
En la cuadra de Bartolomé de las Casas al 100, en la localidad bonaerense de Isidro Casanova, hay un kiosco, una peluquería y algunas paredes con grafitis que reflejan el arte urbano local. Unos metros más allá, cruzando la calle Albarellos, hay taller mecánico, un pet shop y una ferretería que abarca toda la esquina en el cruce con la avenida Cristianía, donde se concentran la mayoría de los comercios. El resto son casas, algunas todavía en construcción. Las manzanas aledañas son similares. Parece un lugar tranquilo. Pero un mensaje a la vista de aquel que pase por allí indica todo lo contrario.
Hace 15 días, en el lugar apareció un pasacalle con una advertencia dirigida a los delincuentes que se mueven en ese lugar del barrio Atalaya: “Rastrero, si venís al barrio a robar, olvidate, no llamamos a la Policía. Arreglamos nosotros”. El cartel no está firmado pero tiene un nombre: “Pablo Escobar”. La mención al narcotraficante colombiano está escrita debajo de la ilustración de un revólver.

El cartel todavía se luce en Bartolomé de las Casas, colgado entre dos postes de luz. Fue puesto allí por los propios vecinos de la zona que, cansados de ser víctimas de la inseguridad, decidieron expresar abiertamente que ante un nuevo episodio de robo se defenderán de los ladrones por sus propios medios, sin esperar el auxilio de la Policía.
“El barrio es muy lindo pero se vive muy feo. Acá te roban caminando, te roban arriba del colectivo, capaz que andas por la calle y se te bajan dos o tres de un coche y te sacan todo. Hasta te roban los que van en carro a caballo, que a veces usan a un menor como señuelo. Y a veces los chorros tienen mejores armas que los policías”, cuenta Elizabeth, que hace cinco años vive en la cuadra, en diálogo con Infobae.

Los vecinos señalan que los delincuentes serían de los barrios cercanos Los Pinos y Manzanares. Aseguran que los robos son frecuentes pero la situación empeoró en los últimos meses. Dicen que los hechos delictivos se incrementaron después de la segunda extensión del aislamiento social, preventivo y obligatorio. “Y creo que cuando se levante la cuarentena total nos vamos a encontrar con cosas todavía peores”, piensa la mujer, que cuenta que hasta es peligroso salir a barrer la vereda.

Como medida de prevención, 20 familias hicieron una colecta para instalar una alarma vecinal que les costó $31.000. También para estar siempre alertas y ayudarse entre sí, armaron un nuevo grupo de WhatsApp, cuya primera versión fue eliminada: según revelan, al primer grupo lo desarmaron “porque había una infiltrada, una mujer con mucho roce con los malandras y transas”.
Hace dos semanas, en la esquina del lugar, que es muy transitado y con movimiento porque por allí pasan las líneas de colectivos 242 y 174, un ladrón le robó a un chico. Los vecinos lo vieron y persiguieron al delincuente. Lo atraparon a las pocas cuadras y lo golpearon. Después de ese episodio, decidieron poner el pasacalle, que aclararon que no tiene relación con el caso de Jorge Ríos, el jubilado que mató a uno de los ladrones que entró a robar a su casa en Quilmes.
“Es para pegarles un susto. No me voy a poner a hacer justicia por mano propia, tengo nietos y si mato a alguien, va a venir a darme el vuelto. Y yo no voy a estar pero mi marido y mis hijos se van a tener que ir a la mierda”, dice Elizabeth.

La iniciativa generó una fuerte repercusión. “Creíamos que iba a llamar la atención pero no pensamos que iba a haber una movida tan grande”, se sinceran los impulsores.
Ayer, los vecinos se reunieron para reclamar por mayor seguridad y se quejaron de la escasez de recursos de la Policía. Aseguran que la Comisaría 2da Oeste, ubicada a unos 900 metros, “tiene solo dos patrulleros para cubrir una cuadrícula muy grande”. Mientras Infobae recorre la zona, un grupo de ocho policías en cuatro motos pasan por el lugar con sus armas a la vista.

“Nos cansamos de llamar a la Policía, nos cansamos de pedir seguridad. Queremos que venga la Gendarmería. Hay vecinos que han sido asaltados a la mañana, hay robo de autos, de gente que viene de trabajar, entraderas. Así es todos los días”, reiteraron. Y agregaron: “Tenemos las manos, palos y la palabra para defendernos. No nos vamos a dejar lastimar. No podemos vivir con miedo”.
En medio de las protestas, mostraron otros dos pasacalles que finalmente no colgaron. “Rastrero, estamos atentos a la jugada. Los vecinos”, decía la leyenda de uno. El otro es más chico y busca poner en manifiesto la falta de seguridad: “Acá es tierra de nadie”.

“Estamos unidos por el hartazgo, por la impotencia. Qué futuro van a tener nuestros nietos si ni siquiera pueden salir a andar en bicicleta. El pasacalle no es una incitación a la violencia, es porque no somos escuchados. Queremos más movimiento policial, queremos que las autoridades nos den respuestas”, concluyeron.
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