
"Tengo que conocer a esa loca", se dijo Daniela Álvarez mientras miraba la televisión. Lo que no podía entender era como Graciela Barrera – "esa loca"– contaba cómo habían matado a su su hijo pero al mismo tiempo decía que los presos tenían que ser ayudados.
"Para muchos es una contradicción. Pero es una comunión y el mensaje que queremos dar. A la víctima y al preso les pasa lo mismo. Necesitan herramientas para transitar el camino, sino te hundís", le contó Barrera a Infobae en la fundación que preside, la Asociación de Familiares y Víctimas de la Delincuencia (ASFAVIDE) de Uruguay. Álvarez no solo conoció a Barrera, sino que es la coordinadora general de ASFAVIDE.
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La asociación pone en práctica esa comunión. Son los presos los que le dan sostén. Fueron quienes refaccionaron la sede, les cedieron muebles y con su trabajo aportan el único ingreso económico de ASFAVIDE.
El 14 de enero de 2009 uno de los hijos de Susana fue asesinado. Alejandro Novo, de 30 años, hacía el reparto de pollos de la avícola de la familia cuando en una ruta fue víctima de un intento de rapiña –robo violento– de su camioneta. Le dieron dos disparos y murió en el hospital. Según testigos, fueron tres o cuatro personas. Ninguna hasta el momento fue reconocida y detenida y el crimen está impune.
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Barrera pidió justicia y se encontró con trabas. También con otras personas que sufrían lo mismo. En 2010, se conocieron con María Luisa Martínez, mamá de Maximiliano Rosemberg, asesinado cuando hacía reparto de pizzas, y con Daniel Amaro, el padre de Gustavo, a quien mataron de un tiro mientras manejaba su taxi. Los tres participaban en marchas, golpeaban puertas hasta que se dieron cuenta que en Uruguay no había una organización que nuclee a familiares de víctimas del delito. Y decidieron fundar una. Así, nació en 2012 ASFAVIDE.
Barreda cuenta que en los comienzos fueron inspiración los familiares de las víctimas del atentado a la AMIA. "No queríamos ser objetos de derecho, sino sujetos de derechos", dice para marcar que buscaban que los familiares tengan mayor presencia en las causas, ser escuchados. Recuerda que cuando mataron a su hijo el juez de la causa le dijo a Hugo, su marido y padre de Alejandro, que tenía que ir con un abogado porque no iba a entender nada.
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ASFAVIDE busca que no haya más víctimas del delito. Pero ese camino es muy largo y decidieron que a quienes les toque pasar por ese calvario lo hagan acompañados. "Somos una sala de emergencia de un hospital, no una asociación. La gente viene con mucho dolor, bronca, ansiedad. Primero busca un abrazo solidario", cuenta Barrera.
Además del acompañamiento, la entidad brinda atención psicológica y todo de tipo de asesoramiento, inclusive jurídico.
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En los poco más de cinco años de trabajo, ASFAVIDE tuvo un gran logro: la sanción de la ley de pensión para reparación de delitos violentos. Es para las familias de quienes son asesinados en rapiña, copamiento (la entrada a una casa) o secuestro y para quienes quedan incapacitados totalmente para trabajar. Se trata de un ingreso mensual de 23.500 pesos uruguayos, unos 720 dólares. Hasta el 2017 la pensión la cobraran 168 familias y la ley fue retroactiva a 10 años de su sanción para que incluya a familias que habían sido víctimas de delitos en la década anterior.
Uno de los temas que más consultan los familiares en la fundación es por la pensión. Barrera destaca que ese ingreso es una ayuda muy importante para muchas familias que perdieron a su sostén y que con eso pueden mantener los estudios de los hijos o tratamientos médicos.
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El objetivo para este año es extender la pensión a otros casos y mejorar los protocolos de asignación, cuenta Graciela –de 65 años– con su manera dulce y serena de hablar, con palabras que parecen flotar en el aire.
A través de esa ley de pensión también los presos aportan al Centro de Atención a las Víctimas del Ministerio del Interior. A los detenidos que trabajan en prisión se les retiene el 10 por ciento de su sueldo para ese fin.
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Hubo un quiebre en el trabajo de Barrera en la asociación. Fue cuando empezó a ir a las cárceles. La primera vez fue invitada por el Patronato de Liberados para llevarle ropa y artículos de limpieza a los presos que no tenían visitas. "Vi cosas que nunca pensé que iba a vivir en mi vida", recuerda. "En la cárcel de Canelones sacaban las manos por la ventana de las celdas y me decían ´ayúdeme señora´", cuenta Barrera.


