En una habitación apenas iluminada, con el murmullo lejano de la calle filtrándose por las ventanas, Elian Ángel Valenzuela –mejor conocido como L-Gante– se sentó frente a Julio Leiva en el ciclo de entrevistas El Buscador (Hispa) y desnudó un deseo inusitado: “Me gustaría terminar la escuela. Tener el secundario completo”. Recostado sobre un sillón y con la gorra ladeada, el ícono de la cumbia 420 dejó asomar una faceta poco explorada. Una que anhela libros, títulos, idiomas y un escritorio con códigos civiles.
“Me interesaba Derecho. Aprender otros idiomas. Me veo como abogado”, dijo con una calma que contrasta con el vértigo de su carrera. La declaración no fue un acting ni un guiño irónico. Era un anhelo real. Casi una plegaria: tener la capacidad, la profesión. Quizás ejercerla en algún momento, pero con adquirir conocimiento y saber es suficiente.
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En el país del ascenso social a través del arte, donde cada tanto irrumpe un “distinto”, la figura de L-Gante rompe con los esquemas. Surgido de General Rodríguez, de los márgenes del conurbano profundo, pasó de grabar con un micrófono enchufado al CPU a compartir estudio con figuras internacionales. Pero ahora, a sus 25 años, no habla de hits ni de charts. Habla de crecer. De madurar. Y sobre todo, de su hija.

“Sí, bastante. Bastante me rescató”, confesó sobre Jamaica, que este año cumple cuatro años y ya va al jardín. La imagen de ese padre que ve en los ojos de su hija un espejo implacable resulta más poderosa que cualquier estribillo viral. “Hay que mejorar cada día. Entender que estamos creciendo, que ya somos adultos”, detalló.
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Una pausa. Un suspiro apenas perceptible. Y un golpe de realidad: “Tengo una hija que va a estar mirando mis pasos”. La frase lo atraviesa, lo redibuja, lo devuelve al presente con un nuevo horizonte.
Lejos de los rumores y las portadas de espectáculos, también se animó a hablar de Wanda Nara. No con escándalo ni chicanas. Con una serenidad que desconcierta. “No me gusta mucho que todos los días estén hablando de eso”, deslizó. El vínculo entre ellos, dice, está lejos de los clichés románticos o los fuegos artificiales mediáticos.
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“No tenemos peleas. Yo quizá estoy todos los días con ella, o dos semanas. O capaz una semana no aparezco. Y ahí es cuando los medios dicen ‘L-Gante no apareció, se fue de gira’. No, nada que ver”, explicó con resignación. “Capaz me fui al campo. Apagué el celular. Estuve con mi hija. Estuve con mis amigos. Y después te aparezco como si nada”.
No hay peleas. No hay infidelidades. No hay guiones prearmados. Lo que hay, según él, es otra cosa: “Cualquiera que nos quiera hacer pelear o separar, o distanciar, no nos va a afectar”. Palabra de L-Gante.
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Pero no todo es amor, ni reflexión. También hay música, viajes y alianzas inesperadas. En un giro que pocos imaginaron, se reunió con los chicos de Molotov en México. “Estábamos viendo una entrevista con Maxi (su representante), y nos sorprendimos de que los chicos de Molotov estaban hablando de mí”. La sorpresa fue mutua. La química, instantánea. “Nos brindaron la mejor atención, la mejor vibra. Compartimos música. Vamos a ver con qué avanzamos ahora. Quedó muy buen vínculo”.
Ese “vínculo” puede leerse como símbolo. De una nueva etapa. De una proyección internacional que se cocina sin escándalos ni likes. Solo con talento, tiempo y paciencia. Porque L-Gante, con su flow crudo y su lengua frontal, también quiere ser algo más que un fenómeno de redes. Quiere ser alguien que escribe su propia historia. Sin corregirla con filtros.
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Y, quizás, con un título de abogado sobre la mesa. Todavía puede.
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