“Aquí hay dragones”: la increíble expedición arqueológica a Isla de los Estados, las huellas de Piedra Buena y los restos de los presidios

Un grupo multidisciplinario se adentró en los misterios y secretos que guarda este archipiélago. Sus costas fueron escenarios de innumerables naufragios, y atesora vestigios del paso del mítico comandante Luis Piedra Buena, quien tanto hizo para reafirmar la soberanía argentina en el sur, así como de restos de las cárceles militares. Los detalles de un viaje increíble

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Dos veleros blancos, uno con nombre "GALILEO", en aguas con algas frente a una costa montañosa verde bajo un cielo nublado
La inmensidad de la isla, y en las aguas tranquilas de la bahía, las dos embarcaciones que participaron de la expedición (Carlos Landa)

Roberto Ulloa era apenas un adolescente cuando, navegando las aguas heladas del sur con su padre, vio a lo lejos las alturas que se recortaban entre las nubes de la Isla de los Estados. Cuando egresó como guardiamarina, su primer destino fue el destructor Bouchard y su primera navegación fue en el Atlántico Sur durante la guerra de Malvinas. Luego de cuarenta años de servicio se retiró, y además de ejercer la docencia, siguió navegando con amigos. Entonces se preguntó por el estado del patrimonio arqueológico histórico de ese pedazo de tierra solitaria e inhóspita, que tanto se le había cruzado en cientos de derroteros de sus años de servicio.

Una pequeña casa de madera blanca y desgastada se asienta en una colina verde. A la izquierda, el océano oscuro bajo un cielo azul con nubes blancas
Parte del mítico Faro de San Juan de Salvamento, y la inmensidad del océano Atlántico (Carlos Landa)

Separada por 25 kilómetros de Tierra del Fuego, la angosta Isla de los Estados tiene 65 kilómetros de largo y es el último tramo de la cordillera de los Andes antes de hundirse en el mar. Para Ulloa, sus montañas, lagunas y su exuberante vegetación le imprimen una belleza particular, y las aguas que la rodean, pródigas en corrientes traicioneras y violentas tormentas, responsables de innumerables naufragios, brindan una irremediable cuota de agresividad.

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Muchos siglos antes de que el hombre blanco la avistase, se tiene la certeza que ya era visitada por pueblos fueguinos que, navegando en canoas hechas con troncos de árboles, se las arreglaban más que bien para sortear el peligroso estrecho de Le Maire.

Primer plano de ruinas de piedra con paredes derrumbadas y cubiertas de vegetación. Al fondo, se ven montañas verdes y un denso bosque bajo un cielo nublado
Restos de construcciones, levantadas principalmente en piedra (Carlos Landa)

En 1616 el holandés Willem Schouten la bautizó Statenlant, (“Isla de los Estados”) creyendo que era parte de la Terra Australis Incognita, una tierra que desde tiempos inmemoriales se creía que existía bien al sur del globo.

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Luis Vernet instaló un aserradero cuando inició su plan de colonización en las islas Malvinas. Décadas más tarde, el comandante Luis Piedra Buena construiría sendos refugios y en 1884 el comodoro Augusto Lasserre instaló el Faro de San Juan de Salvamento, un destacamento de subprefectura y un presidio militar, al que trasladarían años después a Puerto Cook.

En 2021 Ulloa y Andrés Antonini, otro marino, recorrieron la isla y comprobaron que los valiosos testimonios de presencia humana se estaban perdiendo, y determinaron que algo había que hacer.

Una cruz de madera y varias cruces de metal oxidado en un campo de hierba y arbustos. Al fondo, un cuerpo de agua y montañas verdes en Isla de los Estados
Uno de los dos cementerios que conserva la isla. Cruces sin identificar que sobreviven ante el avance de la vegetación (Carlos Landa)

En paralelo y sin conocer la inquietud de Ulloa, un grupo de arqueólogos, que tienen en su haber el estudio de los campos de batalla, fortines de frontera y que junto a veteranos de guerra visitaron los lugares donde se combatió en Malvinas, pretendían armar una expedición a la isla, ya que aún no se había trabajado de manera sistemática la arqueología histórica en este archipiélago. Un marino en actividad conocía la inquietud de los arqueólogos Carlos Landa, Alejandra Raies y Nicolás Ciarlo y el historiador Sebastián Avila, investigadores del Conicet, y los relacionó con Ulloa, y así el proyecto, luego de muchos meses de trabajo y preparación, pudo llevarse a cabo.

