Tiene 60 años, pero sigue con las ganas de cuando recién comenzó, allá por los 14, cuando de casualidad se acercó a un músico que pegaba en Villa Gesell el anuncio de sus shows: un tal León Gieco. Y es que la pasión y su hambre por la música lo mantienen vivo, y con ganas de aun hacer más.

Alejandro Lerner es uno de los cantautores más reconocidos de nuestro país, y gracias a sus canciones pudo recorrer el mundo entero. Integrante de una familia de médicos donde ser músico sonaba extraño, logró vencer todos los prejuicios y demostrar que tenía una magia especial. Y que haría de sus canciones, su vida.

Corría el año 1983, la Dictadura comenzaba a debilitarse y el rock argentino empezaba a surgir como un movimiento de opinión y rebeldía, cada vez más fuerte ante la violencia y la opresión imperante.  Fue entonces cuando Lerner sacó el disco que lo consagró: Todo a Pulmón. Y que ahora lo llevará de gira, 35 años después.

—¿Como nace  la cancion "Todo a pulmón"?

—Era una frase que me rondaba mucho: "¿Cómo venís?"; "Y… todo a pulmón, ¿viste?". Porque realmente para que tu camino tenga consistencia hay que hacer sacrificios y tenés que poner mucho huevo al principio. Y después también, porque entendés que es como andar en bicicleta: podés parar un poquito, pero después tenés que seguir dándole.

—Viniendo de una familia de médicos me imagino que te habrá costado aun más la aceptación familiar.

—Lo que no me costó fue elegir la vocación. O sea, eso fue muy claro para mí. Por más que en mi familia eran psicoanalistas, psiquiatras, médicos, psicólogos, no había artistas, músicos, aunque mi papá pintaba muy bien y mi hermana también es una gran artista. Pero yo tenía no tenía a nadie que me dé una conexión o que me abriera una puerta. Después sí encontré gente como León Gieco, como (Juan Alberto) Badía.

—¿Quién te dio tu primera oportunidad?

—Lo de León fue muy mágico. Yo era parte de una familia que veraneaba en Villa Gesell, de las pocas que había al principio. Y paseaba por la (calle) 3 y veo a un tipo con el pelo largo, con un morral, con una pinta de hippie bárbaro, pegando sus pósters en la 3, sus volantes de su concierto que era a la noche. Era León. Y como yo era fanático del rock nacional, me acerco y le digo: "Che, vos cuándo tocas". Ponele que yo tenía 14 años.

—Claro, muy chico.

—Ahí empiezo a participar en muchas bandas de rock, con Raúl Porchetto, Gustavo Santaolalla, Nito Mestre, Miguel Cantilo, María Rosa Yorio, Piero. Empiezo a ser un pendejo que toca con todo el mundo, hasta que llega un momento que digo "Bueno, ya quiero tener mi propia banda". Y en ese momento me llama Miguel Abuelo por teléfono para preguntarme si yo quiero ser el pianista de Los Abuelos de la Nada. "Mirá, estoy formando por primera vez mi primera banda pero te voy a dar el teléfono de un amiguito mío que se llama Andrés Calamaro…", le dije.

—¿Como te definis?

—Siempre sentí esa magia de que si vos estás en un camino mágico y realmente creés en lo que sos, en lo que querés ser, en lo que estás haciendo, por qué lo estás haciendo, para quién, el destino o el Universo te da. Eso no quiere decir que te asfalten todo el camino, a veces hay piedras, hay barranca arriba y barranca abajo. Pero las cosas se han dado como para que hoy yo pueda seguir celebrando mi presente, mi futuro y cosas que he hecho también en mi pasado.

—¿Recordás algún momento en el camino donde "no hubo asfalto"?

—Cada año tiene su primavera, verano, otoño e invierno. En el mismo año podés tener momentos que parece que todo reluce y otros momentos que parece que todo es un despelote bárbaro. Y aprendí a convivir con eso, porque es parte de la naturaleza de cualquier camino, ¿no? Había momentos que no paraba de viajar y mi vida era un avión y eran estadios grandes, cuando en épocas anteriores eran boliches chiquitos. Y así vas atravesando la vida con un poquito más de flexibilidad también, porque nada es absolutamente estable.

—¿Qué hizo que te fueras a vivir a Los Ángeles?

—Soy muy inquieto. Después de mis primeros cinco años de mucho éxito y de mucho trabajo, y también con un cierto desgaste, decidí que quería volver al anonimato y me fui a vivir a Nueva York.

—¿Qué tenía de malo que te reconocieronan?

