"Las escuelas nocturnas terminaban las clases una hora antes. Los estudiantes de Sociología colgaban el póster de Soledad Silveyra al lado de la foto del Che. El presidente de facto, el general Alejandro Lanusse, cambió para los lunes sus reuniones de Gabinete. El registro civil anotó más Rolandos y Mónicas que nunca, y solo a un extraterrestre o a un turista se les habría ocurrido buscar un taxi en Buenos Aires los martes a la noche de 1972", escribe la periodista Liliana Viola en su reciente libro Migré. El maestro de las telenovelas que revolucionó la educación sentimental de un país (Sudamericana).

Fue justamente durante la presentación de esta publicación la semana pasada que se reencontraron Soledad Silveyra y Claudio García Satur, protagonistas de la mítica Rolando Rivas, taxista, y revivieron 45 años después del último capítulo de aquella creación rutilante de Alberto Migré, lo que se espera con ansiedad en los culebrones, muchas veces durante semanas: un beso entre los protagonistas.

La televisión argentina es pródiga en historias de amor que, aunque parezca una exageración, paralizaron al país. Quizá Rolando Rivas sea una de las más destacadas en ese sentido porque tuvo una serie de condimentos que la distinguieron de las demás. Además de ser una telenovela que, a diferencia de lo que se suponía del resto, era vista por varones y mujeres, batió récords de audiencia porque, según los expertos, mostraba un tipo de historia romántica que hasta entonces no se había visto en la televisión vernácula. Los protagonistas eran un taxista, las calles porteñas y una jovencísima Mónica Helguera Paz que se sube como una pasajera más hasta que, angustiada, abre la puerta del auto y se arroja.

Soledad Silveyra y García Satur: “Rolando Rivas, taxista”
Soledad Silveyra y García Satur: “Rolando Rivas, taxista”

"Por primera vez para una telenovela, Rolando Rivas pone la acción en exteriores y establece un vínculo con la actualidad como nunca antes (el hermano de Rolando es guerrillero y muere en un enfrentamiento con la policía)", detallan los autores del libro Estamos en el aire. Una historia de la televisión en la Argentina (Planeta, 1999) para describir las particularidades de un éxito tan rotundo que al año siguiente de su estreno tuvo una segunda temporada –aunque sin Soledad Silveyra, que pasó a hacer otro culebrón recordado, Pobre diabla– y que tiempo después también tuvo su versión cinematográfica. Sin posibilidad de grabar y ver después, sin redes sociales comentando el minuto a minuto de lo que iba ocurriendo, Rolando Rivas era el tema de conversación de los argentinos al día siguiente de su emisión, los martes por la noche.

Arnaldo André y Marilina Ross: “Piel naranja”
Arnaldo André y Marilina Ross: “Piel naranja”

Otra de las creaciones de Migré que revolucionaría la televisión local, que todavía emitía su programación en blanco y negro, fue Piel naranja, en 1975. El autor esta vez contó con Marilina Ross y el galán paraguayo Arnaldo André como protagonistas de un amor prohibido que de algún modo resultó castigado con un destino trágico.

Aviso gráfico de “Piel naranja”
Aviso gráfico de “Piel naranja”

La marca indeleble que dejó este teleteatro: los enamorados se declaraban diciendo "Rojaijú", un término en guaraní que usaba el protagonista cuando miraba enamoradísimo a su amada. Ir contra las convenciones del género supuso para Migré un problema. En una entrevista que dio en 1992 en el diario Clarín, el llamado Padre de la lágrima aseguró: "Yo he tenido novelas que terminan muy mal y eso no se perdona. Cuando terminó 'Piel naranja', una vecina me gritó '¡Asesino!' y me tiró un baldazo de agua".

La telenovela, como tantos otros géneros populares, fue muchas veces criticada o considerada chata, pasatista, vulgar. Para sus detractores, se trató siempre de un tipo de televisión lleno de clisés (una protagonista humilde que se enamora de un millonario, traiciones, personas que no conocen cuál es su identidad real, amores complicados y finales previsibles). Sin embargo, por la complejidad y la diversidad de sus propuestas, el género fue estudiado por distintos académicos.

La Junta Militar, mediante resoluciones de la Secretaría de Información Pública (SIP), emitía comunicados con consejos sobre las tramas de las novelas

La toma del poder por parte de los militares de la última dictadura, en 1976, afectó notablemente la producción de teleteatros argentinos por medio de la censura. En tres ocasiones la Junta Militar tomó partido contra el género mediante resoluciones de la Secretaría de Información Pública (SIP) que emitía comunicados con consejos sobre las tramas de los programas. Se aconsejaba que las novelas "no muestren parejas desavenidas, que no se elijan ejemplos de dudosa moral". Para los militares, las novelas debían "incluir un mensaje positivo en lo moral, lo ético y lo estético, evitando conflictos sociales". Entre otras cosas, el gobierno de facto al encontrar "peligroso" el material de las telenovelas, dispuso en 1980 que los canales emitieran menos horas de teleteatros.

