El libro del periodista Enrique Vázquez, editado por Planeta, se lanza en agosto
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Primer contacto

Después de dos semanas de evasivas y hacerse repetir hasta el cansancio que su nombre permanecería oculto, el Delegado aceptó hablar. En represalia me citó un domingo de invierno a las 10 de la mañana en el Mc Donald's del kilómetro 72,5 de la Panamericana, sobre el cruce con la ruta provincial 6. "Tengo que verificar un barco que llega el sábado a la noche", puso como excusa. La ruta 6 desemboca en el puerto de Campana. Sonó creíble.

Al llegar, una empleada de uniforme pasaba el escobillón por el pasillo divisorio. A la izquierda había cuatro chicas destartaladas sobre una especie de barra; por el maquillaje y la indumentaria imaginé que venían de bailar. Hacia el fondo del sector derecho, salpicado de mesas polícromas y vacías, una pareja mayor conversaba junto a la ventana que da a la Shell y más cerca de la puerta masticaba un señor semicalvo de entre 45 y 50 años que al verme hizo una seña. No se levantó, aunque tuvo la delicadeza de limpiarse la mano con la servilleta antes de saludar.

-Te gugleé -dijo en lugar de "mucho gusto".

Faltaban todavía unos minutos para las 10 y sin embargo el Delegado ya estaba terminando una hamburguesa con panceta y huevo. Le elogié el hígado.

-Es lo mejor para el desayuno, los yanquis saben de esto -argumentó.

Nadie se acercó para preguntarme si quería tomar algo. Saqué libreta y birome mientras lo tranquilizaba por enésima vez sobre la preservación de su anonimato.

Pregunté, para encauzar la conversación, a qué nos referimos cuando hablamos de la Aduana. Me miró fijo, terminó de masticar y expuso como ante una mesa examinadora:

-Es una entidad cuya función principal consiste en preservar la salud pública.

No había ido un domingo a las 10 de la mañana hasta Campana para que un representante de los empleados estatales más identificados con la coima y la corrupción me quisiera versear, dicho en argento básico. Escribí tal cual la respuesta para que él viera que yo cumplía con mi parte del acuerdo y volví a preguntar:

-Ahora en serio: ¿qué es concretamente, para usted, la Aduana?

-¿Vos creés que te contesté en joda?

-Sí.

-¿Sabés la cantidad de epidemias de dengue que evitamos nosotros durante la presidencia de Menem? El Turco fue el único presidente del mundo que aceptó en carácter de "donación" cubiertas usadas -de autos, camiones y tractores- provenientes de los Estados Unidos. Nosotros impedimos la descarga porque las cubiertas habían acumulado agua en el interior, y ya se sabe que en el agua estancada es donde desovan los mosquitos. Cuando abrimos el primer contenedor salieron millones de mosquitos. Cerramos ése y nos negamos a abrir el resto. Los yanquis, que ya no saben qué hacer con montañas de neumáticos usados, se los tuvieron que llevar de vuelta. Otras donaciones que habitualmente recibimos de allá son ambulancias. Los hospitales privados norteamericanos, para conseguir descuentos impositivos, nos mandan ambulancias viejas, chocadas o con licencia vencida: ni se molestan en limpiarlas. Llegan con sábanas manchadas de sangre, desechos patológicos, materiales contaminados, jeringas y agujas tiradas en el piso…

Hice un gesto que él interpretó como peyorativo.

-Vos te reís, pero acordate que nosotros mandamos de vuelta un buque tanque francés cargado con caca humana que pensaban usar de relleno en la provincia del Chubut.

 
Containers en la Aduana
Containers en la Aduana

Recordé, con escasa precisión de fechas y circunstancias, aquel episodio de país subdesarrollado, y pensé en los pobres marineros de ese barco, condenados a respirar durante todo el cruce del Atlántico la hediondez equivalente a mil o dos mil camiones "atmosféricos".

-¿Qué pasó con ese carguero?

-No sé, pero nos pusimos de acuerdo con Prefectura y no le permitimos entrar al puerto.

-Volvemos a que no son una institución corrupta sino una entidad de beneficencia.

-No, no. Tampoco eso.

-Para no seguir dando vueltas: ¿hay gente honesta dentro de la Aduana?

