
A las 22.01 del jueves 19 de febrero, el anestesista Alejandro Zalazar ingresó al edificio donde vivía —ubicado en la calle Juncal al 4600, en el barrio porteño de Palermo— como cualquier otra noche. Mientras cerraba la puerta, saludó con un gesto al personal de seguridad. Llevaba un sobre en la mano y vestía ropa deportiva. Minutos antes había estado en el gimnasio.
Esa fue la última vez que se lo vio con vida.
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Al día siguiente, Zalazar fue hallado muerto en su departamento, con una vía conectada a su pie derecho, a través de la cual se habría administrado una sobredosis de propofol.
Su muerte —investigada por el fiscal Eduardo Cubría— quedó bajo la lupa de la Justicia en el marco de una investigación más amplia —a cargo del juez Javier Sánchez Sarmiento y el fiscal Lucio Herrera— por administración fraudulenta de medicamentos hospitalarios, en una trama que incluye el desvío de ampollas de propofol en el hospital Italiano. Los principales apuntados son el anestesista Hernán Boveri y la residente Delfina “Fini” Lanusse, ambos procesados, aunque apelaron la medida y solicitaron el sobreseimiento.
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A dos meses de la muerte del anestesista, los investigadores intentan determinar si existe un vínculo entre ambos expedientes y si el deceso de Zalazar está relacionado con la sustracción de sustancias del hospital Italiano.

Las últimas horas de Zalazar
Alejandro Zalazar tenía 31 años y era residente de tercer año de anestesiología en el Hospital Rivadavia. Además, hacía la rotación de Anestesiología Pediátrica en el Hospital Gutiérrez y también trabajaba en la Fundación Favaloro.
El viernes 20 de febrero, día en que fue hallado su cuerpo, debía presentarse a trabajar en esa institución. Como no lo hizo, sus colegas comenzaron a buscarlo hasta que lo encontraron sin vida en su departamento. Junto al cuerpo había una jeringa, una ampolla y un frasco que podrían corresponder a fentanilo y propofol, respectivamente.
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Hasta el día anterior, nada hacía prever ese desenlace. Alejando fue a trabajar, hizo actividad física e incluso había quedado en encontrarse con su mejor amigo. Los investigadores lo saben porque pudieron reconstruir sus últimas 24 horas a partir de cámaras de seguridad y registros telefónicos.

Según consta en el expediente judicial en el que se investiga su muerte y al que accedió Infobae, el 19 de febrero Zalazar salió de su domicilio a las 08.05, vestido con una remera blanca, short negro y zapatillas. Llevaba una riñonera cruzada en el pecho. Durante el día, su teléfono impactó en antenas de la zona del hospital Gutiérrez.
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Regresó a las 20.06 con la misma ropa y una bolsa en la mano. Menos de una hora después, a las 20.55, volvió a salir. Esta vez con ropa deportiva. Se dirigió al gimnasio del que era socio, ubicado a tres cuadras de su casa. A las 22.01 ingresó nuevamente al edificio y no volvió a salir del inmueble.
Del informe de las llamadas entrantes y salientes de su teléfono se desprende que, esa noche, recibió una llamada perdida a las 21.30 y a las 22.07 hizo su última llamada saliente. Después, su línea quedó inactiva hasta el día siguiente a las 14.55, cuando su mejor amigo intentó ubicarlo sin éxito.
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“Me agarró el bajón”
El último contacto de Zalazar fue con F.M.T., uno de sus amigos más cercanos. Según declaró más tarde el joven, intercambiaron mensajes por WhatsApp con la idea de encontrarse esa noche. Las capturas de esa conversación, aportadas por el propio testigo, fueron incorporadas al expediente.
¿Qué dijo el amigo de Alejandro? Contó que habían hablado para verse esa noche, salir a caminar con el perro y sentarse en un bar. En un primer momento, el anestesista aceptó el plan: “Dale, ¿me bancás que llego y me baño? ¿O es muy tarde?”, le escribió.
Para entonces, de acuerdo con la reconstrucción del expediente, Zalazar ya había regresado a su departamento tras el entrenamiento. El chat muestra que, después de ese mensaje, la conversación se interrumpió durante algunos minutos. “Uh, me quedé dormidísimo”, se justificó.
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Luego volvió a escribirle a su amigo. “Perdón doc, me agarró el bajón, pero mal. Perdón, posta. Podemos (hacer) algo mañana bien temprano”, fue uno de los últimos mensajes que envió.

La conversación continuó de forma breve, hasta que finalmente acordaron verse al día siguiente. Nunca ocurrió.
“No sé por qué estaba bajón, él estaba bien. Estaba mal amorosamente porque había cortado hace poco con su expareja. No lo tomé tan literal. Si no hubiese rajado para allá. En un momento me escribió algo que no entendí. Me tranquilizó que me dijo: ‘Nos vemos mañana’”, declaró F.M.T.
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La alarma se encendió al día siguiente, cuando Zalazar no se presentó a trabajar en la Fundación Favaloro, donde también trabajaba su amigo. “Me pareció raro”, explicó. Preocupado, intentó comunicarse varias veces sin éxito y se dirigió hasta el edificio. Como no tenía autorizació para ingresar, los empleados de seguridad se ofrecieron a ir tocar la puerta del departamento, pero nadie respondió.
Cuando finalmente lograron ingresar, lo encontraron sin signos vitales y con la misma remera deportiva que habia usado para ir a entrenar.

Del informe de la autopsia se desprende que Alejandro Zalazar murió de un edema pulmonar. Sin embargo, la Justicia todavía no recibió el informe toxicológico final, que permitirá determinar qué sustancias había en su cuerpo, así como precisar la data de muerte.
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Según pudo saber Infobae, la secuencia posterior a su regreso al departamento continúa sin una reconstrucción cerrada. Ese lapso, que va desde la salida del gimnasio hasta su ingreso al edificio a las 22.01 y se extiende durante toda la noche y parte del día siguiente, constituye hoy una de las principales incógnitas de la causa.
Tampoco está claro qué contenía el sobre que llevaba en la mano al ingresar al edificio ni si lo había adquirido en el trayecto desde el gimnasio hasta su casa. En ese marco, se requirió el relevamiento de cámaras de seguridad de comercios cercanos, especialmente de farmacias.
Lo que sí pudieron confirmar los investigadores es que Zalazar estaba solo cuando murió, entre la noche del 19 y el 20 de febrero. Esto surge, en primer lugar, de las imágenes de las cámaras de seguridad del edificio de Juncal 4600: para ingresar era necesario registrarse. Por otro lado, la puerta del departamento no presentaba signos de forzamiento ni rotura.
La causa continúa en etapa de instrucción y aún restan incorporar pericias clave al expediente.
*Con información de Omar Lavieri.
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