Fue justamente en ese año cuando un teleteatro volvió a batir récords y a conmover con una memorable historia de amor a los argentinos que esta vez se pudo ver a color: Rosa… de lejos. En este caso, los protagonistas fueron Leonor Benedetto, Juan Carlos Dual y Pablo Alarcón, y el programa se emitía de lunes a viernes al mediodía. Con dirección de María Herminia Avellaneda, se trató de una remake de otro culebrón de los 60 llamado Simplemente María, con libro de una de las pioneras locales del género, la autora Clelia Alcántara.

“Rosa de lejos” se emitió a todo color
“Rosa de lejos” se emitió a todo color

El regreso de la democracia, en 1983, daría un respiro a la producción televisiva en general y a la de las telenovelas en particular. Una de las telenovelas más destacadas por entonces fue Amo y señor, en 1984, con Luisa Kuliok y Arnaldo André, que muchos consideran un programa "de la apertura democrática". "En su primera producción independiente, Raúl Lecouna, que hipotecó su casa de San Andrés de Giles para hacer frente a los gastos, había sido claro al autor Carlos Lozano Dana: 'Quiero que hagas 'Lo que el viento se llevó del subdesarrollo'", reconstruyen los autores de Estamos en el aire.

El programa contaba la historia de Alonso Miranda, un hombre recio y de dinero, y de Victoria Escalante, hija de una familia venida a menos que estaba a punto de perder unas importantes plantaciones. Las dificultades para el personaje que encarna Kuliok se multiplican así como las escenas de erotismo y violencia física. Las autoridades de Canal 9 entonces detectaron que cada vez que el personaje interpretado por André le daba un cachetazo a la protagonista el rating subía.

Los directivos entonces decidieron reproducir durante todo el día los chasquidos en los avances del programa con el fin de atraer más audiencia. Por esto, el entonces Comité Federal de Radiodifusión (COMFER) decidió calificar al envío como "perjudicial".

En 1986 la televisión argentina apuesta por una figura que venía llamando la atención desde que se emitiera el culebrón venezolano Topacio: la joven Grecia Colmenares. La actriz, recordada por sus lágrimas y su suavidad a la hora de actuar, se instaló entonces en el país y protagonizó María de nadie, por Canal 11, junto al galán argentino Jorge Martínez.

Grecia Colmenares y Jorge Martínez, una dupla amada por el público
Grecia Colmenares y Jorge Martínez, una dupla amada por el público

La dupla volvería a cruzarse en 1991 en otro culebrón muy popular, Manuela, donde Colmenares debe interpretar a la protagonista bondadosa del envío y a su hermana y villana, Isabel Guerrero

El final de la década de los 80 dejaría otro hito de las telenovelas, con la hiperinflación y la Caída del Muro de Berlín como telón de fondo. Con producción de Omar Romay, el hijo de Alejandro, El Zar de la televisión, en 1989 llega a Canal 9 La extraña dama, con Luisa Kuliok y Jorge Martínez encabezando el elenco.

En una televisión afectada por la crisis económica, la telenovela se distinguió por cierta opulencia en los vestuarios, en los escenarios elegidos y en la cantidad de actores que participan del programa, entre quienes estaba María Rosa Gallo como una villana de antología.

Como había sucedido con Rolando Rivas, no fueron pocos los que por entonces eligieron Fiamma como nombre para las recién nacidas de aquel año, en homenaje a la hija de la protagonista, que va a parar a un convento luego de que su madre no pudiera hacerse cargo de su crianza. Al año siguiente, otro culebrón de la factoría de Migré destacaría sobre el resto: Una voz en el teléfono, con la dupla protagónica integrada por Carolina Papaleo y Raúl Taibo.

Durante los 90 las telenovelas debieron comenzar a aggiornarse para sobrevivir. En la pantalla de Canal 13 sobresalía una actriz que es sinónimo de telenovela en la Argentina, Andrea del Boca, con la recordada Celeste, de 1991. La acompañaría el galán Gustavo Bermúdez y la tira, bendecida por un excelente rating, fue precursora en tratar temas que hasta el momento no tenían lugar en las pantallas locales, como el sida y la homosexualidad.

Después de varios éxitos la actriz pasaría a la pantalla de Telefe e integraría, entre 1994 y 1995, otra dupla romántica muy recordada con el actor Gabriel Corrado, en Perla negra.

