“Cuando está la lucecita roja de la cámara te prometen todo. Después se apaga la luz y ni bola”. Hace apenas cuatro meses, Jorge “Roña” Castro resumía con esa frase una de las desilusiones que le había dejado su recorrido por la televisión. El excampeón mundial de boxeo hablaba desde la experiencia de quien había pasado por distintos realities, había compartido horas de encierro con otras figuras, se había animado a bailar frente a Marcelo Tinelli y hasta había intentado conquistar al jurado de MasterChef Celebrity. Sin embargo, detrás de las cámaras y de las sonrisas al aire, sentía que algunas promesas de ayuda nunca se habían cumplido.
Su enojo tenía un nombre propio, aunque él se encargaba de aclarar que no se trataba solamente de Wanda Nara, la conductora que le había ofrecido acompañarlo en su tarea solidaria. “No estoy enojado solo con Wanda, sino con el grupo, porque ellos prometieron, al aire todo bien, pero se apaga la luz y ni bola”, había contado en charla con Carmen Barbieri. No reclamaba, según sus propias palabras, una ayuda que necesitara para sobrevivir, sino que le dolía la distancia entre aquello que se decía frente a las cámaras y lo que ocurría después. “Yo no los necesito a ellos”, insistía, aunque admitía que la experiencia lo había afectado porque se había encariñado con sus compañeros.
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La confesión adquiere otra dimensión tras la muerte del exboxeador, a los 59 años, luego de descompensarse en el Bingo de Morón. Pese a recibir los primeros auxilios, falleció en el lugar. De acuerdo con el informe policial, la descompensación se produjo en el contexto de una baja de insulina y de la diabetes que padecía. Con su partida se fue una figura que había construido una identidad mucho más amplia que la del deportista que supo conquistar el mundo arriba de un ring: el hombre de barrio que se había abierto camino a fuerza de golpes, que conoció el hambre durante su infancia y que, con el paso de los años, convirtió parte de su propia historia en un compromiso con quienes todavía atravesaban las mismas necesidades.

Porque si algo definía al Roña Castro era esa mezcla de picardía, espontaneidad y una sensibilidad que asomaba detrás de su personaje histriónico. Durante sus años de gloria deportiva, sus apariciones televisivas se volvieron habituales. Cada triunfo lo acercaba un poco más a la pantalla chica, donde su manera de hablar, sus anécdotas y su desparpajo lo transformaban en un invitado capaz de robarse la escena. Su presencia en el living de Susana Giménez y en distintos programas de espectáculos y magazines mostraba una faceta que convivía con la del boxeador: la de un hombre que sabía contar su vida sin demasiados filtros y que encontraba en el humor una manera de atravesar hasta los recuerdos más dolorosos.
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En 2007, Castro aceptó un desafío que pocos habrían imaginado para un hombre acostumbrado a resolver sus batallas con los puños: ingresar a la casa de Gran Hermano Famosos, el reality de Telefe que lo puso a convivir con personalidades de mundos muy distintos. La propuesta lo tomó por sorpresa. “Nunca pensé que iba a pasar. No necesitaba plata, para nada, en ese momento. Me dijeron: ‘Vas a entrar a Gran Hermano’”, recordaría tiempo después. en charla con Intrusos, sobre aquella convocatoria.
La historia de su ingreso tuvo, además, una de esas casualidades que terminan convertidas en anécdota. Cuando le indicaron que debía ir a probarse el traje para participar del programa, no se presentó el día previsto. Fue en otra fecha y allí se encontró con Nino Dolce, quien también se preparaba para entrar en la casa. Castro no lo conocía, pero el encierro terminaría por unirlos. “Después ahí adentro nos hicimos grandes amigos, porque estuvimos mucho tiempo compartiendo”, contó.
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La convivencia, sin embargo, distaba de ser sencilla. El hombre que había enfrentado a rivales de enorme potencia física descubrió que permanecer durante semanas bajo el mismo techo con desconocidos, sin la libertad de salir a caminar por la calle y con conversaciones que parecían repetirse una y otra vez, podía convertirse en una prueba agotadora. “Pensé que era fácil y no, era muy difícil la convivencia. Estamos catorce boludos que estamos ahí adentro hablando siempre lo mismo, ¿entendés?”, explicó.
El Roña estuvo cerca de abandonar el programa en varias oportunidades. Según relató, lo llamaban a él y también a su apoderado para convencerlo de que permaneciera en la competencia. Le insistían en que las cosas marchaban bien y que no debía irse. Finalmente, continuó hasta convertirse en el octavo eliminado, con el 73,5% de los votos del público para abandonar la casa.
