
Waldo Servián Riquelme, el hombre de 33 años que es acusado de ser el autor de uno de los crímenes más brutales de la historia moderna argentina, será sometido en los próximos días a un juicio oral por el asesinado de su pareja, a quien habría matado y cortado en 35 partes en su casa de la villa 31, en el barrio porteño de Retiro.
Así lo solicitó el fiscal que investigó el hecho, Andrés Madrea, ante el juez de la causa, Hugo Decaria, quien ya clausuró la instrucción del expediente y aceptó que avance el proceso judicial contra el denominado “descuartizador de la amoladora”.
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De acuerdo con la acusación formal que realizó Madrea, el imputado desplegó un “plan criminal” para cometer el terrible femicidio y evidenció un “odio y total menosprecio” por su concubina, Mirtha Liliana González Ayala, que tenía 37 años al momento de su muerte.
El debate de lo que fue uno de los crímenes más aberrantes de 2019 recayó por sorteo en el Tribunal Oral en lo Criminal (TOC) 14, que ahora deberá fijar fechas para las audiencias. Puntualmente, Servián Riquelme está acusado de “homicidio doblemente agravado por el vínculo y por mediar violencia de género”.
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Al abordar la perspectiva de género, el fiscal Madrea señaló que el imputado tuvo con su concubina “un especial ahínco por su condición de mujer”. “El aquí acusado la mató, la descuartizó, la afeó, la desechó en una cloaca pretendiendo eliminar hasta la mas mínima imagen femenina”, señaló en su dictamen.
El hecho ocurrió entre el 15 -último día en que fue vista por testigos- y el 16 de marzo de 2019 en la vivienda que ambos compartían, situada entre las casas 108 y 112 de la Manzana 110 del Barrio San Martín, de la Villa 31 bis de la Capital Federal.
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Efectivos de la Policía de la Ciudad llegaron al inmueble el día siguiente, alertados por la cuñada de la víctima, Evelin, quien estaba cuidando a los dos hijos de González Ayala y de Servián Riquelme, de 8 y 11 años, pero no recibió más información de la mujer, que tampoco respondía a las sucesivas llamadas.

Primero llegó a la casa de dos plantas una agente de esa fuerza, quien al notar que nadie respondía en el interior, convocó a un forense de la Unidad Móvil Criminalística. Juntos ingresaron a la casa y se encontraron con el horror: descubrieron partes de cuerpo humano en las diferentes habitaciones. Eran 35 en total.
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Había una olla en la cocina-comedor sobre el anafe, con asas de madera. “Restos humanos seccionados sometidos a proceso de cocción”, marcó el forense en su informe posterior. Se encontró material orgánico similar dentro de un horno eléctrico, otros restos a medio cocinar estaban desperdigados en el suelo. La cabeza de Mirtha, rapada, con signos de ahumamiento en el cuero cabelludo, fue encontrada cerca de la mesa, así como partes del cuello y de sus costillas, su pelvis, sus mamas. La cabeza fue inspeccionada: tenía dos heridas bajo el mentón de tres centímetros cada una realizadas, según los cálculos del forense, antes de la muerte de Mirtha. Faltaban las orejas, cortadas luego de su fallecimiento de acuerdo al análisis del especialista, una lesión post-mortem.
El perro de Mirtha, chiquito, marrón, estaba ahí mismo, ileso, sin ladrar ni ponerse nervioso ante la llegada de los efectivos policiales.
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Madrea afirma que el acusado planificó dejar a sus hijos al cuidado de su familia la tarde previa al crimen para “estar a solas con la víctima antes, durante y después de darle muerte”. Como posible móvil, el fiscal menciona que la relación entre Waldo y Liliana, ambos de nacionalidad paraguaya, estaba terminada y que mantenían una disputa por la venta de la casa, algo que el imputado pretendía y a lo que la víctima se negaba, según informó la agencia de noticias Télam.
Según la hipótesis de Madrea, el baño fue el lugar elegido por Servian Riquelme para “llevar a cabo su plan criminal” mientras González se duchaba y el sitio donde luego descuartizó el cadáver durante un lapso “de dos a tres horas”, según la estimación de los peritos.
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La bañera de la casa se encontraba en la planta alta. Allí fueron descubiertos los brazos, los pies y las manos, que evidenciaron heridas defensivas; el hígado, los riñones y la faringe, además de partes de piel con quemaduras similares a las encontradas dentro de la olla sobre el anafe. Los azulejos del baño tenían manchas de sangre con un patrón especial, una salpicadura con forma de rocío intenso y veloz que indicaba que allí había ocurrido el desmembramiento con un objeto “similar a una sierra”, marca el expediente.
Había un cuchillo de cocina grande en un balde, con un mango negro y manchas de sangre y fibras de músculos. También se encontró en el lugar una amoladora con discos, por lo que se cree que el imputado primero asesinó a la mujer con el primero de esos objetos y, luego, cortó el cuerpo con la herramienta eléctrica.
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Según el fiscal, Servián Riquelme se tomó incluso el trabajo de desmontar el inodoro y el vanitory, que fueron hallados en una habitación contigua con sus huellas dactilares. Los forenses pudieron concluir que González presentaba un golpe en el rostro, que tenía en su mano izquierda tres cortes que catalogaron como “lesiones defensivas” y que la probable causa de su muerte fueron dos puñaladas que la víctima presentaba en la “región submentoneana”.
“El descuartizamiento, rapado, extracción de los pabellones auriculares, cocción y entrega de los restos (…) no solo dan cuenta de la aparente intención de deshacerse de todo ello en pos de su impunidad, sino que ponen de destaco el odio y total menosprecio de quien fuera su concubina, con una destacada y singular pero calculada y sádica manifestación de ira”, opinó Madrea.
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El acusado logró permanecer 50 días fugitivo luego de tomarse micro a Misiones horas después del crimen. Desde esa provincia cruzó a Paraguay, su país natal, donde finalmente se entregó el 31 de octubre pasado, fue extraditado a nuestro país y actualmente está preso en el penal de Ezeiza. Al ser indagado, negó la imputación y sólo dijo que se entregó por sus hijos y su familia.
Por otra parte, el juez Hugo Decaria logró identificar a la víctima gracias a una pericia de ADN: la madre de la mujer entregó su sangre a los investigadores del caso y las pruebas confirmaron el vínculo con una exactitud superior al 99,9 por ciento.
El cuerpo de González Ayala estaba completo en un 70 por ciento: nunca se supo qué pasó, por ejemplo, con el corazón o con los intestinos.
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