Tina (Eva Melander) es una agente de aduanas portuaria, cuyo rostro presenta las secuelas de una anomalía genética y que posee la extraña habilidad de oler los sentimientos de la gente. Este olfato exquisito sumado a un desarrollado sexto sentido le permite identificar y detener a los contrabandistas y dealers. Pero al encontrarse cara a cara con Vore (Eero Milonoff), un hombre aparentemente sospechoso, sus habilidades se ponen a prueba por primera vez. Tina se verá obligada a lidiar con aterradores revelaciones sobre ella y la humanidad en general.

Con un poco del clima y la atmósfera de Déjame entrar (aquella película en la que una niña no-muerta trababa una relación de amistad con su vecino), el realizador Ali Abbasi nos sumerge en una historia plagada de secuencias increíbles, un relato que surfea entre el fantástico y el drama de suspenso.

La presencia de un personaje femenino potente como protagonista, también recuerda a la mencionada cinta de vampiros sueca que rápidamente se convirtió en objeto de culto. Aquí, la mujer en cuestión, no necesita saciar su sed de sangre, pero igual que aquella debe lidiar con un mundo que la rodea que parece excluirla, un mundo en el que parece difícil encontrar el amor.

El metraje avanza revelando poco a poco distintos elementos que le darán coherencia al relato. El folclore de los Trolls, legendarios personajes de la cultura nórdica, tendrán vital importancia en un guion que nunca cae en lo bizarro, lo macabro ni lo paródico.

Un argumento en el que conviven temas tan disímiles como la pedofilia, el tráfico de niños, gnomos malignos, duendes del bosque y el instinto animal puede parecer un delirio. Pero la realidad es que todo es transitado de manera tan seria y creíble por los intérpretes que nunca se pierde el tono naturalista del relato.

El despertar sexual, la integración, la realidad de las minorías, son tres temas que están presentes a través de esta historia que funciona como metáfora sobre la realidad de aquellos que se sienten diferentes o excluidos (imposible no pensar en una auto referencia del director, un iraní que vive en Suecia).

Hay además un trabajo visual, y sobre todo sonoro, de excelencia, lo que agudiza la experiencia fílmica, y permite que el espectador se sumerja en estas secuencias casi oníricas que componen el largometraje.

Probablemente Border: Sentí algo hermoso, no sea la película más tradicional con la que uno pueda toparse, pero es osada e incluye escenas memorables (incluida una de corte sexual que difícilmente pueda asemejarse a cualquiera que se haya rodado antes en la historia del cine). El visionado de este largometraje augura una experiencia fílmica tan extravagante como perturbadora. Lisérgica y emocionante. Única.

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