El ingeniero que le hizo caso a sus sueños: un pico de estrés le cambió la vida y ahora lucha por mantener vigente a “El Zorro”

Diego Giannotti tiene 47 años y desde muy chiquito se vio cautivado por el histórico personaje interpretado por Guy Williams. Tomó clases de esgrima con Fernando Lúpiz y su espectáculo atrae a todas las edades

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Diego Giannotti tiene 47 años. Cuando era chico, no entendía porqué no le decían "Don Diego", como a Don Diego de la Vega, alter-ego de El Zorro
Diego Giannotti tiene 47 años. Cuando era chico, no entendía porqué no le decían "Don Diego", como a Don Diego de la Vega, alter-ego de El Zorro

Cuando era chico, a esa edad en la que el mejor momento del día es la merienda con chocolatada incluida, Diego Giannotti no entendía por qué nadie lo llamaba “Don Diego”. Ni su mamá, ni sus abuelos, ni sus sus compañeritos de colegio. Nadie anteponía lo de “Don” a su nombre, que ahora que tiene 47 años cree que es parte de un destino que estaba escrito en algún lado.

“No me acuerdo cuándo se metió El Zorro en mi vida porque siento que nací y El Zorro ya estaba ahí. A mi mamá le encantaba la serie, merendábamos juntos y la mirábamos. Guy Williams había hecho la temporada más exitosa de la historia de Mar del Plata en 1978, justo antes de que yo naciera. No sé si eligieron mi nombre sólo por Don Diego de la Vega, pero estoy seguro de que tuvo algo que ver”, arriesga Giannotti en diálogo con Infobae. Es ingeniero industrial y es, también, un hombre convencido de una misión: mantener vigente la leyenda de ese personaje de ficción que, casi setenta años después de su estreno, sigue brillando en los televisores argentinos.

El nacimiento de un sueño

Diego Giannotti no se acuerda de cuándo se metió El Zorro en su vida pero sí se acuerda de la primera capa inspirada en el personaje que le hizo su abuela Lucy cuando era chiquito, y de que su abuelo Roberto le dijo, ya durante la adolescencia y por su parecido al personaje de ficción, que él debía ser “El Zorro del futuro”. Se acuerda de lucir esa capa en los carnavales de Ramos Mejía, donde nació y vivió de chico, y de sentir un deseo potente: “Yo ahí ya sabía que quería ser El Zorro en algún momento”.

Del personaje de ficción que, de a ratos, era Don Diego de La Vega y, de repente, devenía en héroe enmascarado, le gustaba todo: “El traje, las escenas de lucha con espada y las que eran de suspenso, pero sobre todo, que El Zorro luchaba por un ideal”, describe Diego, y algo en la voz se le conmueve.

Los carnavales de la infancia pasaron pero su pasión por el personaje, no. “En la adolescencia empecé a estudiar esgrima deportiva. Quería acercarme de alguna manera a Fernando Lúpiz, que históricamente representó al Zorro en nuestro país. A mí todo eso me tiraba, pero a la vez, iba terminando el secundario y yo no había crecido en una familia de artistas y tenía el mandato de estudiar una carrera universitaria”, cuenta.

El Zorro
La icónica serie protagonizada por Guy Williams se estrenó en 1957. En Argentina todavía brilla en televisión

Varios de sus amigos se inscribieron en la Facultad de Ingeniería y él hizo lo mismo: estudió Ingeniería Industrial y, mientras estudiaba, conoció a Paula, la que sería su novia. La que hoy es su esposa y la madre de sus dos hijas, una de quince años y otra de catorce. La que lo vio animarse a dejarse picar del todo por ese bichito que rondaba desde la infancia, y lo acompañó en cada uno de esos pasos.

Las fiestas de disfraces, una coartada perfecta

Al paso de estudiar un poco de esgrima y de no sacarse de la cabeza el personaje interpretado por Guy Williams que apareció por primera vez en 1957, le siguió el de organizar fiestas de disfraces en su casa. Diego transitaba esos años del fin de la adolescencia y el principio de la adultez, ya se formaba para ser ingeniero, pero de vez en cuando, lo más seguido que podía, convocaba a sus amigos y amigas a su casa con la condición de que acudieran disfrazados.

