Durante quince años, Isabel Sarli desapareció de la pantalla grande. No hubo estrenos, flashes ni llamados que consiguieran convencerla de regresar. La mujer que durante décadas había desafiado a la censura, que había recorrido con sus películas buena parte del mundo y que se había convertido en uno de los grandes mitos del cine argentino decidió, después de la muerte de Armando Bó, correrse de escena.
Se refugió en su mítica quinta de Martínez, rodeada por sus hijos, sus animales y los recuerdos de una vida que parecía haber quedado detenida aquella noche de octubre de 1981. Allí, lejos de las cámaras, transcurrieron los años en los que Isabel Sarli intentó aprender a vivir sin el hombre que había sido su compañero, su director, su protector y, como ella misma repetía, el gran amor de su vida.
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Recién en 1996, cuando ya tenía 66 años, volvió a ponerse frente a una cámara para protagonizar La dama regresa, la película de Jorge Polaco y coprotagonizada por Edgardo Nieva, que significó uno de los regresos más singulares y conmovedores de la historia del cine argentino.
Para entonces, Isabel ya era mucho más que la mujer que alguna vez había escandalizado a una sociedad acostumbrada a mirar el deseo a escondidas. Había nacido como Hilda Isabel Gorrindo Sarli el 9 de julio de 1929 en Concordia, Entre Ríos, en una familia atravesada desde temprano por las ausencias. Su padre, Antonio Francisco Gorrindo, abandonó a la familia cuando ella tenía apenas tres años y su madre, María Elena Sarli, debió trasladarse con sus hijos a Buenos Aires. El pequeño hermano de Isabel, el único varón de la familia, murió cuando apenas tenía cinco años. Con el paso del tiempo, su padre intentó volver a establecer contacto con ella, Isabel se negó. La herida de aquella infancia había quedado demasiado profunda.
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La necesidad de ayudar a su madre la llevó a trabajar como secretaria. Pero su belleza pronto abrió otra puerta. Comenzó a modelar para distintos productos y aquella actividad creció hasta convertirse en una carrera. En 1955 fue elegida Miss Argentina y llegó a semifinalista de Miss Universo. Durante aquella etapa conoció incluso a Juan Domingo Perón. Pero todavía no sabía que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.
En junio de 1956 apareció Armando Bó. El encuentro con el director marcó el comienzo de una sociedad artística y afectiva que se extendería durante 25 años y cuatro meses. Bó descubrió en Sarli algo que iba mucho más allá de una belleza exuberante: una presencia capaz de llenar la pantalla, una mezcla de sensualidad, ingenuidad, fuerza y vulnerabilidad que terminaría convirtiéndola en una figura irrepetible. La convenció para protagonizar El trueno entre las hojas, la película que marcó su debut con él y que incluyó el primer desnudo del cine argentino.
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A partir de entonces, sus nombres quedaron unidos para siempre.
Llegaron Furia infernal, Favela, Carne, Fiebre, Fuego, Sabaleros, Embrujada e Insaciable, entre muchas otras. Fueron treinta producciones realizadas junto a Bó y una carrera que no conoció fronteras. Las películas fueron censuradas, recortadas, discutidas y prohibidas en algunos lugares, pero también viajaron por caso, por México, Paraguay, Uruguay, Panamá, Rusia, Japón y Estados Unidos. Isabel se transformó en un fenómeno internacional, con una presencia avasallante que construía su propia leyenda en tiempo real.
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Pero detrás del mito había una mujer cuya vida privada permanecía mucho más protegida de lo que sugerían aquellas imágenes.
La relación entre Sarli y Bó nunca fue oficializada. Durante el tiempo que permanecieron juntos, el director continuó viviendo con Teresa Machinandiarena, su esposa. Para el público, sin embargo, la sociedad entre Isabel y Armando era un secreto a voces. Ellos construyeron una historia que trascendió las películas y que quedó marcada por una dependencia mutua que Isabel admitiría una y otra vez a lo largo de los años.
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Entonces llegó el 8 de octubre de 1981, cuando Armando Bó murió de cáncer a los 67 años. Para Isabel no fue solamente la pérdida de un director. Se había ido el hombre que había acompañado prácticamente toda su vida adulta, quien había moldeado su carrera y con quien había compartido escenarios, viajes, rodajes, éxitos, censuras y discusiones. Esa muerte significó también el final de una etapa profesional que Sarli no estaba preparada para cerrar. Después de aquella pérdida, desapareció.
Durante quince años, Isabel se recluyó en su quinta de Martínez. El cine, que había sido su mundo durante un cuarto de siglo, dejó de formar parte de su rutina. No aceptó propuestas. No quiso volver a exponerse. No quiso reemplazar a Armando ni trabajar bajo la mirada de otro director. Tampoco quería enfrentar la posibilidad de descubrir que aquello que había construido junto a él ya no podía repetirse.
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Ella misma lo explicó muchos años después, cuando finalmente regresó: “Muchos miedos tenía de volver al cine. Sólo había hecho películas con Armando Bó, una con Torre Nilsson (Setenta veces siete) y una más en África con otro director, pero siempre con el ojo vigilante de Armando. Les dije que no siempre a todos, no sólo porque no quería volver y porque añoraba lo que había perdido, sino porque tenía miedo. ¿Se imagina un regreso con fracaso?”.
En esa frase estaba condensado buena parte de su silencio. No se trataba simplemente de una actriz retirada. Había quedado viuda de una manera particular: más que un marido, o un amante, había perdido al hombre con quien había construido su identidad artística. Volver al cine implicaba aceptar que podía existir una Isabel Sarli sin Armando Bó. Y durante años no estuvo dispuesta a comprobarlo.
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En aquella casa encontró otra forma de compañía. Vivía con sus hijos adoptivos, Isabelita y Martín, y con una verdadera familia de animales: perros, gatos, loros y tortugas. Los animales ocuparon el espacio que antes habían llenado las filmaciones, los viajes y la presencia cotidiana de Armando. En aquel refugio doméstico, volvió a construir una intimidad lejos de las cámaras.
También estaban los recuerdos. Por las noches, decía, hablaba con las dos estrellas más brillantes que encontraba en el cielo y que asociaba con sus muertos más queridos: su madre, María Elena, y Armando. El duelo no tenía fecha de vencimiento.
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En 1992 un episodio médico volvió a poner a Isabel frente a su propia fragilidad. Se desmayó en su casa y fue trasladada a la Clínica Bazterrica. Los estudios revelaron un tumor cerebral y los médicos debieron realizarle una cirugía de urgencia. La operación era de máximo riesgo, pero resultó exitosa. Sarli logró recuperarse.

