en gana sin prejuicios. Menos atados a las convenciones o ideales, los centennials parecen vivir las cosas con el leitmotiv del flow.

El año en el que llegaron al mundo no es la única característica que los define. Lo fundamental es que crecieron con las pantallas y los smartphones incorporados a la vida cotidiana. Así, tienen una relación puramente orgánica con la tecnología y, sobre todo, con las redes sociales. Para ellos, vivir para las redes no es una forma de alienación sino otro aspecto de ese fluir. No pierden tiempo en añorar esa época en la que la comunicación era principalmente cara a cara. Nunca la vivieron, nunca podrían extrañarla.

En el Hipódromo de San Isidro hay cuatro escenarios. Los artistas que hacen delirar al público muestran la gran libertad musical del festival: de Oriana Sabatini a los Red Hot Chili Peppers, de Dante Spinetta a Camila Cabello, de Damas Gratis a The Killers, de Lana del Rey a Liam Gallagher. Pop, rock, hip hop, cumbia, música latina, electrónica. Toda expresión artística vale.

Y cada artista tiene sus fans, sus aplausos, ovaciones y bailes. El público muestra que esa mente libre de los centennials -dueños absolutos del césped del hipódromo- es contagiosa.  

Según los estudios, los centennials son menos idealistas, más pragmáticos, más realistas y menos reservados. Ese último punto es central: más que falta de reserva, tienen amor por la exposición. De ahí que estén permanentemente con el celular, haciéndose selfies y subiendo stories. Y el Lollapalooza es, para muchos de ellos, el paraíso aspiracional. Les gusta contar que estuvieron ahí, les gusta que se sepa.

(Mauro Franceschetti)
(Mauro Franceschetti)

Tobías tiene 16 años y llegó al Lollapalooza con amigas. Es el único chico en una banda de ocho. Aunque se reconoce parte de su generación, tiene una mirada crítica: "Vivimos muy conectados, estamos todo el día con el celular. Vivimos para la imagen, es así. Es imposible pensar en alguien que venga a un gran evento como este y no haga fotos o stories", dice.

Parece cierto: de todos los chicos y chicas con los que hablamos (más de veinte), todos habían subido al menos una storie a Instagram o Snapchat.

La diferencia (o más bien el manual social del buen centennial) la explican Guillermina, Belén, Lucila y Agustina: "El Lolla es increíble. Y es fundamental hacer material distinto para cada red social. Instagram es para fotos más lindas. Las stories de Instagram para cosas divertidas pero lindas también. Snapchat es para más boludeces, para jugar y cosas menos cuidadas. Twitter no usamos, pero tenemos, para ver de vez en cuando. Y Facebook no, no se usa, es un quemo tener Facebook".

(Mauro Franceschetti)
(Mauro Franceschetti)

Cuando terminamos de hablar con ellas se acerca Malena (16). Con cara de feliz cumpleaños nos pide que le hagamos una nota a ella. Le preguntamos por qué. Sin dudar, sin buscar una respuesta en otro lado, sin siquiera reírse, dice: "Porque es divertido".

Después cuenta que le gusta el festival porque es libre de hacer lo que quiera, y antes de terminar la nota que ella misma pidió, con ese mismo desparpajo, nos ofrece cantar una canción de Camila Cabello, la popstar que brilló el viernes en el escenario principal. ¿Por qué quiere cantarnos? Porque es divertido. Y entonces canta.

En medio del Hipódromo hay una chica vestida con una especie de disfraz. Le preguntamos si está caracterizada, si es cosplayer o qué. Dice que no, que es solo un pijama de Stitch (el extraterrestre de Lilo y Stitch, la película de Disney). Se llama Lola, tiene 16 años y cuenta que alguna gente la mira raro pero no le importa. "Es toda gente a la que no voy a volver a ver en mi vida. ¿Por qué me voy a preocupar por lo que piensen", dice.

(Mauro Franceschetti)
(Mauro Franceschetti)

Un rato después nos encontramos con Alexia, Olivia, Delfina y Solana. Tienen 15 años y algunas de ellas luce brillos en la cara. Nos explican que se llama el glitter, riéndose de nuestra ignorancia.

"El glitter es una forma de expresarse de manera creativa. Es para divertirse", dice Olivia.

(Mauro Franceschetti)
(Mauro Franceschetti)

Es una de las características más salientes de los chicos en el Lolla: muchos de ellos tienen distintos diseños en la cara. Y de vuelta, aunque los menores de 18 no son la mayoría en el Hipódromo de San Isidro, son los que marcan la tendencia estética. Los dueños del juego, de algún modo, los que dan al Lollapalooza un condimento especial.

(Mauro Franceschetti)
(Mauro Franceschetti)

En el festival se empieza a ver cada vez más libertad, más variedad de estilos, de colores, de gustos.

Lo explica bien Hernán Lombardi, el Secretario de Medios de la Nación, que llega al predio en compañía de sus dos hijas, Valentina (de 25) y Maurina (de 13, centennial absoluta). "Este es un festival que atraviesa todas las edades, pero es cierto que tiene un factor centennial. Lo que los define es una gran apertura mental en cuanto a las tendencias y preferencias estéticas. En otras generaciones había siempre alguna corriente principal muy definida, ahora no, cada uno de ellos tiene la propia, y eso se ve acá".

Antes de alejarse, Lombardi aclara: "igual hoy vine por mí, eh", y se va. Quiere dejar claro, parece, que la actitud de los centennials no expulsa sino, al contrario, invita a todos a ser parte de la misma trama de libertades.