
El verano de 2022 quedó marcado en la historia de la tecnología por una de las llamadas más inesperadas de la industria: Elon Musk contactó a Tim Cook para plantearle una propuesta que, de aceptarse, habría cambiado lo que hoy es Starlink.
Aquella llamada era una oferta que pedía el dueño de Tesla a Apple, por 5.000 millones de dólares para que compraran su proyecto de internet satelital y evitar una potencial competencia.
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Por qué el internet satelital estuvo en medio de Elon Musk y Apple
Mucho antes del ultimátum de Musk, en 2015, Apple ya había soñado con convertirse en proveedor mundial de internet satelital. El denominado Proyecto Eagle era una colaboración con Boeing para desplegar miles de satélites y así ofrecer banda ancha a todos los dispositivos de la marca, pero también a hogares completos.
El objetivo era dotar de internet sin depender de operadores terrestres, con antenas que los usuarios podrían instalar en sus ventanas y distribuir la señal por toda la casa.
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La proyección financiera era que Apple tuviera modelos de suscripción propios, combinando conectividad satelital con servicios como iCloud+ o un posible Apple Star+. El alcance de la iniciativa suponía un cambio de paradigma, eliminando la dependencia de AT&T, Verizon y otras operadoras.
Sin embargo, el miedo se impuso. Según fuentes internas citadas por The Information, Tim Cook temía el posible boicot de las operadoras, que representan una fuente de ventas y distribución clave para el iPhone. Si Apple dejaba de necesitarlas, el riesgo era que retiraran sus dispositivos de los catálogos, afectando las cifras de ventas de manera directa.
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Además, Cook evaluó las consecuencias regulatorias: transformarse en operador de telecomunicaciones implicaría nuevas obligaciones de vigilancia y “backdoors” exigidas por el gobierno estadounidense, lo que choca con la política de privacidad de la marca. Así, el Proyecto Eagle fue cancelado en 2016, tras un gasto de 36 millones de dólares solo en pruebas iniciales.
Cuál fue el ultimátum de Elon Musk a Apple
En agosto de 2022, mientras Apple se preparaba para presentar el iPhone 14, Elon Musk se enteró de que la compañía anunciaría una función de conectividad satelital, aunque limitada a situaciones de emergencia SOS. Viendo una oportunidad y sintiendo que la iniciativa podía crecer, Musk decidió actuar con rapidez.
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La propuesta fue contundente: Apple debía pagar 5.000 millones de dólares por adelantado a cambio de 18 meses de exclusividad sobre el servicio satelital de Starlink. Tras este periodo, la cuota sería de 1.000 millones anuales. Si la oferta era rechazada, Musk amenazaba con lanzar un servicio propio capaz de convertir a Starlink en un competidor directo para el iPhone. Y para aumentar la presión, dio a Tim Cook solo 72 horas para responder.
Para ese momento, Starlink ya contaba con una constelación de satélites operativa, ofreciendo la infraestructura que Apple había soñado, pero nunca llegó a desarrollar por sí misma. Musk buscaba así un acuerdo que le asegurara un cliente de primera línea y, al mismo tiempo, bloqueara la entrada de Apple en el mercado satelital durante el periodo más crítico del despliegue.
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La respuesta de Apple fue negativa. La empresa optó por mantener su estrategia conservadora y apostó por una alianza con Globalstar, una compañía de menor escala que ofrecía algo que Musk no podía garantizar: discreción y control total. Globalstar no protagonizaría polémicas públicas ni exigiría protagonismo en la relación.
El rechazo supuso también una declaración de principios para Tim Cook, quien prefirió la estabilidad y la previsibilidad, aunque fuera a costa de limitar el alcance de la función satelital a situaciones de emergencia. Así, los usuarios de iPhone accedieron al servicio SOS vía satélite, sin la ambición de convertirse en un proveedor global de internet.
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Musk, fiel a su palabra, no tardó en reaccionar. Exactamente dos semanas antes del lanzamiento del iPhone 14, SpaceX anunció una alianza con T-Mobile para lanzar Starlink Direct to Cell, un proyecto que permitía a cualquier smartphone enviar mensajes, hacer llamadas y navegar por internet en zonas donde antes eso era imposible, incluso en lugares tan remotos como el Everest.
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