Sin embargo, aquella intervención dejó consecuencias que también debió afrontar. Le suministraron medicación para prevenir la formación de coágulos y aumentó considerablemente de peso. Para recuperar su estado físico contó con la ayuda del doctor Alberto Cormillot, aunque ella misma reconocía, con su característico sentido del humor, que no siempre podía resistirse a sus comidas favoritas.
Cuando se cumplían quince años desde su alejamiento de las cámaras, Jorge Polaco apareció con una propuesta inesperada. El director quería que Isabel protagonizara La dama regresa, casi una historia autobiográfica.
La película tenía algo de espejo de la propia historia de Sarli. En el centro estaba Aurora, una mujer que había sido despreciada y humillada por los habitantes de Laguna Verde, su pueblo natal, porque la consideraban una mujer de costumbres cuestionables. Después de muchos años, Aurora regresaba convertida en una mujer rica, luego de haber quedado viuda de un hombre millonario. Su aparición alteraba la tranquilidad del pueblo, despertaba viejos rencores y encendía la envidia de quienes alguna vez la habían juzgado.
Ahora era ella quien tenía el poder. Aurora regresaba para cobrarse una suerte de revancha. Y, de alguna manera, la historia también podía leerse como una metáfora del retorno de Isabel Sarli.

La actriz que durante años había sido juzgada, censurada, cuestionada y reducida muchas veces a su condición de símbolo sexual, volvía al cine después de haber atravesado una enfermedad grave, la muerte del hombre más importante de su vida y una década y media de silencio. Ya no era la muchacha que había irrumpido en El trueno entre las hojas. Era una mujer de 66 años que volvía con otra historia en el cuerpo y otra memoria en los ojos.
Ella sabía perfectamente que el regreso podía ser un fracaso: “Fueron muchos años lejos de las cámaras: comprobé que el cine no me había dejado a mí sino que yo había dejado al cine”.
El rodaje tuvo además una coincidencia que Sarli vivió como una señal. Polaco debió postergar el comienzo porque había contraído culebrilla. Finalmente, las cámaras comenzaron a rodar el 9 de octubre de 1995, exactamente el día en que se cumplían catorce años de la muerte de Armando Bó.
El primer día, Isabel llegó al rodaje junto a su maquillador, Jorge Bruno. Viajaban en auto hacia el hotel alojamiento donde los esperaba el equipo para filmar. En el camino recordaron la fecha. Hablaron de Armando. Y los dos terminaron emocionados: “Recordamos la coincidencia y se nos cayó una lágrima”, relató.

