
Londres todavía estaba fresco en el recuerdo cuando Cami Mayan ya tenía el bolso listo para el siguiente destino. La influencer argentina cruzó de la capital británica al Mediterráneo y aterrizó en Mallorca con un grupo de amigas, dispuesta a cambiar los paseos por la ciudad por días de cala, sol y agua turquesa.
La rutina arrancó temprano. Una de las primeras imágenes que compartió no fue de playa sino del gimnasio del hotel: Cami se fotografió a sí misma con top deportivo blanco de doble tira, shorts grises y una cadena dorada fina al cuello, con las mancuernas desparramadas en el piso de fondo. La cara sin filtro, la mirada directa a la cámara. El entrenamiento formó parte del itinerario.
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Después llegó el desayuno, y el escenario lo justificó todo: una mesa de madera oscura con un café con leche, un croissant espolvoreado con azúcar impalpable y un bowl de frutas frescas. Al fondo, a través de un parapeto de vidrio, la cala turquesa con pinos mediterráneos inclinados sobre el agua. Ese fue el arranque de al menos uno de los días en la isla.




Las primeras imágenes del entorno mostraron el lugar desde el hotel: una arquitectura de tejas rojas y arcos de piedra recortada contra el azul profundo del mar Mediterráneo, con una pequeña isla al fondo y los últimos rayos del sol tiñendo los tejados de naranja.
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Pero el momento central fue la playa. En las fotos que publicó en sus redes, ella misma lo resumió con la precisión justa: “Una vuelta por la playita”. Sin más preámbulos, el grupo se plantó en una de las calas rocosas de la isla, con el agua tan transparente que se podía ver el fondo desde la orilla.
Para esas jornadas, la elección fue una malla de mangas largas celeste con lunares negros, combinada con una bombacha de hilo azul con argollas naranjas. El conjunto apareció en varias tomas desde ángulos distintos: de frente con lentes de sol oscuros y una sonrisa abierta, de espaldas con el pelo mojado cayendo sobre los hombros, y en otra con el viento moviéndole el cabello y el brazo extendido hacia el costado, con la cala y los pinos de fondo.
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Las imágenes también mostraron los alrededores del hotel, donde las reposeras azules y blancas se alinearon vacías junto a la pileta bajo una palmera. Ahí también apareció Cami, de espaldas a la cámara, con el mismo conjunto de lunares y una minifalda de jean, lentes puestos.
Una de las tomas más cuidadas del álbum fue la de la cala vista desde la orilla opuesta: el agua verde esmeralda en primer plano, las rocas grises, los pinos que treparon la ladera y, al fondo, una construcción blanca de líneas limpias rodeada de vegetación. Escalerillas de metal para entrar al mar, algunos bañistas sentados al borde del agua.
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En otra toma, Cami posó junto a una de sus amigas sobre las rocas de la cala. Ella con el bikini celeste triangular con argollas naranjas, la amiga con uno negro de triángulo. Las dos abrazadas, mirando a la cámara, con el mar turquesa y un faro en el horizonte detrás.
Al caer el sol, el escenario cambió pero el ritmo no bajó. Dentro del agua, ya con la luz del atardecer, se fotografió con el bikini celeste completo, ajustándose los lentes con una mano mientras cerraba el puño con la otra. El agua le llegó hasta la cintura y la cala quedó al fondo con los últimos colores del día.
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Desde un mirador elevado con vista directa a una bahía, otra toma la mostró con un bikini marrón con detalle rojo en el centro, una falda pareo con estampado animal print en tonos bordo y blanco, y un pañuelo a juego anudado en la cabeza.
Para las noches, el look fue un enterito corto marrón de escote en V con encaje, camisa oversize a rayas amarillas y blancas, medias blancas y zapatillas Nike negras. Las fotos se tomaron en un espacio con paredes de piedra rústica e iluminación cálida desde abajo: una de perfil con una sonrisa ladeada, otra de frente con las manos detrás de la cabeza.
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Entre salida y salida, también hubo lugar para el descanso sin producción. Una selfie tomada en la arena, con el pelo pegado al rostro recién salida del agua, la mostró con un bikini marrón a cuadros blancos, la cadena dorada al cuello y la piel todavía mojada. Detrás, las reposeras azules del beach club y un muro de piedra cubierto de vegetación.
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