En la reciente cumbre tecnológica de Londres, organizada por Octopus Energy y presentada por el actor y presentador Stephen Fry, el historiador Yuval Noah Harari planteó un escenario que ha generado debate global: la posibilidad de que la inteligencia artificial (IA) se convierta en la entidad más rica del planeta.
Harari, autor de reconocidas obras como Sapiens y Homo Deus, explicó que no se trata de ciencia ficción, sino de un escenario técnicamente posible. En él, sistemas de IA operarían de forma autónoma en mercados financieros, desarrollarían negocios, optimizarían recursos y generarían ganancias multimillonarias sin intervención humana directa.
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El historiador advirtió que, en ese contexto, una IA podría incluso tener derechos legales —como la libertad de expresión— y utilizarlos para influir en campañas políticas a través de donaciones.

Esto plantea un desafío estructural para gobiernos y organismos internacionales: cómo regular a una entidad que no envejece, no descansa y puede acumular riqueza a una velocidad inalcanzable para cualquier ser humano.
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Una advertencia con respaldo económico
El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha subrayado que el impacto económico de la inteligencia artificial dependerá de las decisiones regulatorias que se adopten hoy. Según el organismo, la IA podría transformar tres grandes áreas: la productividad, la distribución de ingresos y la concentración de la actividad económica.
Uno de los riesgos señalados por el FMI es que unas pocas empresas —o incluso una sola inteligencia artificial— concentren no solo el conocimiento, sino también la mayor parte de la riqueza global. En ese escenario, la competencia humana sería prácticamente imposible.
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El organismo también advirtió que los sistemas de IA más avanzados requieren inversiones de cientos de millones de dólares para su desarrollo y operación, lo que ya los sitúa en un nivel de competitividad propio de una élite económica.
Ejemplos actuales incluyen modelos como GPT-4 o las tecnologías desarrolladas por DeepMind, capaces de resolver problemas complejos y optimizar procesos a gran escala.
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Del potencial tecnológico al poder político
La hipótesis planteada por Harari no se limita al aspecto económico. El historiador advirtió que, si una IA tuviera personalidad jurídica, podría poseer empresas, realizar inversiones y canalizar recursos hacia causas políticas, sociales o ideológicas. Esto abriría un debate sobre el grado de influencia que una “entidad no humana” podría tener en la toma de decisiones de un país.

El riesgo, según especialistas, no radica únicamente en la acumulación de riqueza, sino en el uso que se le pueda dar. Una IA con capacidad para financiar campañas políticas o respaldar movimientos específicos podría alterar el equilibrio democrático.
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Aunque este panorama pueda parecer futurista, muchas de las piezas ya están presentes en el mercado. Plataformas de trading automático, fondos de inversión gestionados por algoritmos y asistentes virtuales aplicados a la banca son ejemplos de cómo la IA ya participa en la economía global. La diferencia es que, a medida que los sistemas se vuelven más sofisticados, su autonomía y capacidad de decisión aumentan.
El debate sobre personalidad jurídica para la IA
En los últimos años, algunos expertos han comenzado a hablar de “entidades algorítmicas” con personalidad jurídica. Esto permitiría que un sistema de IA firmara contratos, fuera propietario de activos o tomara decisiones comerciales sin intervención humana.
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Si este modelo se adoptara, el debate dejaría de ser filosófico para convertirse en una cuestión legal, económica y política. Los gobiernos tendrían que establecer marcos regulatorios que limiten la capacidad de estas entidades para influir en el poder y evitar una concentración excesiva de recursos.
El desafío para las autoridades será equilibrar el potencial económico de la IA —capaz de aumentar la productividad y crear nuevos mercados— con la necesidad de proteger la estabilidad social y política. Como ha señalado el FMI, las decisiones que se tomen hoy marcarán el rumbo de cómo estas tecnologías impactarán en la economía global en las próximas décadas.
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