Él siempre se vestía igual: como ese personaje que lo cautivaba desde sus primeros recuerdos. “Me dejaba el bigote para que estuviera en su punto justo para la noche de la fiesta y esperaba ansioso el momento de ponerme el traje. Ya para ese momento sabía algo de esgrima deportiva, que estudié con Juan Gabaida, que a la vez trabajó con Fernando Lúpiz e incluso con Guy Williams. Y algo de lo que aprendía en esas clases se lo explicaba a algún amigo que me hacía ‘de contraparte’ en las fiestas de disfraces”, reconstruye Diego.

Ese amigo hacía una especie de “vaquita” juntando plata con alguna excusa como que iba a usarse para limpiar la casa, o para la comida, o alguna otra cosa para la que no se necesitaba realmente recaudar dinero o para la que ya se había recaudado el suficiente. “Entonces yo aparecía en el tejado de la casa con el traje de El Zorro y les devolvía la plata a mis amigos. Hacíamos algunos movimientos de esgrima con el que fuera mi cómplice en esa idea”, cuenta Giannotti, que en medio de esa especie de coreografía buscaba dar un “mensaje justiciero”.

En las presentaciones, El Zorro se enfrenta a Monasterio, su histórico rival. Giannotti construyó un show que dura 50 minutos
En las presentaciones, El Zorro se enfrenta a Monasterio, su histórico rival. Giannotti construyó un show que dura 50 minutos

Las clases de esgrima deportiva no lo condujeron a competencias en esa disciplina. No era ese su objetivo, sino más bien conocer cada una de las armas que se usan en ese deporte y también los movimientos básicos que ejecutan los esgrimistas. Mientras tanto, Diego aprobaba las materias que paulatinamente lo iban convirtiendo en ingeniero.

Las vacaciones que cambiaron todo

A Diego siempre le gustaron el cine, el teatro, la televisión. La industria del entretenimiento audiovisual. Pero en 2004 vio algo de esa industria que nunca le habían mostrado ni la tele, ni el cine, ni el teatro tradicional. “Conocí de cerca los shows a la gorra, sobre todo en plazas de la Costa Atlántica. Me volví muy fanático del espectáculo circense que hacía un artista llamado Doctor Cerebro. Me hizo sentir inmediatamente una alegría y una energía en mí y en todo el público, y sentí enseguida que yo quería probarme en eso, ver si podía llegar a la gente de esa manera”.

Todavía estudiaba en la facultad. Todavía estaba de novio y no aún casado. Todavía faltaba para animarse del todo a ese sueño que acababa de empezar. Pero la semilla estaba sembrada.

“Empecé a estudiar por mi cuenta. Malabares, equilibrio, cosas de circo. Estudié periodismo deportivo durante un año pero dejé porque descubrí que no iba a ser lo mío. Pero me sirvió para confirmar que me gustaba algo de las cámaras, el arte, los medios”, describe Diego. Empezó a trabajar en puestos cada vez más vinculados a la carrera para la que se formaba en la universidad. Pasó por el Hospital Español y en algún momento, hace casi dos décadas, empezó a trabajar en una empresa que, a la vez, hace auditorías de seguridad a otras empresas.

“En un momento, por mi trabajo, tuve que viajar mucho y muy seguido. A Europa, a Brasil. Me la pasaba viajando, sin parar, cambiaba de hotel todo el tiempo, y eso me empezó a generar un nivel de estrés que en un momento fue demasiado”, reconstruye Diego.

Giannotti se dedica a la auditoría de seguridad en empresas. Viajar mucho por trabajo lo llevó a un pico de estrés
Giannotti se dedica a la auditoría de seguridad en empresas. Viajar mucho por trabajo lo llevó a un pico de estrés

En medio de uno de esos episodios en los que lo habitaba el cansancio y la ansiedad, un pensamiento lo rescató del abismo: “Empecé a pensar que yo podía encarar mi propio espectáculo callejero y tratar de generar esa energía y esa alegría en la gente. Y lo siguiente que pensé era que el personaje obvio para mí era El Zorro. Y ese pensamiento me alivió esa sensación de estrés total que me agobiaba y se me venía encima”, describe Giannotti.