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Durante su estadía, había construido buenos vínculos con Hernán Caire, Carlos Nair Menem y el mencionado cocinero, a quien recordaría especialmente por la amistad que nació entre ambos durante el aislamiento. Pero la experiencia también le dejó una certeza: no estaba preparado para resignar indefinidamente su libertad, por más atractivo que pudiera resultar el fenómeno televisivo.
“Estuve con mucha ansiedad de salir. Iba a llorar debajo de la frazada”, reconoció al despedirse. Y explicó el motivo con una sencillez que permitía entender el peso que había tenido para él aquel encierro: “Nunca estuve preso, salía a caminar y no veía la hora de poder ver otra cara. Estar encerrado era muy difícil para mí, he cumplido lo que tenía que hacer”.
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Cuatro años después, en mayo de 2011, el Roña volvió a ponerse a prueba en un escenario completamente distinto. Esta vez no tenía que resistir los golpes de un adversario ni convivir con un grupo de desconocidos: debía aprender coreografías, seguir los pasos de una bailarina y exponerse a la mirada de un jurado que evaluaba cada movimiento. Su destino era el Bailando por un sueño, el certamen de El Trece conducido por Marcelo Tinelli que dominaba el rating de aquella televisión.
Acompañado por Sofía Macaggi, Castro debutó con una calificación de 34 puntos. Su desempeño fue bien recibido por parte de los integrantes del jurado, que destacaron su destreza y su actitud sobre la pista. Como solía ocurrir cada vez que aparecía frente a las cámaras, tampoco faltó la conversación descontracturada con Tinelli, durante la cual habló de Mike Tyson y de La Mole Moli, y aseguró que no tendría inconvenientes en enfrentarse con ellos arriba de un ring.
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El boxeador había cambiado los guantes por los zapatos de baile, aunque su personalidad seguía intacta. Su paso por el programa fue breve: en la segunda gala quedó eliminado al obtener el 47,49% de los votos telefónicos, frente al 52,51% conseguido por Virginia Gallardo, quien participaba en reemplazo de Pamela Anderson. La experiencia se terminó pronto, pero confirmó que su figura tenía un lugar propio en el espectáculo, incluso cuando debía desenvolverse lejos de aquello que mejor conocía.
El último capítulo de su recorrido por los realities llegó en 2025, cuando se sumó a MasterChef Celebrity, nuevamente por la pantalla de Telefe. A esa altura, Castro ya no era solamente el excampeón mundial que había descubierto la televisión durante sus años de gloria: también era un hombre que había dedicado buena parte de su tiempo a sostener comedores comunitarios y a organizar la asistencia para familias que atravesaban situaciones de extrema vulnerabilidad.
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Su participación en el reality culinario terminó antes de lo esperado. En octubre de 2025, durante una gala de eliminación, el plato de albóndigas que presentó no logró convencer al jurado integrado por Donato De Santis, Germán Martitegui y Damián Betular. Así se convirtió en el primer eliminado de la competencia. Sus compañeros lo despidieron con aplausos y Wanda Nara, conductora del ciclo, aprovechó el momento para hacerle una propuesta que parecía trascender los límites del programa.
“Roña, contás conmigo para lo que necesites y vamos a estar ahí en tus comedores”, le dijo al aire. Martitegui también se sumó a la iniciativa y planteó la posibilidad de que el jurado acompañara al exboxeador en alguna de sus actividades solidarias.
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Para Castro, aquellas palabras no fueron un comentario más frente a las cámaras. Su tarea social formaba parte de su presente y de una historia personal que lo había llevado a conocer de cerca las carencias materiales. Por eso, meses después, cuando aseguró que la ayuda prometida nunca había llegado, la decepción se hizo evidente.
“No estoy enojado con ella, pero prometieron cosas, que me iban a ayudar al aire, y nunca aparecieron”, contó. Según explicó, había intentado comunicarse con Nara por teléfono y a través de mensajes, pero no obtuvo respuesta. “La llamé, le mandé mensajes al teléfono, pero nunca me contestó”, señaló.
Sin embargo, detrás del reclamo había algo más que una discusión por compromisos incumplidos. “Yo no necesito nada de ellos. Me hace sentir mal porque uno se encariñó con el programa”, agregó. El Roña no ocultaba su malestar, aunque buscaba dejar en claro que su trabajo no dependía de la presencia de una figura televisiva ni de la repercusión que pudiera generar una visita a sus comedores. Su objetivo, decía, era que la ayuda llegara a quienes la necesitaban.
Su paso por la televisión le había permitido contar su historia, mostrar sus distintas facetas y acercarse a públicos que quizá nunca habían seguido una pelea suya. También le había dejado decepciones y promesas que, según denunció, no llegaron a cumplirse. Pero su identidad no quedaba reducida a ese desencanto. En el recuerdo del Roña Castro convivirán el campeón, el personaje televisivo que se animó a probar suerte en los realities y el hombre que hizo de sus propias heridas una motivación para ayudar a otros.
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