
Franco Moreyra, “El Piolo”, supuesto segunda línea de la barra de Quilmes, murió baleado con una camiseta de Newell’s, con dos tiros en el cuerpo. Se había fracturado una de sus piernas, cree el fiscal Ariel Rivas, al escapar ya con una bala en la zona del abdomen y saltar una medianera, una fractura expuesta que le habría causado un extremo dolor. Una cámara de seguridad lo filmó, luego otra. Rengueó hasta llegar a la esquina de Acha y Ayolas en Quilmes Oeste. El hombre al que acababa de robar y golpear brutalmente junto a tres cómplices, Jorge Ríos, un jubilado de 71 años, llegaba para patearlo y para dispararle otra vez, un tiro entre las costillas. Sus cómplices, Christian Chara, Martín Salto, Claudio Dahmer y Martín Córdoba, ya se habían fugado para dejarlo frío en la vereda.
Policía Científica llegó luego para vendar las manos de Moreyra con sobres de papel madera, la técnica clásica para preservar sus tejidos y luego aplicar un dermotest, a fin de determinar si efectivamente disparó un arma esa noche o no. Su propia madre llegó allí a reconocer el cadáver, dijo que sí, que era él, su hijo. El cuerpo fue remitido a la Morgue Policial en Ezpeleta para su correspondiente autopsia, que sería realizada cuatro días después.
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Mientras tanto, en la madrugada del viernes 17 de junio, el jubilado Ríos se sentaba en su casa y recibía a la Bonaerense. La causa en su contra comenzaba, acusado finalmente no por homicidio en legítima defensa, sino por homicidio agravado. Ríos disparó no una, sino dos veces.

Hoy, el expediente de la UFI N°1 de Quilmes a cargo de Rivas y su equipo sigue con avances claros. El cuadro ciertamente complica a Ríos. La autopsia reveló dos proyectiles dentro del cuerpo con sus correspondientes trayectorias. Uno ingresó “a la altura del tórax en la línea media axilar” entre la sexta costilla izquierda: la bala cruzó una vértebra para llegar hasta el hombro derecho. El otro fue encontrado en la fosa ilíaca derecha, cerca del abdomen, el disparo pasó por el retroperitoneo y “rompió la aorta y la vena cava”, lo que llevó al shock que le causó la muerte al hombre de 26 años. Fuentes cercanas al expediente hablan de un tatuaje de piel, la marca del caño en el cuerpo, lo que habla de un disparo a quemarropa.
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Cerca del jubilado, hoy detenido en su casa luego de pasar dos días en una comisaría a pesar de su frágil estado de salud y de tener un claro riesgo de contraer coronavirus, hablan de un estado de emoción violenta, de shock. Sin embargo, hasta ayer a la mañana, su defensa no había presentado ningún pedido de pericia al respecto. Ayer por la mañana, por su parte, Rivas se disponía a pedir otra pericia clave del caso: el análisis balístico, el orden y el impacto de los disparos.
Para empezar, tiene con qué: luego de que se recolectaran en la escena tres vainas servidas de la misma marca y calibre, ya de vuelta en su casa, el hijo del jubilado Ríos entregó la pistola con la que su padre mató al ladrón.
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El hijo de Ríos entregó, según una foja del expediente a la que accedió Infobae, su Bersa TPR calibre 9 mm, junto con su credencial de legítimo usuario de la ANMAC. Al ser desarmada el arma no se encontraron municiones tanto en el cargador con la recámara: había otras seis balas en la caja. El número de serie del arma coincidía con la credencial.
En el sumario policial también se refleja la primera entrevista con Ríos: el jubilado aseguró que los ladrones lo amenazaron no con un arma de fuego, sino con un destornillador. La inspección a la casa continuó: se encontró el destornillador, así como cinco vainas 9 milímetros y un impacto de bala en una de las paredes. El DNI que Moreyra perdió apareció poco después, una prueba clave para identificar al resto de la banda. Hubo que llamar a una ambulancia en ese momento, Ríos se había descompensado, manifestaba sufrir de hipertensión.
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El arma será peritada junto con las balas. Rivas podrá determinar, por ejemplo, de cara a los resultados de la autopsia, si con un solo disparo hubiese alcanzado para quitarle la vida a Moreyra, si el segundo, efectivamente, fue gratuito.
No solo el testimonio del conductor del Fiat que aseguró que vio a Ríos dispararle tres veces a Moreyra complica al jubilado. También, en el expediente, declaró una vecina de 47 años de edad, un relato que consta en el acta de procedimiento firmada por un subteniente y un oficial del comando de patrullas de Quilmes Oeste a las 4:50 del viernes 17. La vecina fue quien alertó a la Policía del homicidio de Moreyra. Lo que dice es al menos revelador.
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La mujer, que vive en la misma calle del crimen, declaró que escuchó impactos de armas de fuego, que “se levantó de su cama” y observó por la ventana cómo “un sujeto de sexo masculino golpeaba a otro, el cual estaba en el suelo, dándole patadas”. Escuchó a Ríos hablar. Aseguró que dijo: “Ya me tienen cansado, es la tercera vez que me roban”. Luego lo vio alejarse, arma en mano, para entrar a su casa. La mujer dio su descripción, contó qué vestía el hombre. En su primer encuentro con la Bonaerense, Ríos, al menos según el sumario, no mencionó los robos anteriores.
Así, las pruebas continúan. Chara, Córdoba y Salto se negaron a declarar, asistidos por defensores oficiales. Dahmer fue detenido anoche en Ingeniero Allen. En el horizonte se forma otra posibilidad: que Rivas pida la prisión preventiva del jubilado.
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