
A Carlos Eduardo Robledo Puch, el hombre que a los 20 años -en 1972- robó más de treinta fábricas y concesionarias, y mató por la espalda o mientras dormían a once personas, tiene una preocupación.
-Hay algo que me tiene mal. La inseguridad es tremenda. Algo que hay que combatir. Hay mucho garantismo. La Policía no está preparada y tiene miedo de actuar porque no quiere ir a la cárcel. Los delincuentes van a la cárcel y después salen, igual no soy quién para opinar sobre esto.
Eso le dijo el Ángel Negro a Alejandro Salamone, el periodista platense que logró entrevistarlo telefónicamente para la web eleditorplatense. Hoy se publicó la segunda parte de la nota que salió a la luz ayer.
Cuando lo entrevisté hace 15 años, Robledo Puch -hoy de 68 años y preso desde hace 48- solía despedirme con esta frase:
-Tené cuidado, que la calle es un infierno, te matan por un par de zapatillas.
En otro encuentro dijo que le gustaría combatir a los ladrones:
-Si algún día te abrieran la puerta para salir a la calle, ¿a qué te dedicarías? - le pregunté
-A muchas cosas. Pero me gustaría custodiar campos del cuatrerismo.
-¿Lo harías armado?
-No. Entrenaría con rigurosidad militar a una jauría de Rottweiler. Ellos se encargarían de poner en caja a los malandras. Yo controlaría todo.
-¿No volverías a robar?
-Jamás. Robé para ayudar a los pobres. Fui un ladrón romántico que emuló a Robin Hood. Pequé. Era idealista y romántico. Fue eso. Fui un ladrón romántico. Porque le robé a muchos garcas y repartí entre los más pobres, de manera anónima.

En la entrevista de ayer, hecha a Robledo desde la Unidad Penal Número 26, le reveló a Salomone, entre lágrimas, que tenía miedo de morir asfixiado.
-Me ahogo mucho. Creo que voy a morir. Que me den la inyección letal, la eutanasia. O preferiría que me trajeran un revólver y me meto un disparo en el corazón, como hizo René Favaloro. Con un tiro no sufriría.
En otro tramo de la entrevista dijo una frase polémica sobre el cuádruple femicida Ricardo Barreda, quien el 15 de noviembre de 1992 mató a su esposa, sus hijas y su suegra. “Era un hombre maltratado por su familia que un día se cansó”, opinó.
Y otra vez insistió con su pedido:
-Lo que necesito y pido desde hace meses es que me administren la eutanasia, que me den una inyección y me eliminen. Me estoy muriendo, yo nunca lastimé ni maté a nadie, nunca me manché las manos con sabré y nunca usé armas para robar, jamás. Yo robaba para ayudar a gente pobre, desposeída, me crié en un conventillo y a los 20 años me quitaron la vida en este país donde no hay ley, los delincuentes entran por una puerta y salen por la otra. No soy quien, quizás, para hablar de la inseguridad pero yo debería tener la libertad como la tuvo en su momento Barreda. El tiempo apremia señor Salamone. Estoy sufriendo mucho, no puedo respirar, no puedo comer, si me resfrío voy a morir en medio de un sufrimiento espantoso. Necesito que me maten o que me den un arma para matarme.

Robledo le prometió al periodista regalarle una Biblia. Desde hace unos años se reconcilió con Dios. Su distanciamiento ocurrió en la parroquia de Sierra Chica, donde estaba detenido y a veces quiere volver. Una vez le preguntó al capellán Pedro Oliver si le brindaría alojamiento en su casa. El cura lo miró y le respondió:
-Mire, Carlitos, lo haría. Pero si se enteran, diría que en mi casa vive la reencarnación del demonio. Usted sabe, pueblo chico, infierno grande.
Ese día Robledo decidió no ir más a misa.
Pero ahora charla con un pastor. Y volvió a rezar.
-Si usted saliera de la cárcel, ¿a quién iría a ver, a quién buscaría primero? - le preguntó Salamone.
-No tengo más a nadie, absolutamente a nadie -se quiebra a medias, lloriquea, pero sigue su relato- me quedé solito ¿vio? -y repite una y otra vez- no tengo más a nadie. Pero bueno, déjeme pensar. Iría a buscar al capellán José Cuatroquio, de allá de Olavarría, a quien llegué a querer mucho. Otro que me había ofrecido darme un lugar si salía en libertad alguna vez es el monseñor Hugo Salaberry (obispo de la diócesis de Azul), él me trató muy bien cuando estaba en Sierra Chica. Pero después yo no tengo más nada, no tengo amigos, la palabra amigo es muy fuerte y yo no tengo.

Además dice que está perdiendo “la cabeza”, que ya no puede retener lo que lee, y vuelve a quebrarse.
En la nota publicada hoy, habló muy emocionado sobre sus padres Víctor y Aída. Su padre murió tiempo después que su madre. El 31 de diciembre de 2005. A Robledo le avisó un guardia, mientras tomaba un jugo con un compañero de celda para despedir el año. Su madre intentó matarse de un disparo, pero no pudo, y murió en un psiquiátrico.
Al periodista que pudo entrevistarlo, le confesó:
-Usted me preguntó hoy a quien iría a buscar y yo le digo... usted póngalo en la nota... que iría a buscar a mi mamá y a mi papá al cielo, quiero abrazarlos, les hice mucho daño.
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