Dos electrodos, una batería y una caja redonda de betún: así fue el primer marcapasos interno implantado en una persona

En octubre de 1958, en el Hospital Karolinska de Estocolmo, Arne Larsson, un paciente de 43 años con escasas posibilidades de sobrevida, recibió el aparato desarrollado por el cardiocirujano Ake Senning y el ingeniero Rune Elmqvist. El artilugio falló solo tres horas después y debió ser reemplazado de inmediato por otro igual. La historia de un dispositivo sencillo que revolucionó la medicina y del paciente que sobrevivió 43 años más haciendo una vida normal

It saved the life of 44-year-old Arne Larsson, who had a serious heart arrhythmia and was near death
Hecho con una lata de betún, el primer marcapasos implantado en una persona salvó la vida de Arne Larsson, de 43 años, quien sufría una grave arritmia cardíaca y estaba al borde de la muerte
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Arne Larsson se debatía entre la vida y la muerte en la cama de un hospital. Había sido un deportista universitario distinguido e incluso llegó a integrar la selección sueca de hockey sobre hielo, pero a los 43 años su corazón venía fallando, una y otra vez. Padecía el síndrome de Stokes-Adams, una afección cardíaca grave caracterizada por desmayos repentinos y convulsiones debido a una disminución del flujo sanguíneo al cerebro. Su corazón llegaba a detenerse hasta 30 veces por día, lo que obligaba a las enfermeras o a su propia esposa, Else-Marie, a reanimarlo dándole golpes en el pecho. Aun así, el músculo no conseguía más de 28 pulsaciones por minuto, cuando lo habitual son alrededor de 70. Los profesionales que lo trataban le daban una expectativa de vida máxima de 50 años y en esas condiciones: condenado a permanecer en una cama hospitalaria bajo vigilancia constante.

Corría 1958 y parecía no haber soluciones médicas para su dolencia, pero Else-Marie se negaba a darse por vencida. Se le encendió una luz de esperanza cuando leyó un artículo donde se informaba que un cardiólogo llamado Ake Senning estaba trabajando con el ingeniero Rune Elmqvist en el Hospital Karolinska de Estocolmo para desarrollar un marcapasos cardíaco que pudiera implantarse completamente en el cuerpo del paciente. Else-Marie decidió hablar con ellos.

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Los marcapasos artificiales ya existían desde hacía algunas décadas, pero todos eran grandes y aparatosos, lo que hacía imposible implantarlos dentro del cuerpo. Y eso obligaba a pasar cables desde la máquina por la pared del pecho hasta el corazón. El riesgo de infección era altísimo, y la calidad de vida para el paciente era muy limitada. Lo más avanzado en la materia era un marcapasos portátil que funcionaba a pila desarrollado por el cardiocirujano estadounidense Clarence Walton Lillehei en colaboración con el ingeniero Earl Bakken el año anterior. Era pequeño y el paciente podía llevarlo colgado del cinturón, pero tenía la misma desventaja que los otros: seguía estando fuera del cuerpo.

Cuando la esposa de Larsson se puso en contacto con Senning y Elmqvist, la primera respuesta de los investigadores fue que todavía estaban desarrollando el aparato y que no estaban en condiciones de implantarle uno a su marido. Su investigación todavía estaba centrada en la intensidad ideal de la corriente eléctrica y el número de impulsos por minuto que debían utilizarse para estimular el corazón. Lo estaban experimentando con perros. Else-Marie les dijo que estaba dispuesta a correr el riesgo porque las expectativas de supervivencia de Arne se reducían cada vez que su corazón fallaba.

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Rune Elmqvist, el ingeniero que inventó el primer marcapasos (Wikimedia Commons)
Rune Elmqvist, el ingeniero que inventó el primer marcapasos (Wikimedia Commons)

Un aparato improvisado

Trabajando contrarreloj, el médico y el ingeniero terminaron de adaptar ese precario marcapasos para poder implantarlo en un ser humano. Tenía forma circular y disponía de dos transistores de silicio y una batería de níquel-cadmio recargable mediante un sistema externo. La recarga se hacía por inducción: una bobina aplicada sobre la pared abdominal del paciente recargaba la batería durante la noche, una vez al mes. Lo fabricaron a mano y sus dimensiones (55 milímetros de diámetro y 15 de ancho) estaban determinadas por el molde donde fue fijado a la resina que lo recubría: una cajita de betún para zapatos de la marca British Kiwi. Dos electrodos colocados con suturas al músculo cardíaco serían los encargados de dar impulso al corazón. Así de improvisado era el artilugio.

