Todo les llamó la atención a los policías porteños sobre lo que pasaba con el Volkswagen Fox gris oscuro mal estacionado en la esquina de Varela y Zuviría, en el barrio de Flores. Las luces llamativas del auto, que sus ocupantes nunca terminaban de decidir si bajaban del coche o no, y luego todo lo contrario: la salida del auto de forma intempestiva, apurada, paranoica, de una mujer desde el asiento del acompañante, en plena noche de pandemia. Y tras eso, la actitud del conductor cuando dos agentes en moto se le acercaron con curiosidad. El hombre puso primera y salió disparado por la calle Zuviría hacia el lado de Provincia. Ese fue el indicio que faltaba para confirmar que en el coche algo ilegal tramaba.
Lo que siguió fue una huida y persecución clásica de las páginas policiales. Duró unas 20 cuadras, hasta el cruce de Zuviría con Mozart, justo en la entrada de la Villa Cildañez, ya en el barrio de Parque Avellaneda, donde el Fox gris se detuvo porque su conductor, presa de la desesperación, forzó tanto el motor que lo fundió. Rompió el auto y quedó clavado, a merced de los dos patrulleros y las dos motos de la Policía de la Ciudad que venían detrás.
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Y cuando los agentes revisaron el auto del sospechoso descubrieron entonces por qué tanta paranoia del conductor y su acompañante: en el asiento de atrás del auto había 60 kilos de cocaína, una mercadería demasiado costosa -valuada por investigadores en 350 mil dólares- como para se transportada de esa forma. El polvo, mucho, se convertía en un símbolo: la mayor carga de su clase encontrada en territorio porteño en los cien días de cuarentena. Durante los últimos meses, los dealers volaron bajo, cargas chicas, bolsas a precio de inflación, deliveries en taxi o bicicleta. En Parque Avellaneda, la historia cambió.
En el coche, la cocaína estaba distribuida en cuatro bolsas de nylon y dos panes, además de una notebook que entregan a algunos alumnos de escuelas públicas en el marco del Plan Sarmiento, un programa educativo del Ministerio de Educación porteño.
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El detenido, un hombre de 26 años, lógicamente no tuvo coartada. Fue trasladado a la Alcaidía 6 de la Ciudad de Buenos Aires, acusado de transporte de sustancias ilícitas, una infracción contemplada en la ley de drogas que castiga con entre 4 y 15 años de prisión. El acusado, como sucede en estos casos, no abrió jamás la boca. Ni el viernes cuando lo agarraron los policías, ni el sábado en la indagatoria que le tomaron por zoom los investigadores del juzgado federal que conduce Julián Ercolini.
Pero hay varios puntos misteriosos que intentan saber: ¿qué hacía con tanta cocaína?, ¿hacia dónde iba?, ¿para quién trabaja?, ¿y quién era esa mujer que escapó? Es muy poco común que un detenido de estas características hable. Eso significaría que aporte información sobre sus proveedores o sus jefes, una pista demasiado clara que podría llevar hasta los capos narco.
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Usualmente, los detenidos en estas instancias, sean transportistas o vendedores al menudeo, asumen las consecuencias con un código de silencio inquebrantable.
Por eso los investigadores comenzaron a analizar los teléfonos, los contactos y los movimientos del hombre. El sábado, tras la detención, allanaron la casa en Lomas de Zamora donde el detenido vivía con su esposa y tres hijos. Pero ella no estaba cuando llegaron las fuerzas federales. Solo la abuela con los chicos} No encontraron dinero ni más drogas ni balanzas ni elementos de corte.
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Por eso creen que la mujer que bajó del auto con prisa era la pareja del hombre. Y que el siguiente movimiento tras el descenso del coche fue llamar a la casa para pedir que levanten de allí todo rastro que los vincule con el delito de las drogas ilegales. El detenido buscó ganar tiempo. A la Policía y a los investigadores les dijo que vivía en la Villa 20. Dependiendo de quién le preguntara daba distintas direcciones dentro de ese barrio.
El detenido tiene antecedentes. En la ficha figura una causa por infracción a la ley de drogas de cuando tenía 16 años, por tenencia simple. Y una condena en juicio abreviado por tenencia de armas de fuego. “Es gente vulnerable, de por sí de pocas palabras, creemos que está en el mundo del delito desde hace tiempo, pero eso sí, tiene abogado privado”, comentó una fuente del caso a Infobae. Cuando le preguntaron a qué se dedicaba también dio respuestas imprecisas: dijo que era empleado de una ferretería de su suegra pero no pudo aportar ni recibos de sueldo ni testigos ni documentación.
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Si bien el acusado no tenía teléfono celular encima (no saben si no lo llevó o lo descartó durante la persecución) la Policía halló en el VW Fox una agenda de papel con nombres y teléfonos anotados, incluido el suyo en la primera hoja, donde también estaba la dirección de su casa, en Lomas de Zamora.

“Es todo muy raro. Para alguien que mueve tantos kilos de cocaína, es raro: llevaba la droga en el asiento de atrás, andaba con una agenda de papel con nombres, sin celular y con un auto llamativo con luces de neón”, comentó una de las investigadoras a este medio, que recordó el caso de Guerrero Ayala, un chofer que chocó también en Parque Avellaneda, y como consecuencia del impacto, la policía descubrió que llevaba en el asiento trasero de su auto 173 kilos de cocaína.
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En el caso del detenido del viernes pasado, la Justicia espera que para estos días lleguen las imágenes de las cámaras de la esquina de Varela y Zuviría. Esperan, al menos, saber si la mujer que se bajó del auto es, efectivamente, quien sospechan. Quizá la encuentren. Y tenga algo para contar.
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