Lorenzo, un pintor tan talentoso como bohemio, vive con su nueva pareja, una noruega con la que esperan un ansiado bebé. Durante el embarazo, ella se obsesiona con el cuidado de su primogénito y decide tenerlo en su propia casa con una partera y alejada de cualquier tipo de medicina convencional. El carácter estricto y hermético de la madre se acentúa cuando nace el niño. Pronto, el artista descubrirá la zona más oscura de su concubina, y un secreto que lo obligará a tomar acciones drásticas.

Sebastián Schindel, responsable de El Patrón: radiografía de un crimen, vuelve a contar con el talento de Joaquín Furriel en este su segundo largometraje como director, para narrar una historia opresiva y de inquietante atmósfera.

(Tráiler de "El hijo")

Un filme que se vale de los climas, para incomodar al espectador, a la vez que construye el relato a través de un montaje que va y viene hacia el pasado reciente de los personajes, recurso que permite reconstruir poco a poco la verdad detrás de los hechos reflejados.

Martina Gusmán y Luciano Cáceres como la pareja amiga del pintor, acompañan como contenedores de una vida que se desmorona y que intenta comprender qué hay detrás de las actitudes de una mujer tan fría como el clima de su país de origen.

Más allá del género, de navegar dentro del suspenso psicológico, y coquetear con el terror, el relato incursiona en los miedos de los padres primerizos y en las diferencias culturales de las personas que provienen de mundos opuestos.

Heidi Toini, protagonista de la excelente serie Nobel, logra trasmitir misterio detrás de su gélida mirada. Junto a Regina Lamm (la partera e institutriz que la acompaña en la crianza del hijo) forman un dúo poderoso, una pareja de temer que impone respeto con su sola presencia.

Desde la dirección de arte y la puesta en escena, hay un interesante manejo de la cuestión pictórica, aprovechando la profesión del personaje principal, con cuadros que sirven de metáforas o intensos metamensajes de la trama principal. La luz, con fuertes contrastes y el acertado diseño de sonido, agudizan la experiencia onírica de ciertas secuencias.

La utilización del fuera de campo, al igual que ciertos datos que el director deja sin explicitar permiten que cada persona pueda y deba sacar ciertas conclusiones desde el patio de butacas. En ese sentido algunos momentos del metraje y el sorpresivo final quedarán rondando en la mente de quienes la vean, un largo rato después de que la proyección haya acabado.

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