Una plaza, el primer escenario

Empezó a preparar su espectáculo callejero de a poco. Y casi siempre pensando que no se iba a animar a hacerlo. “Yo ya estaba casado, con dos nenas, tenía 35 años y todas las responsabilidades de llevar la casa adelante junto con mi esposa. Veía difícil empezar algo nuevo y tan diferente a lo que venía acostumbrado. Pero me moría de ganas”, cuenta.

Justo por esa época se inauguró una nueva calesita en la plaza de su barrio, Villa Sarmiento, y Diego pensó que sería una buena idea ponerse a vender globos inflados con helio disfrazado de El Zorro. Era su manera de poner a prueba su capacidad de vincularse con un posible público, y de testear cómo se llevaba el barrio con el personaje que a él lo fascinaba desde chiquito.

Eso que era una prueba se volvió una rutina. Iba a la plaza con su esposa y con sus dos hijas. Agregó espadas y algunos otros objetos vinculados al Zorro a la oferta, y se animó a probar esa suerte también en la Costa Atlántica, donde los espectáculos callejeros lo habían deslumbrado por primera vez.

Usaba una capa que le había confeccionado una tía abuela cuando era adolescente y un sombrero que él mismo había preparado. Las botas también eran de sus tiempos adolescentes y la espada de utilería la había creado con sus propias manos. Supo definitivamente que ese proyecto iba encaminado en Mar de Ajó, cuando vio que se formaba fila para sacarse una foto con él.

El Zorro y Monasterio, históricos rivales
El Zorro y Monasterio, históricos rivales

“Mis nenas eran chiquitas, tenían tres y cinco años. Los papás del jardín preguntaban qué hacía vendiendo globos en la plaza y les explicábamos que yo estaba preparando un espectáculo más grande. A mis chicas les encantaba sacarse fotos con las espadas y que sus amiguitos quisieran venir a casa a ver el traje, las espadas”, recuerda Diego. Esa era otra prueba sobre cómo reaccionaban los más chicos a la presencia de ese personaje que él ama desde hace tantos años.

“Seguí armando un espectáculo con elementos del circo pero centrado en el personaje del Zorro. Cuando lo tuve armado, me compré un parlante, y llegó un momento en que ya no me podía echar para atrás. Pensaba todo el tiempo ‘me tengo que animar, me tengo que animar’. Lo probé en una fiesta familiar y enseguida me pidieron que lo hiciera en el jardín de mis hijas”, reconstruye Diego. El paso siguiente fue adaptar ese primer espectáculo a algo que pudiera hacerse a la gorra.

De la plaza a los eventos

“Me paré en el medio de la plaza y empecé a llamar al público con el micrófono. Me concentré en hacerlo como si llevara muchos años haciendo eso, para tratar de transmitir esa confianza y que le resultara atractivo a la gente. No quería que se dieran cuenta de que era la primera vez”, dice, y a su voz vuelven los nervios de ese debut callejero. Era 2016 y el debut fue en la Plaza de Haedo: “Salió re lindo, por suerte”.

Ya no había vuelta atrás. Los shows callejeros se incorporaron a su rutina y a la de toda la familia. Su mamá, la que merendaba con él mirando El Zorro, estuvo siempre en la primera fila hasta que murió. Su esposa y sus hijas lo acompañaban a cada presentación. “No sólo hacía los shows a la gorra sino que me empezaron a pedir que me presentara en eventos”, cuenta Giannotti.

En 2018 una noticia sacudió su estantería: supo que Fernando Lúpiz iba a dar clases de esgrima en el club GEBA y se inscribió inmediatamente. “Me pasé todo ese año estudiando esgrima escénica con Fernando, que había sido campeón deportivo y que había aprendido esgrima escénica del mismísimo Guy Williams. Aprendí en la misma pista que Fernando había aprendido”, describe.

Una de las claves del espectáculo es que los chicos interactúen mucho. "Les encantan las escenas de acción y el ruido de las espadas", dice Diego
Una de las claves del espectáculo es que los chicos interactúen mucho. "Les encantan las escenas de acción y el ruido de las espadas", dice Diego

Según explica, formarse en esgrima escénica es algo así como construir una coreografía de baile pero con las armas de esa disciplina. “Se arma una especie de rutina de baile en la que yo sé a dónde y cuándo voy a tirar el golpe y también lo sabe mi contraparte. Los dos sabemos qué movimientos vamos a hacer, desde tirar un golpe con el puño hasta simular que se trata de cortar la cabeza del rival”, explica Diego. A diferencia de la práctica de esgrima deportiva, donde lo más importante son los reflejos y la agilidad, en su versión escénica lo más importante es no olvidar ninguno de los movimientos de la rutina.

