“Yo pesaba un kilo y medio cuando nací. Mi hermana me había comido todo en la panza de mi mamá”, contó en una oportunidad Mirtha Legrand. Y esto explicaba que sus padres le daban para tomar un aceite de hígado de bacalao que ella definía como “horrible”. Es que, a diferencia de su hermana gemela, a la que apodaron Goldy (deformación de “gordi”), ella era demasiado delgada y por eso la llamaron la Chiqui.
Hija de un comerciante, José Martínez, y una maestra, Rosa Suárez, la gran diva argentina llegó al mundo el 23 de febrero de 1927 en Villa Cañás, Santa Fe, bajo el nombre de Rosa María Juana Martínez. Lo hizo minutos antes que su hermana, María Aurelia Martínez, quien desde el minuto cero se convirtió en su principal aliada y amiga. Pero sus padres ya tenían también un hijo varón, José Martínez Suárez.
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Mirtha tuvo una infancia sencilla, en un hogar en el que el dinero no faltaba pero tampoco abundaba. Y fue muy feliz. “Tengo recuerdos hermosos de mi pueblo. Y de cuando éramos chicas e íbamos a Mar del Plata, que nos quedábamos dos meses”, contó en alguna ocasión. La casa en la que vivía aún sigue en pie y guarda algunos muebles de los que usaba la familia Martínez. Mirtha le pidió al actual propietario que le enviara una vieja araña para atesorar entre sus objetos más preciados.
A principios de la década del 30, la familia Martínez Suárez se trasladó a la Capital Federal. Y uno de los hitos de la vida de la diva que sorprendió a gran parte de sus televidentes tuvo que ver con el momento en que contó que había estado en la presentación del obelisco, monumento construido para celebrar el cuarto centenario de la fundación de Buenos Aires, el 23 de marzo de 1936. “Yo se lo cuento a mi hija y no me cree. ¡Es prehistoria! Nuestros padres nos trajeron a la inauguración, yo tenía 9 años. Me acuerdo perfectamente porque fue un acontecimiento“, explicó.
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La diva comenzó su carrera, junto a su hermana, cuando era una niña. Usaba el pseudónimo de Rosita Luque ella y el de Silvia Legrand, su gemela. “No querían que llevásemos el mismo apellido por si una tenía más éxito que la otra”, explicó en una entrevista. Ambas debutaron como actrices en la película Hay que educar a Niní de 1940. Sin embargo, no pasaron inadvertidas ni para el público ni para los productores.
El gran salto de la Chiqui llegó, sin lugar a dudas, de la mano de Los martes, orquídeas, película que protagonizó cuando tenía apenas 14 años. Para entonces, su madre había decidido que lo mejor era que sus dos hijas usaran el mismo apellido y un representante fue quien le sugirió el nombre Mirtha. “No sabía caminar con tacos. El director de la película le dijo a mi mamá: ‘Cómprele zapatos altos así practica’. Yo era como cuando uno jugaba a las visitas y me la pasaba todo el día en mi casa caminando con esos tacos“, recordó sobre aquella oportunidad.
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La historia que sigue es conocida, en especial, porque Mirtha se encargó de repetirla muchas veces. La película se estrenó en el Broadway. Ella llegó junto a su mamá y sus hermanos en tranvía. Y, tras el éxito rotundo de esa primera función, terminó retirándose del cine en un Cadillac. “Nunca supimos de quién era, porque ese día nació una estrella", aseguró la Chiqui, que con el tiempo llegó a trabajar en más de 40 films.
Faltaba mucho para que llegara la televisión y el clásico Almorzando con las estrellas (luego devenido en Almorzando con Mirtha Legrand y La Noche de Mirtha), programa con el que debutó el 3 de junio de 1968 y que se convirtió en un ciclo récord mundial por haberse mantenido en pantalla por casi seis décadas. Sin embargo, con apenas 17 años y habiéndose convertido ya en una figura de la pantalla grande, la diva anunció por primera vez su retiro de los medios.
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¿Cómo fue eso? Simple. Corría el año 1945. Mirtha había comenzado una relación sentimental con un joven llamado Julio Albar Díaz, a quien había conocido durante una fiesta en el Jockey Club de Córdoba, y éste le había pedido matrimonio. Así las cosas, anillo mediante, la diva había decidido dejar su promisoria carrera para dedicarse de lleno al cuidado de su familia. “Soy feliz, el amor nos ha conducido por su ruta encantada. Yo sabía que lo hallaría y ya ve… tengo tanto que agradecer a la vida. Hasta ahora nada me ha negado”, decía por aquellos tiempos durante una entrevista con la revista Cine Argentino, en la que confirmaba la decisión de abandonar su profesión para convertirse en ama de casa. Algo que, en esa época, todos veían con buenos ojos.
Pero el destino le tenía preparado otro plan a Mirtha. Profesional como siempre fue, antes de abandonar su trabajo estaba dispuesta a cumplir con todos los compromisos laborales que había adquirido de antemano. Y, entre ellos, figuraba el rodaje de la película Cinco Besos. Durante esa filmación, Mirtha conoció al cineasta francés Daniel Tinayre, amigo del director Luis Savlasky. Y, de un día para el otro, cambiaron completamente sus planes personales y laborales. “Era muy buenmozo y elegante”, recordó sobre quien se convirtiera en su esposo y padre de sus hijos Marcela y Daniel.
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Tras ese primer encuentro, también le habían advertido que este hombre que le llevaba varios años tenía mucho carácter. Después de ese primer cruce de miradas, no hubo manera de torcer el camino que los llevaba a estar juntos. “El primer beso fue en mi casa, en Malabia y Arenales, en Palermo, frente al Botánico. Lo conocí un 24 de diciembre y me comprometí el 23 de febrero, el día de mi cumpleaños. Y me casé un 18 de mayo, todo rápido. Eso es el amor. Y yo me enamoré”, confesó la diva, quien le dio el sí a Tinayre en 1945. Y, juntos, lograron convertir a la Legrand en la figura más importante de la Argentina.
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