El Delegado ni parpadeó:

-Si hay alguno, yo no lo conozco.

Lo sostiene un representante gremial con más de 20 años de antigüedad como aduanero. Chomba Fred Perry, campera de cuero en el respaldo de la silla, estridente Rolex en la muñeca izquierda y mirada de ave rapaz. Cuando lo eligieron por primera vez delegado, dice que hace 5 años, se vio ante la obligación de postergar sus funciones como inspector, pero las retoma cada tanto, "sobre todo algunos fines de semana, cuando hay que recaudar".

-¿Quién tiene que recaudar: usted o la Aduana?

Me miró casi con lástima, como se mira a un chico cuando pregunta si de verdad existen los reyes magos. Gana más de 200.000 pesos mensuales, a los que llega con la suma de salario básico, antigüedad, cargo jerárquico y tres sobresueldos que cobran todos y cada uno de los 6.000 empleados de la Dirección General de Aduanas, cualquiera sea su rango o función: un sueldo extra es el porcentaje de la recaudación que rige para toda la AFIP; otro sueldo extra lo aporta la Cámara de Despachantes de Aduana y el tercero, las compañías navieras. Estos dos últimos son comisiones institucionalizadas bajo el eufemismo de "servicios extraordinarios"; tanto la Cámara como las navieras giran el dinero todos los meses al organismo y la administración deposita la suma en las cuentas de sus empleados junto con el salario normal.

-Si no, ¿por qué te creés que estoy laburando hoy domingo desde la madrugada? Cada minuto del barco surto en el puerto les sale una fortuna a las compañías. Imaginate un caso como el de anoche: el barco llega al puerto un sábado, bien tarde. Tendría que estar sin movimiento hasta el lunes a las 8 de la mañana. Cientos de miles de dólares tirados al agua. Entonces acuerdan una vaquita permanente y tienen la garantía de que habrá personal aduanero dispuesto a hacer horas extras cuando sea necesario.

-¿Cuál es su tarea, como inspector, cuando llega un barco?

-Subo a bordo acompañado por personal de la Prefectura, verifico el rol de tripulación (los documentos de identidad de cada uno), inspecciono el rancho (las provisiones, las medicinas), la libre práctica (elementos de seguridad y salvataje) y punteo el manifiesto de carga. Si veo algo sospechoso, lo hago abrir. Si no, dejo que lo bajen y en todo caso ya se encargarán de escanearlo mis compañeros cuando esté en la playa.

Edificio de la Aduana
Edificio de la Aduana

La conversación derivó después hacia entretenidas anécdotas como la que describe su método para inspeccionar las valijas antes de que lleguen del avión al pasajero, cuando le toca "inspeccionar" en Ezeiza:

-Tengo un punzón que vos lo ves y parece una lapicera. Me lo obsequió un aduanero belga. Si veo una valija con los remaches medio flojos, o con tornillos de distinto tipo en las cerraduras, ¡bum!, le clavo el punzón. Si sale limpio, mala suerte; si sale con polvillo blanco, voy al otro lado de la cinta, espero que el dueño la levante y lo agarro en el escáner.

Del agujero con el punzón pasó a los frecuentes casos de valijas rotas o deterioradas al cabo de un viaje aéreo. Por lo general los pasajeros atribuyen las roturas al maltrato o la indolencia del "personal de rampa", que envuelto en mamelucos reflectores se encarga de retirar las maletas de las bodegas del avión, trasladarlas en un trencito y depositarlas finalmente en la cinta.

-Si te entregan la valija rota, alegrate -me dijo, en cambio, el Delegado.

Interrogué con el gesto, literalmente sin palabras.

-Porque significa que la organización funcionó bien.

Otra vez mudo.

-Sí, la organización funcionó bien: los del aeropuerto de origen metieron la merca y los de acá la retiraron. Imaginate si los de acá se dormían o no encontraban la valija. Vos te presentabas en el mostrador de la Aduana, pasabas por el escáner, te revisaban y aparecía un paquete de merca que por supuesto vos no habías puesto ni era tuyo. Te comías un garrón de aquellos. En cambio si encontrás la valija rota vas y le hacés el reclamo a la compañía aérea, te dan un voucher para que te comprés una nueva y listo.