“Lo que más valoro de todo ese aprendizaje es que ahora sé cómo se escriben esas rutinas. Ya había aprendido algo mirando muchas veces la serie, y también con un libro que escribió el actor que interpretaba a Monasterio. Pero el gran aprendizaje fue con Fernando, que me ayudó con todo lo que le preguntaba”, suma Diego. La espada con la que ahora mismo se presenta la armó Lúpiz. “Le dio exactamente el mismo ángulo con el que él había aprendido junto a Guy. Espero que nunca se me rompa porque es mi gran tesoro”, resume.

Con el correr de los años, ese pedacito de vida que Diego había empezado a imaginar en medio de un pico de estrés era ya una parte fundamental de su rutina.

“Todo empezó a crecer. En el espectáculo me animé cada vez más a interactuar con el público. De la plaza pasé a estar en eventos, y es impresionante ver cómo funciona el personaje: a los más chicos les gusta porque hay acción, choque de espadas, ruidos de peleas, y un héroe. Y a los más grandes les gusta porque aman al personaje desde hace décadas. Estuve en cumpleaños de nenes de jardín de infantes y de señores de 90 años”, cuenta Diego, que durante la pandemia hizo shows virtuales interpretando al Zorro con la ayuda de sus hijas, que representaban a las hijas de Monasterio.

Una foto de 2019: Giannotti, en su rol de Diego de la Vega, junto a sus dos hijas
Una foto de 2019: Giannotti, en su rol de Diego de la Vega, junto a sus dos hijas

Desde hace algunos años sus espectáculos son de a dos. Sumó a Alejandro Morrielo, un compañero que conoció en las clases de esgrima que tomó con Lúpiz. “Algunas veces venía a los shows y hacíamos alguna demostración de pelea con espadas, y después me di cuenta de que era difícil preparar todo el show y la escenografía solo, y me pareció buena idea sumarlo”, explica Diego. Morrielo es el malo de la película: interpreta a Monasterio, el gran enemigo del Zorro.

“Hacemos lo que yo llamo teatro interactivo porque hacemos que el público participe mucho, sobre todo los más chicos, que siempre quieren usar las espadas. Lo que más agradece el público es que, más allá de la historia que contamos, nunca le faltamos el respeto a la esencia del personaje”, describe Giannotti, que ahora mismo lleva a distintos eventos un espectáculo de alrededor de 50 minutos.

De todos los efectos que tiene su presentación, hay uno que lo fascina: “Muchas veces los padres me cuentan que sus hijos se engancharon con el personaje y ahora miran El Zorro juntos. Eso para mí es increíble porque es una forma de difundir al personaje y de mantenerlo vigente”, se emociona.

En la Argentina hay un amor increíble por el personaje. En su momento creo que fue porque es una serie muy bien hecha para la época, con un presupuesto mucho más amplio que el de otros programas. Los sets parecían ciudades reales. Y además, los héroes siempre funcionan cuando luchan contra una injusticia. A todo eso se le sumó la visita de Guy Williams, una estrella total de Hollywood, a nuestro país. Entonces los argentinos nos enamoramos para siempre del Zorro”, argumenta Giannotti, y remata: “Y además, a todos nos gusta recordar la época en la que éramos chiquitos y felices, sin preocupaciones. Creo que el personaje nos conecta a muchos con eso”.

Mi sueño era sentir que pasaba por esta vida dejando algo, un momento lindo a la gente y, si además, puedo aportar un granito de arena para que continúe la leyenda del Zorro es un lujazo enorme para mí”, define Diego. El nombre de su espectáculo, Zorro, la leyenda continúa, resume ese sueño. “Yo estudié, me formé y tengo una profesión a la que me dedico. Pero decidí seguir este sueño y no sólo trabajar, sino también hacer lo que me gusta. Ese es el mensaje que les quiero dejar a mis hijas: que no se queden con las dudas ni con las ganas de animarse a hacer lo que les apasione”.

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