“Una voz en el teléfono”: Taibo y Papaleo
“Una voz en el teléfono”: Taibo y Papaleo
Andrea del Boca en una escena de “Perla negra”
Andrea del Boca en una escena de “Perla negra”
Araceli González y una joven sordomuda: “Nano”
Araceli González y una joven sordomuda: “Nano”

La convertibilidad y una supuesta efervescencia económica aportaría a los teleteatros más dinero para sus producciones. Llegaría el turno de Nano, en 1994, con Gustavo Bermúdez y Araceli González, quien debutaba de esa manera en el género encarnando a Camila, una joven sordomuda. El impacto del programa, al incorporar a ese personaje que se comunicaba con lenguaje de señas, fue enorme.

Ese mismo año llegaría también una superproducción de época que cambiaría de alguna manera la forma en la realización de los programas y que llevaría a las producciones argentinas a convertirse en productos de exportación. Se trató del culebrón Más allá del horizonte, protagonizado por Grecia Colmenares y Osvaldo Laport, con un elenco de primeras figuras.

Osvaldo Laport, mostrando sus músculos como “Catriel”
Osvaldo Laport, mostrando sus músculos como “Catriel”

Nuevamente una telenovela impondría un nombre de moda: esta vez sería Catriel, un joven aborigen que interpretaba Laport y que hacía suspirar a los televidentes cada vez que aparecía en pantalla con poca ropa, uno de los más elegidos por los argentinos en aquella época. En la misma época, otra de las duplas que hizo suspirar a los argentinos fue la integrada por Pablo Rago y Paola Krum en Inconquistable corazón.

A mediados de los 90 y con los distintos avances tecnológicos, la telenovela clásica se fue reinventando y debió acomodarse a otro tipo de espectador, con menos tiempo y paciencia para seguir las resoluciones de las tramas. En 1994 además, nació la productora Pol-Ka, de Adrián Suar, y el formato de teleteatro se reconvirtió en otro tipo de programas que nucleaban a toda la familia: las telecomedias. Allí, de todos modos había elementos del género de la telenovela y grandes historias de amor, como la que encabezaron Mercedes Morán y Juan Leyrado en Gasoleros, entre varias otras.

Criticada, menospreciada, parodiada y hasta tildada de grasa, la telenovela argentina supo nutrir a la televisión de grandes historias que aportaron a la educación sentimental del país con sus besos robados

Mientras tanto, la telenovela resurgió con una renovación de actores. La figura que se destacó y convirtió nuevamente al género en material de exportación fue Natalia Oreiro. Quizá su producción más destacada en este sentido fuera Muñeca brava, que se emitió a partir de 1998 por la pantalla de Telefe. Allí, nuevamente, un clásico del rubro: un joven millonario y una chica humilde se enfrentan, se pelean y luego se aman apasionadamente.

Natalia Oreiro y Facundo Arana: “Muñeca Brava”
Natalia Oreiro y Facundo Arana: “Muñeca Brava”
Una pasión irresistible: Pablo Echarri y Celeste Cid
Una pasión irresistible: Pablo Echarri y Celeste Cid

A partir del año 2000, la mixtura de formatos hizo que los culebrones tomaran diversos rumbos. Una de las parejas protagónicas más recordadas, en este sentido, fue la que encabezaron Nancy Dupláa y Pablo Echarri en Los buscas. El cóctel incluía una historia de amor prohibida (los protagonistas eran hermanos por parte del padre) y besos apasionados que anticiparían un amor en la vida real. Algunos años después, en 2003, otra pareja que calentó la pantalla fue la del propio Echarri con Celeste Cid, en Resistiré.

Desde 2005 uno de los productores televisivos que sigue apostando al teleteatro puro hasta el día de hoy es Enrique Estevanez. Ese año produjo Amor en custodia, con Laport y Silveyra a la cabeza y desde entonces no para de ofrecerle a la pantalla chica historias que siempre contienen la palabra amor en su título.

Toda la química de Laport y Solita en “Amor en custodia”
Toda la química de Laport y Solita en “Amor en custodia”

Criticada, menospreciada, parodiada y hasta tildada de grasa, la telenovela argentina supo nutrir a la televisión de grandes historias que aportaron a la educación sentimental del país con sus besos robados, el erotismo en primer plano, las heroínas estoicas, algunas tramas intrincadas y romances inolvidables. Ese oscuro objeto del deseo visto, mediante una pantalla, desde el corazón de cualquier casa. Lo explicó alguna vez el propio Alberto Migré: "¿Sabés qué pasa? Ese amor que la gente busca en las telenovelas es imposible de por sí. El secreto del melodrama está en las proporciones. Lo cursi empalaga, pero la medida exacta hace suspirar".

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