La figura de Janhzen Valverde Rodríguez, padre de Tony Janzen Valverde Victoriano, alias “Pequeño J”, aparece una y otra vez en los orígenes del fugitivo convertido en el rostro más buscado de Sudamérica durante los últimos días. Su vida, marcada por los códigos de las bandas criminales en Trujillo, quedó registrada en imágenes caseras donde se lo veía disparando armas, bebiendo y compartiendo momentos de camaradería con su hijo. Esa cercanía, reforzada por la idea de “bandido” como herencia familiar, fue la semilla de un destino atravesado por la violencia. Con 20 años, Tony cayó en Perú, por ser considerado el autor intelectual del triple femicidio narco en Florencio Varela.
En una grabación difundida como testimonio de su intimidad, Janhzen Valverde Rodríguez aparecía junto a su hijo adolescente. La escena, sencilla, pero cargada de símbolos, mostraba cómo el vínculo entre ambos se construía alrededor de gestos de complicidad.
El padre había decidido llamarlo Tony en homenaje a Tony Montana, el personaje principal de la película Caracortada, y alimentaba sus conversaciones con relatos sobre Pablo Escobar, a quien admiraba como figura de poder. En esos videos, se exhibía no solo el consumo de alcohol y el ruido de disparos, sino también la transmisión de una idea de vida ligada a la violencia. De hecho, Janhzen Valverde Rodríguez utilizaba como seudónimo “Pablo Emilio Escobar” en sus redes sociales.

La historia de Janhzen estuvo vinculada a la banda “Los Injertos de Nuevo Jerusalén”, que operaba en el distrito de La Esperanza, en Trujillo. Allí forjó una identidad basada en el enfrentamiento con otros grupos, en un contexto donde el control territorial y el uso de las armas eran moneda corriente.
En diciembre de 2018, fue asesinado. Un sicario de la organización rival “El Gran Marqués” lo ejecutó con tres disparos en medio de una disputa por el dominio del barrio.
Ese crimen ocurrió cuando Tony Janzen Valverde Victoriano tenía apenas 13 años. El impacto se hizo evidente de inmediato en sus redes sociales. En su cuenta de Facebook, escribió una frase que marcó a su entorno: “Esto no va a quedar así, si nadie hace nada yo mismo lo hago con pana y elegancia”.
Esa publicación, citada por el medio La República, fue interpretada como un juramento de venganza. Desde entonces, quienes lo conocieron comenzaron a recordar cómo asumió la violencia como una bandera propia.

La genealogía criminal de la familia extendía su influencia más allá del padre. Los tíos de Tony, Manuel y Luis Valverde Rodríguez, aparecen en registros policiales de La Libertad por causas que incluyen extorsión, robo agravado y homicidio. Manuel, conocido como “Chuman”, fue acusado del asesinato de José Sánchez Díaz en 2012.
Luis, alias “Serranasho”, fue detenido en 2013 con un arma en la cintura, tras haber pasado ya por la cárcel. Esos nombres consolidaban el peso del apellido Valverde en la crónica policial de Trujillo, ligado a la extorsión, el cobro de cupos y los asesinatos por encargo.
El hijo creció en ese entorno, rodeado de armas, de apodos y de referencias tanto a criminales reales como a figuras de ficción. Las publicaciones en redes sociales de su padre refuerzan todo esto. Mostraban armas, mensajes de odio y la exaltación del propio Escobar como modelo. El círculo se cerraba con la frase que lo acompañó en distintas etapas de su vida: “Toda la vida bandido”.

El camino de Tony, conocido como “Pequeño J”, lo llevó a convertirse en el acusado de planificar el triple femicidio en Florencio Varela, donde Brenda del Castillo, Morena Verdi y Lara Gutiérrez fueron secuestradas, torturadas y asesinadas. El hecho, ocurrido el 20 de septiembre, reveló la continuidad de esa genealogía marcada por la violencia.
La Fiscalía lo señaló como ideólogo del crimen, que incluyó la transmisión en vivo del ataque a través de las redes sociales. La investigación sumó detenidos en Argentina, Bolivia y Perú, hasta que finalmente “Pequeño J” fue arrestado en la ciudad de Pucusana, al sur de Lima.
Había logrado trasladarse desde Bolivia de forma ilegal, usando un micro y ocultándose luego en un camión de pescado. Su captura fue posible gracias al seguimiento de sus teléfonos y a la cooperación entre la Policía Bonaerense y la Dirección Antidrogas de Perú.

En paralelo a esa caída, en los barrios de Trujillo todavía recordaban los videos de Janhzen Valverde Rodríguez, donde se mostraba disparando y bebiendo con sus allegados. Para muchos, esas imágenes son hoy un reflejo del camino que tomó su hijo.
La figura paterna, construida alrededor de gestos de poder y narraciones sobre capos narcos, había dejado un legado que se proyectó más allá de su muerte y que reapareció en los hechos que sacudieron a la región.
Así, los videos caseros, los relatos y la memoria de un entorno atravesado por el delito forman parte de una misma historia que comenzó en La Esperanza y se expandió con consecuencias que hoy se investigan en los tribunales de Argentina y Perú.
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