Cuatro personas en una playa rocosa, con tres hombres y una mujer sonriendo en primer plano. Un hombre sostiene la bandera argentina y otro un detector de metales
El grupo de arqueólogos en plena tarea, exhibiendo la bandera argentina que le cedió un veterano de guerra de Malvinas (Carlos Landa)

Se acordó que el objetivo de la misión sería la de profundizar el conocimiento sobre la arqueología histórica de la Isla de los Estados y las características distintivas de su mar.

El plan era el de navegar, con dos veleros, la cara norte de la isla, ya que la sur es mucho más peligrosa y donde muchos barcos naufragaron.

La primera aproximación la hicieron los arqueólogos en noviembre del año pasado. Fue en una lancha rápida de la Armada llamada “La Indómita”, que los cruzó hasta Basil Hall, un puerto natural en un fiordo de la costa norte, que lleva el nombre de un marino escocés quien, como jefe del escuadrón británico en el Pacífico, exploró el lugar por 1820.

Cuatro personas con chaquetas azules y gorros de lana posan en una playa de piedras, con un lago y montañas al fondo bajo un cielo nublado
Restos de un naufragio, que los arqueólogos presumen que podría tratarse del barco de Piedra Buena (Carlos Landa)

Allí, en 1998, se había descubierto una estructura de piedra. Luego de realizar un sondeo, comprobaron que se trataba de una casa de tres metros por siete y con una altura aproximada de un metro ochenta. Enterrados, hallaron restos del techo, que estaba hecho con tejas francesas. Sus características coincidían con otras estructuras que había levantado el comandante Luis Piedra Buena.

Este marino es marca registrada en el sur, famoso por sus acciones por reafirmar la soberanía argentina en el sur, por auxiliar a víctimas de naufragios y por los emprendimientos que llevó a cabo en esas latitudes.

Primer plano de un objeto metálico oxidado de color marrón rojizo, parcialmente cubierto por hojas secas y vegetación verde, con una escala de medición
La espesura esconde vestigios, como esta chapa de zinc usada en la construcción de refugios (Carlos Landa)

También hallaron pedazos de loza, vidrio y material náutico, como herrajes, restos de componentes de los buques. En ese lugar permanecieron cuatro días y regresaron al continente, para sumarse a la preparación del viaje.

Se conformó un grupo de 16 personas, y los que viajaron fueron 12. Como un homenaje a los viejos exploradores que se guiaban con precarias cartas náuticas, bautizaron la expedición con el nombre de “Hic dracones sunt”, esto es “Aquí hay dragones”, ya que en los antiguos mapas solían dibujar monstruosas criaturas, que advertían a los navegantes que debían andar con cuidado en mares y tierras inexploradas y desconocidas.

Un ladrillo de barro cocido, rojizo y desgastado, con una inscripción parcial en relieve, yace sobre rocas oscuras y húmedas junto a una regla de medición
Un ladrillo de la marca "Otamendi", material traído del continente y usado a fines del siglo XIX (Carlos Landa)

Si bien contaban con comunicación satelital, también puede afirmarse que fue una expedición a la vieja usanza. Porque además de los arqueólogos, hubo un fotógrafo, Pedro Atés y una artista plástica, Male Casá, que registraría en papel los hallazgos. Completaba el grupo un médico, su hijo de 14 años y personal que se ocuparía de navegar los veleros “Galileo” y “Pampa Mía”, de doce metros de eslora.

El grupo zarpó de Ushuaia el 15 de enero. En San Juan de Salvamento, donde en la década del 90 levantaron una réplica del faro que inmortalizó Julio Verne en su novela, se dedicaron a ubicar y relevar lo poco que queda de las construcciones secundarias, como eran la casa del oficial torrero y la de los operarios.

Primer plano de una losa de cemento gris con texto grabado, parcialmente cubierta por hierba seca y vegetación verde en la Isla de los Estados
"Enero de 1900", una de las pocas inscripciones que se encuentran en el cementerio (Carlos Landa)

Sorteando una peligrosa barranca de unos trece metros de altura, lograron dar con restos de botellas, clavos, y con una estructura que tenía similitud con un deck de madera. Era lo que quedaba del primer presidio militar con el que contó la isla, armado para alojar, en las peores condiciones imaginables, entre veinte a cincuenta hombres. También dieron con restos del muelle.

