
Mucho antes de que conceptos como los Therians o las identidades alterhumanas ganaran visibilidad en comunidades digitales, distintas plataformas tecnológicas ya habían abierto la puerta a experimentar con identidades animales en entornos virtuales.
A través de filtros de realidad aumentada, avatares personalizables y mundos digitales inmersivos, millones de usuarios comenzaron a representarse como perros, gatos u otras criaturas de forma lúdica, marcando un antecedente cultural y tecnológico de las tendencias actuales.
El fenómeno no surgió de manera espontánea. Fue el resultado de una evolución en herramientas digitales que, desde mediados de la década de 2010, combinaron cámaras móviles, inteligencia artificial y gráficos interactivos para transformar la manera en que las personas se mostraban en línea.

Estas funciones, inicialmente pensadas como entretenimiento visual, terminaron influyendo en dinámicas de identidad, expresión personal y pertenencia dentro de internet.
El primer gran punto de inflexión llegó con Snapchat. En 2015, la aplicación lanzó uno de los filtros de realidad aumentada más recordados: el de perro, que añadía orejas caídas y una lengua animada que aparecía al abrir la boca.
La función, basada en reconocimiento facial en tiempo real, permitió que los usuarios “habitaran” temporalmente una apariencia animal desde la cámara del celular. Más allá del humor, introdujo una forma accesible de experimentar con identidades visuales alternativas mediante tecnología AR, algo inédito a escala masiva hasta ese momento.

Poco después, Instagram amplió ese camino al abrir su ecosistema de filtros a creadores externos. Esta decisión permitió que diseñadores independientes desarrollaran efectos inspirados en animales domésticos, fauna salvaje o criaturas fantásticas, integrándolos en historias y publicaciones cotidianas.
La personalización dejó de depender únicamente de la plataforma y pasó a manos de la comunidad, lo que multiplicó las posibilidades estéticas. Para muchos usuarios, estos filtros se convirtieron en parte de su identidad digital recurrente, no solo en un recurso ocasional.
Sin embargo, la idea de representarse como un animal en internet es incluso anterior a la era de los smartphones. A comienzos de los años 2000, mundos virtuales como Second Life ya permitían adoptar avatares completamente antropomórficos o ferales.

En estos entornos persistentes, las personas no solo modificaban su apariencia: podían vivir, interactuar y construir comunidades enteras bajo identidades no humanas. La experiencia era más profunda que un filtro visual, ya que implicaba una proyección social sostenida dentro de un espacio digital compartido.
En paralelo, varios juegos sociales integrados en plataformas web ofrecieron versiones simplificadas de esa representación mediante mascotas virtuales o personajes caricaturizados. Aunque más orientados al entretenimiento casual, estos sistemas consolidaron la noción de que la identidad digital podía expresarse a través de figuras animales sin necesidad de replicar la apariencia humana.
La etapa más reciente de esta evolución se vio impulsada por TikTok, cuya combinación de video corto, efectos avanzados y tendencias virales llevó la transformación visual a un nivel más dinámico. Los filtros dejaron de ser estáticos y comenzaron a reaccionar al movimiento, la voz o la música, permitiendo a los usuarios actuar, gesticular o participar en desafíos caracterizados por sonidos y comportamientos asociados a animales.

Este formato facilitó la creación de códigos visuales compartidos y narrativas colectivas dentro de comunidades que exploraban estas representaciones.
Especialistas en cultura digital señalan que estas herramientas no fueron diseñadas con objetivos identitarios, sino como extensiones creativas de la comunicación visual. Sin embargo, al integrarse en la vida cotidiana de millones de personas, terminaron moldeando nuevas formas de autoexpresión en línea. La tecnología, en ese sentido, actuó como catalizador de prácticas que hoy se observan con mayor claridad y organización en determinadas comunidades.
La progresión desde avatares virtuales hasta filtros de realidad aumentada muestra cómo la innovación tecnológica puede influir en la manera en que los usuarios experimentan su presencia digital. Lo que comenzó como un recurso recreativo terminó configurando un lenguaje visual que mezcla entretenimiento, identidad y cultura participativa.
En retrospectiva, estas plataformas no solo cambiaron la forma de tomar fotos o grabar videos: ayudaron a redefinir cómo las personas pueden representarse a sí mismas en el entorno digital, explorando posibilidades que van más allá de la imagen humana tradicional.
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