La estampita con su rostro y su nombre, al día de hoy, se puede conseguir en las páginas web de compra y venta de artículos por un valor que oscila los 15 mil pesos. Y es lógico, ya que desde hace décadas Osvaldo Pugliese se convirtió en un “antimufa” para la colonia artística, en especial, para sus colegas. Y, aún en la actualidad, frente a cualquier imponderable que pueda surgir sobre un escenario, casi como un rezo se escucha invocar tres veces al pianista y compositor que falleció hace 30 años, exactamente, el 25 de julio de 1995. Pero que todavía sigue siendo considerado “el patrono de los músicos”.
El creador de La Yumba, entre otros íconos de la música ciudadana, no llegó a ver nunca una imagen suya como “San Pugliese”. Y, de haberla visto, seguramente se hubiera sentido honrado, según la opinión de su nieta, la también música Carla Pugliese. “Me parece simpático este mito. Y creo que él se lo tomaría con mucha felicidad y que lo estaría agradeciendo constantemente Le hubiera encantado saber que se hacen estampitas con su foto porque él era así, un tipo alegre”, dijo la mujer en una entrevista con Infobae.

¿En qué momento don Osvaldo se convirtió en un amuleto de la suerte? ¿Y por qué? Como toda leyenda, tiene distintas versiones que con el correr de los años van adicionando más condimentos. La primera, la más aceptada, cuenta que todo ocurrió en los comienzos de los años ’90, durante la previa de un recital de Charly García. Dicen que había un inconveniente de sonido que nadie podía resolver y que, con a medida que pasaban las horas, empezó a preocupar los organizadores que temían que hubiera que cancelar el show. Hasta que a alguien se le ocurrió probar con un disco de Pugliese. Y, como por arte de magia, el problema se solucionó.
Pero también están quienes aseguran que el origen de este mito se remonta a muchos años atrás. Además de ser un artista eximio, Osvaldo tenía un gran compromiso político y social. Allá por 1935, había sido uno de los que impulsaron la creación del Sindicato de Músicos. Y luego se afilió al Partido Comunista Argentino, lo que lo puso en la mira del primer gobierno peronista que quería sacarlo de la escena popular. Sin embargo, el maestro nunca dejó de tocar. Y solía llevar claveles rojos a sus shows, que colocaba sobre su piano en señal de protesta por esta situación. Dicen que, entonces, sus detractores quisieron colgarle el mote de “mufa” para que el público dejara de apoyarlo. Pero que sucedió exactamente lo contrario, ya que su éxito se multiplicó, por lo que sus seguidores terminaron identificándolo como un talismán contra las adversidades.

“Protégenos de todo aquel que no escucha. Ampáranos de la mufa de los que insisten con la patita de pollo nacional. Ayúdanos a entrar en la armonía e ilumínanos para que no sea la desgracia la única acción cooperativa. Llévanos con tu misterio hacia una pasión que no parta los huesos y no nos deje en silencio mirando un bandoneón sobre una silla“, dice la oración que acompaña la estampita de San Pugliese. Un hombre con un talento especial para la música, pero con una vida tan cotidiana como la de cualquier otro artista.
Había nacido el 2 de diciembre de 1905 en el barrio porteño de Villa Crespo, dentro de una familia en la que la música tenía un lugar preponderante. Su padre, Adolfo, tocaba la flauta en la Orquesta Pocholo y fue quien, en 1922, le compró su primer piano Fröster alemán. Con este instrumento empezó a tomar clases con Vicente Scaramuzza. Y, cuando cumplió los 15 años, se unió al bandoneonista Domingo Faillac y al violinista Alfredo Ferrito, para formar un trío con el que debutó en Café de la Chancha, un bar de mala muerte al que los parroquianos habían bautizado con ese nombre en honor a la falta de limpieza del lugar y su propietario.

A partir de ese momento, empezó a consolidar su carrera pasando por los conjuntos de Francisca Cruz Bernardo alias Paquita, Enrique Pollet, Roberto Firpo y Pedro Maffia. Pero su sueño era tener su propia orquesta. No le resultó fácil. Y, en un primer intento, hasta tuvo que vender algunos instrumentos para poder regresar de una gira y no tuvo más remedio que volver a tocar para otros maestros. Pero, en 1936, su suerte empezó a cambiar. Por un lado, dirigió un sexteto formado por Alfredo Calabró, Juan Abelardo Fernández, Marcos Madrigal, Rolando Curzel, Juan Pedro Potenza y Aniceto Rossi, que debutó en el café Germinal de la calle Corrientes. Y, por el otro, se casó con María Concepción Florio, con quien tuvo a su hija Lucela Delma Pugliese, más conocida como La Beba.
El 11 de agosto de 1939, finalmente, don Osvaldo presentó su propia orquesta en el café El Nacional, junto a Enrique Alessio, Osvaldo Ruggiero y Eduardo Raimundo Armengol en bandoneones, Enrique Camerano, Julio Carrasco y Jaime Tursky en violines, Aniceto Rossi en contrabajo y, como cantor, Amadeo Mandarino. Y, con algunos cambios en sus integrantes pero su infaltable presencia en el piano, siguió actuando junto a ella a lo largo de más de cinco décadas.

Compuso más de 150 temas y grabó unos 600 de otros autores. Contó con la colaboración de cantores de la talla de Roberto Beltrán, Roberto Chanel, Alberto Morán, Jorge Vidal, Jorge Maciel, Miguel Montero, Ricardo Medina, Alfredo Belusi, Adrián Guida y Abel Córdoba. Y su prestigio era tal, que cuando cumplió los 80 años fue homenajeado con su orquesta ni más ni menos que en el Teatro Colón. Pero, la realidad es que su vida y su obra no tuvo nada de sacra. De todas formas, los músicos saben que nunca está de más llevar una estampita suya en la billetera. Y, como decía León Gieco en Los Salieris de Charly, siempre es atinado mencionarlo, por las dudas. “Pugliese, Pugliese, Pugliese”.
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