— Lo negativo era, como siempre, la parte comercial, que tiene que ver con el negocio de tu trabajo: yo era demasiado inocente e inexperto y me desgastaba mucho defender eso. Nos robaban, nos cagaban a mí y a mis compañeros, había que defender eso demasiado, y me quitaba mucha energía. Y por otro lado, quería volver a experimentar el anonimato. Y me fui a Nueva York, me inscribí en una universidad de música, conocí grupos de gente, argentinos radicados en Estados Unidos, hice un curso de clown, un curso de jazz.

—¿Qué te dio Los Ángeles?

—Los Ángeles me adoptó. Conocí a Celine Dion, Paul Anka, a los Bee Gees, Carole King, Gino Vanelli, Carlos Santana, Disney me llamó para trabajar en la música de algunas de sus películas.

—¿Qué diferencias encontrás entre Estados Unidos y Argentina?

—La Argentina es mi país, es mi raíz y mi familia, y quizás me duelen más cosas. Estoy relacionado también con las cosas que todavía espero de mi país y las cosas que no me gustan. Cuando vas a otro país no tenés una relación con los noticieros, con una realidad política. En realidad, cuando estoy en Estados Unidos no prendo el televisor, entonces no sé mucho de lo que está pasando a nivel político. Y sé que es un país que por más que cambien los gobiernos hay algo que funciona, hay un sistema, y para lo que es tu trabajo, tu desarrollo, tus sueños, es un país que tiene una estabilidad. Argentina es un país absolutamente extremo, ¿no? Y sensible. Pasan cosas todo el tiempo y todo el tiempo parece que estás en crisis, todo el tiempo parece que está todo bien o está todo mal. Tengo una relación emocional mucho más profunda de lo cual a veces quiero descansar.

—A nivel profesional, ¿creés que si hubieses hecho toda la carrera en Los Ángeles hubiese sido mejor?

—No reniego de lo que no hice porque la vida me regaló por todos lados. A mí me fue muy bien en Latinoamérica y me fue muy bien en Estados Unidos. Quizás la decisión que tomé fue para estar más cerca de mi familia, de mi madre en sus últimos años, porque se me fue hace tres años atrás, la tuve hasta los 92 años, y para mí eso fue maravilloso: que ella curta mi vida, mi madurez y mi paternidad. Ya había visto que formé una familia, que no solamente hice discos.

—¿Cómo te cambió la paternidad?

—Es el cambio quizás más profundo. Dos cosas son profundas: cuando ya no están tus padres, que no tenés ni papá ni mamá, y cuando sos el papá de alguien y con tu compañera diste vida, formaste una familia. Y hay alguien que te dice "papá". Por ejemplo, yo llevo a mi hija a su habitación casi todas las noches, como a mí me llevaban a mi cuna o a mi cama. Y esa ceremonia, junto con toda la cotidianeidad de la paternidad, para mí es un éxito en mi vida, eso que mido con otros valores, con otros parámetros. A veces cuando puedo ir a buscar a mis hijos al colegio y ver esa carita cuando te ven que vos también viniste…

—Conociste a tu mujer en un gimnasio…

—Sí. Dificilísimo. Ganar en un gimnasio para mí era imposible, pero… Incluso ayer, y esto es verdad, Marcela me contaba que mandé a uno de los profesores del gimnasio a preguntarle si no le molestaba que yo me acerque a hablarle. Fui con mucha caballerosidad y con mucha sensibilidad. Porque al abordar, y más hoy hablar de eso, siempre he sido muy caballero. Además, con una mujer que me gustaba mucho. No sabía lo que el destino me iba a dibujar, no sabía que ella iba a ser la madre de mis hijos ni mi esposa. Yo nunca me había casado.

—En ese momento, ¿sumaba o restaba tener un nombre conocido?

—No lo sé. Ella ya me conocía, pero no en forma personal. Como que había mucha información de Lerner, mucha presencia mía en mi faceta de artista, pero no en lo más íntimo. Y bueno, al final fuimos construyendo esta relación que tiene casi 15 años de trayectoria.

—¿Qué sueños cumpliste a lo largo de tu vida?

—Muchísimos, muchísimos… Viajar, tocar, ser querido, ser reconocido, tener un reconocimiento de mis colegas y a nivel internacional. Haber tocado con Carlos Santana. Me falta por ejemplo conocer a Paul McCartney, como un sueño de pibe, ¿no? Darle la mano a Paul.

—Mirás para atrás, ¿y qué ves?

—Me sorprende haber vivido mucho más de lo que recuerdo. Por un lado soy muy metódico: tengo todos los casetes de las grabaciones. En el momento en que me sentaba a componer una canción, agarraba un "grabadorcito" a casete y registraba todo el proceso. Después tengo todos los videos, o muchos, todos no, porque es imposible, pero contamos como 6000 gigas de videos de conciertos, programas… Tengo programas con Juan Carlos Mareco, Antonio Carrizo, Ana María Campoy, Badia