
Lo que parecía ser un simple descuido cotidiano terminó convirtiéndose en una persecución urbana con intervención policial y una investigación interna en Bélgica. El olvido de un iPhone dentro de un autobús de la empresa de transporte De Lijn desencadenó una serie de hechos que ahora podrían derivar en sanciones laborales contra uno de sus conductores.
El incidente ocurrió cuando Keano Plas, de 21 años, y su novia Zaïa Meftah, de 19, descubrieron que habían dejado olvidado el teléfono móvil tras bajar de un autobús en Bélgica. Gracias a las funciones de geolocalización del dispositivo, lograron rastrear el equipo casi en tiempo real e iniciaron una búsqueda que terminó en una persecución de más de quince minutos.
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Según relataron los afectados, la señal del teléfono indicaba inicialmente que el dispositivo seguía desplazándose por la ruta de otro autobús perteneciente a la misma compañía. Keano decidió entonces seguir el vehículo acompañado por su suegro en automóvil.

La situación comenzó a tensarse cuando intentaron llamar la atención del conductor para recuperar el teléfono. Keano aseguró que realizó señales para que el autobús se detuviera, pero el conductor continuó la marcha. Según su versión, incluso recibió gestos ofensivos por parte del empleado mientras intentaba acercarse al vehículo.
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El episodio alcanzó su momento más crítico cuando Keano se colocó frente al autobús en una parada con la intención de obligarlo a frenar. “Tuve que apartarme de un salto para evitar ser atropellado”, declaró posteriormente sobre el momento en el que el vehículo avanzó mientras él permanecía frente a la unidad.
Durante todo el trayecto, el conductor negó tener conocimiento sobre el teléfono perdido, pese a que la geolocalización seguía marcando la cercanía del dispositivo.
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La persecución concluyó finalmente en la estación de Tielt. Allí, tras revisar el autobús sin encontrar el teléfono, apareció una testigo que aportó un dato clave para resolver el caso. Según explicó, había escuchado sonar un móvil dentro de una papelera cercana y aseguró haber visto al conductor arrojar el dispositivo allí momentos antes.

El teléfono fue recuperado efectivamente desde el basurero, lo que llevó a Keano a presentar una denuncia ante la policía. Las autoridades abrieron un expediente por presunta “ocultación fraudulenta”, mientras que la empresa de transporte inició una investigación interna para esclarecer el comportamiento de sus empleados.
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La compañía De Lijn reconoció posteriormente que el caso estuvo marcado por una cadena de errores internos. Según explicó su portavoz, Jens Van Herp, el primer conductor que encontró el teléfono no siguió el protocolo oficial de objetos perdidos.
Normalmente, los dispositivos extraviados deben enviarse a un depósito central ubicado en Malinas. Sin embargo, el conductor habría decidido entregar el teléfono a otro empleado con la intención de acelerar la devolución al propietario.
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El problema surgió cuando el segundo conductor, que sí sabía de la existencia del dispositivo, presuntamente decidió ocultarlo y posteriormente tirarlo a la basura. La empresa admitió no comprender las razones detrás de esa conducta y señaló que el caso continúa bajo revisión.
Aunque De Lijn no confirmó todavía si el conductor será despedido, sí adelantó que tomará medidas disciplinarias tras concluir la investigación. La empresa también cuestionó parte de la reacción de los afectados, considerando que la persecución del autobús pudo generar una situación de presión o amenaza para el conductor.
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El episodio también vuelve a poner sobre la mesa el papel de las herramientas de localización integradas en dispositivos modernos como el iPhone. Funciones como “Buscar” permiten rastrear teléfonos perdidos casi en tiempo real, una característica cada vez más utilizada tanto para recuperar equipos extraviados como para casos de robos.

Sin embargo, el caso demuestra cómo una tecnología pensada para seguridad y recuperación puede terminar derivando en situaciones de tensión pública cuando se combina con decisiones impulsivas o actuaciones irregulares.
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Ahora, mientras la policía belga continúa analizando lo ocurrido y De Lijn revisa la actuación de sus empleados, el episodio deja varias preguntas abiertas sobre protocolos de objetos perdidos, responsabilidad laboral y los límites de la reacción de los usuarios frente a la pérdida de dispositivos personales.
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