
La semana pasada, la División Búsqueda de Prófugos de la Policía Federal arrestó a Adolfo Benítez, alias “El Gordo”, de 49 años, domicilio en Ciudad Evita, la localidad donde lo detuvieron, un monotributista clase A, rubro locaciones de servicios, con sus pagos irónicamente al día, ya que abona sin falta, mes a mes, desde 2017 según sus registros comerciales.
A pesar de sus impuestos al día, “El Gordo” tiene una historia de hampón de poca monta, al menos en el fuero criminal porteño, con causas que datan de hace 20 años por delitos como hurto, atentado contra la autoridad, violación de domicilio, amenazas. En territorio bonaerense, fue condenado a 12 años de prisión en Lomas de Zamora a fines de los años 90 por ser un cómplice clave en un homicidio en ocasión de robo.
Esta vez, Búsqueda de Prófugos -que depende de la Superintendencia de Investigaciones Federales- se lo llevaron por el gran premio, una millonaria entradera ocurrida en Villa Devoto en noviembre de 2022. Las fuentes alrededor del caso, con una investigación a cargo de la jueza Yamile Bernan, son contradictorias con respecto al botín. Un detective, por ejemplo, habla de 300 mil dólares.
Ese robo devino en una de las historias más retorcidas del submundo criminal en tiempos recientes, una mexicaneada extrema.
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Una banda de pesados se enteró del botín. Primero, secuestraron en La Matanza a un cómplice de Benítez. Luego, se llevaron al hijo de otro cómplice, de apenas 15 años, dos casos investigados y esclarecidos este mes por el fiscal Sebastián Basso. Hubo cinco detenidos por estos secuestros, entre ellos dos hermanos que resultaron ser empleados del Consejo de la Magistratura.
Alguien en el mundo chorro, que conoce el caso de primera mano, aseguró a investigadores del expediente: “A Benítez también lo mexicanearon. Lo apretaron y largó”. La frase, dicha entre pasillos y patrulleros, no integra ningún expediente. Qué le quitaron a Benítez, o si lo secuestraron también, nunca fue denunciado formalmente.
La primer víctima fue interceptada el 12 de mayo último en González Catán. Lo soltaron tras un día de cautiverio. El botín fue considerable: 40 mil dólares y 1,1 millón de pesos.
Luego, diez días después, fueron por el hijo de su cómplice. Simularon un allanamiento en Ciudad Evita con uniformes de policía y se lo llevaron. El pago se realizó en dos tandas. Primero, 313 mil pesos y 4 mil dólares. Luego, mucho más: 419 mil pesos y 29 mil dólares.

La propia madre de la víctima negoció la liberación. La crueldad de los delincuentes es absoluta. El chico fue literalmente torturado en vivo mientras su madre llora.
“¿Qué te pensás? ¿Que estoy jugando? ¡La puta que te parió! ¡Quiero los dólares que estaban encanutados abajo del contrapiso, puta!”, asegura un captor a la mujer en un primer llamado. “Yo no tengo nada”, le responde. “No te hagás la pelotuda, ponete en línea conmigo loco”, la apura luego.
“Movete, movete”, le advierte otro: “¿Qué te pensás, que no sé, que soy logi? Yo sé todo. Ponete con 50 mil dólares, ponete pilla”. La mujer le ofrece una camioneta.
“¿De dónde voy a sacar esa plata?”, le replica. El ladrón le espeta: “Dame la que tenés vos, la concha de tu madre”.
“Se compró la casa, se compró la camioneta, no lo tengo”, continúa la mujer.
El ladrón no pierde el tiempo. “Ahora voy con tu hijo”, grita. El menor llora mientras lo atormentan. Luego, el hampón retoma la línea. “Callate la boca, pendejo”, le grita a su víctima.
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