La operación para implantar ese marcapasos, a cargo de Senning, se realizó el 8 de octubre de 1958 en la Clínica Cardíaca del Hospital Karolinska de Estocolmo. De inmediato empezó a estimular el corazón de Arne Larsson para que funcionara a un ritmo normal de 72 pulsaciones por minuto. La alegría inicial, sin embargo, no demoró en convertirse en frustración: por un daño causado en el aparato durante el proceso del implante, el marcapasos dejó de funcionar apenas tres horas más tarde.

Senning y Elmqvist habían previsto que algo así podía suceder y tenían preparado un aparato idéntico, que le implantaron la mañana siguiente. El nuevo marcapasos funcionó a la perfección durante una semana, pero luego la amplitud de las señales bajó, probablemente indicando una falla parcial de uno de los cables que conectaban el marcapasos al corazón, pero no por una falla de la unidad en sí. Mientras se pudiera recargar, el marcapasos seguía funcionando.

En diciembre de 1958 se suspendió la recarga, pero el marcapasos se dejó colocado. Arne Larsson seguía sufriendo variaciones grandes en su pulso, pero después de dos meses de estimulación artificial ya no tenía esos ataques incapacitantes del síndrome de Adams-Stokes. En noviembre de 1961 Senning tuvo que intervenir al enfermo para insertarle un nuevo modelo que fue reemplazado en enero del año siguiente.

El primer marcapasos interno implantado a un ser humano tenía forma circular y disponía de dos transistores de silicio y una batería de níquel-cadmio recargable mediante un sistema externo. Lo fabricaron a mano y sus dimensiones estaban determinadas por el molde donde fue fijado a la resina que lo recubría: una cajita de betún para zapatos de la marca British Kiwi (Siemens Healthineers Historical Institute)
El primer marcapasos interno implantado a un ser humano tenía forma circular y disponía de dos transistores de silicio y una batería de níquel-cadmio recargable mediante un sistema externo. Lo fabricaron a mano y sus dimensiones estaban determinadas por el molde donde fue fijado a la resina que lo recubría: una cajita de betún para zapatos de la marca British Kiwi (Siemens Healthineers Historical Institute)

43 años de sobrevida

Larsson recibió 25 marcapasos más en los 43 años posteriores a la primera implantación. Esos aparatos le devolvieron la capacidad de nadar y de andar en bicicleta a un ritmo pausado, bailar e incluso viajar en avión. Volvió a poder cumplir con las exigencias de la vida laboral. Con el tiempo se convirtió en un ejemplo del éxito que podían tener los marcapasos cardíacos y presionó a los fabricantes para que mantuvieran sus actividades de desarrollo.

Hoy los marcapasos tienen el tamaño de una pequeña cajita de fósforos de la que salen dos cables con electrodos que conectan la vena de la clavícula con el corazón. Uno de ellos va a la aurícula y otro al ventrículo derecho. Suelen durar diez años y después hay que cambiarlos. Los cardiólogos esperan poder prescindir totalmente del cable en el futuro. De hecho, ya existen marcapasos sin cables, pero sólo pueden ser utilizados en determinados pacientes. Tienen los electrodos en la parte exterior y casi se atornillan en el corazón.

Hasta el final de sus días, Larsson siguió con interés los avances técnicos del aparato que le permitió prolongar más de cuatro décadas su vida. En un congreso médico realizado en Suecia en 2000 dijo: “Lo que se hizo en 1958 en Estocolmo, con la ayuda de los doctores Senning y Elmqvist —y de alguna manera, por mí mismo— fue una sensación. Hoy no se te ocurre pensar en una implantación de marcapasos como algo sensacional. Bueno, señoras y señores, entonces están todos equivocados. ¡Sigue siendo una sensación… para el paciente!”.

Arne Larsson falleció en 2001, a los 86 años, por un melanoma, sobreviviendo a los dos hombres que habían inventado el aparato que le prolongó la vida más de cuatro décadas: Elmqvist falleció en 1997 y Senning en el 2000.

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