"Y cada vez me fui comprometiendo más", dice. "Señora, ¿usted está acá?", le preguntaban los presos cuando conocían su historia. Una mujer que debería querer que ninguno de ellos salga de prisión porque allí podría estar el asesino de sus hijos, los ayudaba.
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Barrera recuerda con emoción que en una de esas visitas un preso le dijo "señora, me hubiera gustado tener una madre como usted". Pero otro le aclaró: "Por más que hable con usted fui, soy y seré delincuente, la profesión más antigua del mundo con la prostitución".
En sus charlas, los presos le cuentan que están detenidos desde institutos de menores, sus historias de vida sin estudios ni trabajo, ni un hogar que los contenta. Barrera remarca que algunos le dijeron que cuando salen robar armados es porque tienen miedo de que les pase algo. "Son ellos o yo", le repiten.
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En las recorridas que hizo conoció las condiciones de detención de las prisiones y en las charlas con los presos supo de manera directa los padecimientos que sufren. Y en una conclusión expone por qué hay que ayudarlos: "Cualquier de nosotros que estemos ahí no vamos a matar a uno cuando salgamos, vamos a matar a 80".
Para Barrera es fundamental la educación: "Hay que trabajar desde que están en la panza. La mejor arma es un libro".
–¿Qué pensabas de las cárceles antes de empezar a ir?– le preguntó Infobae.
-Nunca me puse a pensar eso.
Su decisión de entrar en ese mundo que desconocía no era aceptada por todos en ASFAVIDE. "A mí me costó. No lo compartía. Cada uno lleva su proceso, es muy personal", dice María Luisa Martínez, quién finalmente después empezó a ir.
ASFAVIDE y los presos forjaron una relación estrecha. Los internos del Polo Industrial del Complejo Carcelario (COMCAR), la prisión más grande de Uruguay que aloja a tres mil personas, fueron los que refaccionaron la sede de la asociación, en un edificio de Montevideo que les cedió el gobierno nacional. Los presos también le regalaron un cuadro con el logo de la fundación y los internos que trabajan en el taller de fibra de vidrio de la cárcel de Punta de Rieles donaron una mesa y sillas que se usan en uno de los consultorios psicológicos de la fundación.


Además, ASFAVIDE recibe todos los meses una donación especial. En COMCAR hay un supermercado en el que trabajan los presos de la cárcel y sus dueños, Pablo González y Gastón Narvarte, de Inclusión Social Generadora (ISG), donan el 10 por ciento de las ganancias mensuales del comercio. Son unos 1500 dólares por mes. Ese es el único ingreso económico de la fundación y la Compañía Uruguaya de Transportes Colectivos le da boletos para quienes trabajan en la fundación y las familias que se atienden. También organizan eventos para recaudar dinero.
En la fundación trabajan nueve psicólogos, tres asistentes sociales y el equipo jurídico de cuatro docentes y 30 procuradores de la Universidad de la República de Uruguay. Todos lo hacen ad honoren. Uno de los casos que llevan los abogados – a cargo de Patricia Carzoglio y Juan Williman– es el de Lola Chomnalez, la chica argentina de 15 años que en diciembre de 2014 fue asesinada en las playas de Valizas. "Llamé a la mamá cuando ocurrió y así nos fuimos dando fuerzas y nos pusimos a su disposición", cuenta Barrera.

"Nadie está preparado para ser víctima", es el lema de ASFAVIDE y su logo dos manos a punto de juntarse. En la entrada de la fundación hay un sector de juegos para chicos y en la sala principal un mural con las caras de víctimas del delito. El trabajo de Barrera con los presos es tan reconocido como el de fundación. "Hoy la gente me pide por víctimas y por detenidos", cuenta.
En ese trabajo conjunto y la comunión, Barrera habla de dos caminos: darle herramientas a las personas que perdieron un familiar por la delincuencia y que los presos sepan que quienes matan son como ellos. Inclusive esos caminos se tocan. "A la fundación ha venido gente que fue víctima de delitos y tienen familiares presos. Es algo muy fuerte", cuenta Barrera.
"El delito destruye y tiene efectos en toda la familia", describe . Su esposo se enfermó del corazón y Alejandro dejó una hija, Melina que ya tiene 12 años.
¿Pensaste alguna vez que alguno de los presos con los que hablaste o ayudaste podía ser el asesino de Alejandro? – le preguntó Infobae
-No voy a la cárcel a buscar a los asesinos de Alejandro.
-¿Qué le dirías?
-Nada. Solo necesito mirar a los ojos a quien le hizo eso a Alejandro.
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