Incluso hubo otro momento íntimo relacionado con Bó. Durante el rodaje, Sarli y Polaco fueron a pedirle ayuda. Querían que, de alguna manera, Armando los acompañara desde algún lugar. El regreso no significaba olvidarlo, era aprender a filmar sin él.
En el set, Isabel encontró además algo que la hizo sentirse protegida. Había animales. Estaban los recuerdos y los afectos. Había personas que conocían su historia y entendían que aquel regreso era mucho más que un trabajo: “Estoy contenta, muy contenta. Estuve rodeada de amigos, entre ellos Jorge Bruno, mi maquillador. Polaco me cuidó mucho y había animalitos, de modo que me sentí muy mimada”.
También recuperó parte de su propia historia a través de la ropa. El vestuario estuvo a cargo de Horace Lannes, pero Sarli quiso incorporar cuatro vestidos que habían sido diseñados por Paco Jamandreu, uno de los grandes nombres de la moda argentina y quien la había vestido durante años. Algunos tenían dos décadas y reflejaban a la Isabel de otra época regresando para encontrarse con la mujer que había sobrevivido al paso del tiempo.
Por eso quiso homenajear a Jamandreu. Incluso recordó una de las escenas más particulares de la película: cuando canta La morocha en medio de la cancha de Boca lleva uno de aquellos vestidos. El pasado volvía a entrar en cuadro.

El 12 de septiembre de 1996, finalmente, La dama regresa llevó a Isabel Sarli otra vez a la pantalla. El filme no podía devolverle a Armando. Ninguna película podía hacerlo. Pero le permitió comprobar que todavía podía habitar una pantalla sin él.
Treinta años después de aquel estreno, La dama regresa permanece como una pieza singular dentro de la historia del cine argentino, pero también como el testimonio de una mujer que necesitó quince años para volver a enfrentarse con aquello que había sido su vida. Sarli había conocido la gloria, la censura, el éxito internacional, el amor, la pérdida, la enfermedad y el retiro. Y cuando regresó, lo hizo con una historia que parecía escrita especialmente para ella: la de una mujer que había sido expulsada simbólicamente de un lugar y que volvía convertida en alguien diferente, con la posibilidad de mirar a quienes alguna vez la habían juzgado desde otra posición.
Las repercusiones dividieron aguas, en una polémica a la que la Coca estaba acostumbrada. Parte de la crítica objetó cierto grotesco tanto en las actuaciones como en el guion, mientras otros reivindicaron el estilo kitsch que dialogaba de alguna manera con su pasado.
Lo que quedó claro es que para la Isabel de carne y hueso no significó un regreso definitivo a los primeros planos del espectáculo. Más allá de un puñado de apariciones en cine, teatro y televisión, eligió volver al refugio de Martínez, a esa zona de confort autoimpuesta desde la partida de Armando.

Isabel Sarli murió el 25 de junio de 2019, a los 83 años, en el Hospital Central de San Isidro. Había sido internada desde mayo de aquel año después de una operación de cadera y su estado general de salud se deterioró hasta que una infección urinaria y una neumonía derivaron en un shock séptico.
Pero mucho antes de aquella despedida definitiva, hubo una mujer que durante quince años decidió apagar las luces de su camerino y quedarse en casa. Una mujer que se negó a volver porque tenía miedo, que perdió al hombre que había sido su compañero y su director, que encontró refugio entre animales, hijos adoptivos, recuerdos y noches silenciosas.
Una mujer que sobrevivió a un tumor cerebral. Y una mujer que, finalmente, volvió.
Cuando las cámaras de Jorge Polaco comenzaron a filmar La dama regresa, Isabel Sarli no solamente estaba regresando al cine. Quizás por eso aquella lágrima que cayó en el auto junto a su maquillador, al recordar a Armando Bó en el primer día de rodaje, decía mucho más que cualquier estreno.
Porque algunas ausencias no se miden en años, se miden en todo lo que una persona tuvo que atravesar para animarse, finalmente, a volver.
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