
Fue la única biografía autorizada por Roberto Sánchez, quien a lo largo de un puñado de entrevistas a fondo con la periodista Graciela Guiñazú permitió que toda su vida -apasionante como pocas- fuera plasmada en un libro: Sandro de América, publicado por Editorial Planeta. Y que ahora Telefe llevó a su pantalla, con la serie dirigida por Adrián Caetano y un elenco estelar: Antonio Grimau, Isabel Macedo, la China Suárez, Juana Viale y Lali Espósito, entre otras figuras.
En las páginas escritas por Guiñazú, el cantante saca a la luz sus secretos más profundos. "Me he llevado mal con Sandro hasta que lo comprendí -dice-, porque a veces yo quería ser Roberto y Sandro no me dejaba, pero, después de tanto tiempo, ahora nos llevamos bien".
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Pensar, por caso, que este hombre nacido en la Maternidad Sardá de Parque Patricios, el 19 de agosto de 1945, iba a llamarse Sándor Papadópulos. Así lo deseaban sus padres gitanos. Así no lo quiso el Registro Civil. Y entonces fue llamado Roberto y apellidado Sánchez, como se les imponía a muchos inmigrantes (lo primero que perdían al llegar a su nueva tierra era el apellido). Pero en su lengua de origen, Sándor se pronuncia Sandro. Y entonces, así quiso Roberto que lo conociera (y amara) todo un país.

Fueron las Nenas quienes lo adoraron hasta límites… ¡bah!, sin límites. En su honor, un día el cantante hizo fundir los anillos, cadenitas y aritos de oro que las admiradoras le tiraban al escenario, y encargó la fabricación de una funda de encendedor y una cigarrera. Las usó desde 1964 hasta que dejó de fumar. Pero también pidió una pulsera de oro, que ya nunca se quitó: "La llevo conmigo para que mis fans estén cerca mío, en la mano izquierda, la del corazón".
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—¿Es cierto que leés todas las cartas y algunas las respondés?
—Sí (…). A algunas fans las llamo por teléfono para su cumpleaños, cuando así me lo piden.
—¿Cómo reacciona esa mujer cuando levanta el teléfono y escucha tu voz?
—A veces no me creen que soy yo. Por ahí tengo que ponerme a cantar o responder preguntas raras de mi vida para demostrarles que de verdad soy Sandro.
En la serie de Telefe, Calu Rivero interpreta a la primera novia de Sandro, personificado en esa época por Agustín Sullivan. Pero Roberto conoció el amor mucho antes… A los 10 años dio su primer beso: fue a una nena de 8 años, vecina del conventillo donde vivía. Se besaron en el fondo de la Parroquia San Juan Bautista, y salieron durante unos meses.
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Poco después Sandro tuvo su primera experiencia sexual. Pero, ¿debutó a los 10 años? "¡¿Debuté?! ¡Fue un simulacro! -le contó una vez a Pinky- ¡Los nervios que tenía! ¿Sabés lo que es eso? ¡No sabía cómo empezar! Fue muy lindo. Éramos como quince en una obra en construcción. De los nervios… no pude hacer nada…".

¿Más amores? "Cuenta la leyenda en Alsina que por otra mujer, casada y con un hijo, tuvo que teñirse el cabello de rubio y ausentarse por unos días del conventillo y del Bar Pancho… según los transmisores del relato, el marido lo andaba buscando… Y que cuando miraba a una mujer que le gustaba, preguntaba: '¿Cómo se llama ese problema?'".
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En 1965 se enamoró de una joven manicura que conoció en un baile de Liniers. Según la revista Nuevalandia, donde Sandro decidió presentarla, Alicia "era rubia, gordita, con cara sonriente de muñeca, sencilla, callada, trabajadora y apasionada". Iban a casarse, con luna de miel planeada en Europa. Pero la familia de ella lo impidió: no quisieron saber nada con el flamante pretendiente.

Sí se casó con Julia Visciani. Pero en diciembre de 1981, tras 12 años juntos, terminaron muy mal. En esa época no existía la Ley de Divorcio, ni la Justicia contemplaba la división de bienes por concubinato. Así fue como Sánchez "le cedió un automóvil Taunus, le compró un departamento de dos ambientes y le dio dinero".
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"'El contrato es jocoso -me aclaró (cuenta Guiñazú) uno de los abogados que intervino en su redacción- porque hay cosas muy específicas que ella quería que figuraran: Yo quiero llevarme de Banfield la sartén con mango donde hacía los huevos… Y quiero tal silla…'. Como se trataba de un acuerdo de partes, no hacía falta que figuren ciertas cosas, pero ella insistió en que la cacerola estuviera escrita en el contrato".
Con varias de sus mujeres Roberto quiso formar una familia, tener un hijo, pero su sueño se vio frustrado. Hasta había elegido el nombre: sería Gerónimo. "Con esta cara de indio que tiene el padre, ¿cómo querés que se llame? Casi le escribo un tema una vez. Pero pasó lo mismo que cuando quise escribirle un tema a mi vieja: tuve miedo de que las palabras quedaran demasiado chicas y no escribí nada".
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En cambio, Sandro sí tuvo quien le escriba, al igual que Roberto: Graciela Guiñazú plasmó en papel esa vida apasionante que ahora fue llevada a la televisión. Y en esta ocasión, la ficción recreó la realidad en su máxima expresión: a juzgar por el rating, allí también el Gitano es un éxito…
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