
En la década de 1980, Silicon Valley vivió una época de frenético crecimiento impulsado por una cultura de trabajo que hoy sería impensable. En el centro de esa tormenta, Apple se destacó no solo por sus innovaciones tecnológicas, sino por su entorno laboral extremadamente exigente.
La famosa frase “90 horas a la semana y me encanta” se convirtió en un lema que resumía el espíritu de la empresa, un mantra de sacrificio y entrega total que parecía ser más un requisito que una opción. Para muchos de los primeros empleados de la compañía, esas interminables jornadas laborales eran sinónimo de pasión y compromiso, pero también reflejaban la esencia de una era donde el “workaholism” se celebraba como una virtud.
Por qué tenían jornadas maratónicas en el trabajo
El proyecto Macintosh fue uno de los principales motores de este sobreesfuerzo. En 1983, cuando el lanzamiento de la primera versión del ordenador se acercaba, el equipo de software que trabajaba en él estaba compuesto principalmente por jóvenes entre veinte y treinta años.

Al no tener muchas responsabilidades familiares, como hijos o compromisos personales, estaban dispuestos a poner toda su energía en el proyecto.
A medida que la fecha de lanzamiento de enero de 1984 se acercaba, la presión aumentó y las horas de trabajo se alargaron. Las jornadas de 12, 14 o incluso 16 horas se convirtieron en la norma. Era común ver a los ingenieros y programadores de Apple trabajando en sus cubículos hasta la medianoche, sin importar si era un día laboral o no.
En ese entorno, las maratones de pruebas y los concursos para encontrar más errores en el software se convirtieron en rituales. Estos “eventos” no solo servían para garantizar la calidad del producto, sino para reforzar el sentido de pertenencia a un equipo dispuesto a hacer cualquier sacrificio para cumplir con las expectativas de Steve Jobs, quien nunca escondió su exigente visión sobre el trabajo.
Las exageradas afirmaciones de Jobs: “90 horas a la semana”

Para algunos empleados, este desmedido esfuerzo merecía ser conmemorado. Así nació una de las anécdotas más divertidas y entrañables de esa época: la sudadera “90 horas a la semana y me encanta”. Según cuenta Andy Hertzfeld, uno de los ingenieros clave del proyecto, la camiseta fue una forma de rendir homenaje a una afirmación de Jobs que, aunque exagerada, reflejaba la realidad de los trabajadores.
La sudadera, que se convirtió en un símbolo del sacrificio, fue elegida con un error intencional, un “Mackintosh” en lugar de “Macintosh”, lo que le daba un toque más personal y desenfadado.
La pieza de ropa se convirtió rápidamente en un ícono de la cultura interna de Apple. La sudadera, hecha de una gris y gruesa tela, incluso se vendió años después por precios elevados, llegando a alcanzar los 900 euros en subastas.

El detalle más curioso fue cuando Burrell Smith, uno de los ingenieros del proyecto, abandonó Apple en 1985. En lugar de deshacerse de la sudadera, optó por tachar con cinta adhesiva el número “9″ en el lema, convirtiéndolo en “Trabajo cero horas a la semana y me encanta”. Un gesto que reflejaba, en clave de humor, la tensión de ese momento.
El trabajo intensivo que definió los primeros años de Apple, con jornadas de hasta “90 horas” semanales, hoy se ve con otro enfoque. La sobrecarga laboral, aunque fue vista como un signo de dedicación en su momento, está siendo reemplazada por una nueva perspectiva: el equilibrio entre trabajo y descanso.
Hoy, se reconoce que una jornada equilibrada favorece la salud mental, mejora la productividad y potencia la creatividad, aspectos fundamentales en el trabajo moderno.
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