En el faro durmieron dos noches. Luego se trasladaron a Puerto Cook, donde la Armada había levantado un presidio militar mucho más grande, ya que podía albergar hasta 200 personas. En ese punto encontraron pilotes que sostenían el muelle, y relevaron el lugar para determinar las dependencias que entonces funcionaban. Visitaron el antiguo cementerio, donde viejas cruces luchan contra una vegetación tupida que a veces es difícil de sortear. En el lugar hay una piedra grande que tiene grabado “Enero de 1900″. En Cook estuvieron tres noches.

Primer plano de un objeto cerámico rectangular de color terracota parcialmente visible en tierra húmeda y oscura, con raíces. Una herramienta naranja y una escala con "N" y "cm" también están presentes
Restos de una teja de un techo que se desplomó y que por años permaneció bajo tierra (Carlos Landa)

A veces dormían en carpas o bien en los veleros, turnándose en las angostas cuchetas.

El libro de Roberto J. Payró “La Australia argentina: excursión periodística a las costas patagónicas, Tierra del Fuego e Isla de los Estados”, editado en 1898, también sirvió para aportar datos históricos claves que ayudaron a entender el entorno, ya que comprobaron la exactitud de las descripciones que realizó el escritor.

Parte del grupo se dirigió al lugar donde se suponía que Luis Vernet, cuando había iniciado su proyecto colonizador en las islas Malvinas, había armado un aserradero para proveerse de madera. Pero no pudieron hallarlo. El grupo de arqueólogos llevaba consigo una bandera argentina prestada por Fernando Suárez, veterano de guerra.

Isla de los Estados
En la isla están desperdigados restos de metal, la mayoría pertenecientes de barcos que naufragaron en sus costas (Carlos Landa)

Lo que sí descubrieron fueron restos de letrinas, con una estructura de ladrillos traídos de Buenos Aires. Resulta sencillo ubicarlas, ya que alguien, hace años, colocó la imagen de una Virgen muy cerca de ellas.

En Puerto Vancouver, ubicado en la cara sur de la isla, hallaron lo que fue otro refugio para náufragos y estación de pesca levantado por Cándido Eyroa, un segundo de Piedra Buena, quien se casaría con una sobrina del comandante. Aún hay chapas de zinc, clavos y maderas desperdigadas por el lugar.

Luego se dirigieron a Bahía Franklyn, sitio donde Piedra Buena naufragó y que con su tripulación estuvieron cerca de tres meses. Para poder regresar, construyeron una pequeña embarcación, a la que bautizaron “Luisito”.

Isla de los Estados
La inmensidad del archipiélago, que es la última manifestación de la cordillera de los Andes (Carlos Landa)

Fue complicado desembarcar, ya que las corrientes cruzadas hacen dificultoso llegar a la costa y las aguas suelen llevar con violencia a las embarcaciones contra la costa de piedra. Ahí los marineros demostraron su profesionalismo para bajar a los miembros de la expedición con sus equipos en pequeños gomones.

En ese sitio los arqueólogos dieron con cuatro grandes restos de embarcaciones. Resta determinar si se trata de varias o es una sola. Del mismo modo, deben continuar los estudios sobre el sitio para afirmar o descartar la ubicación del campamento del marino.

Hallaron, además de vestigios de barcos y un prisma, que es un elemento de vidrio que servía para proyectar la luz solar a las cubiertas inferiores de los barcos.

Hay ciervos y cabras que Piedra Buena había llevado, y en el lugar se levanta un domo donde hacen sus investigaciones biólogos del Conicet.

Landa confesó que este viaje había sido lo más parecido a viajar al pasado y subrayó que tienen por delante un trabajo que demorará años. Todos los miembros de la expedición colaboraron ad honorem, y agradecen al Centro Austral de Investigaciones Científicas del Conicet por la ayuda recibida.

Roberto Ulloa
Roberto Ulloa, jefe de la expedición a la mítica isla. Trabaja para que el proyecto perdure y crezca

Ulloa contó a Infobae que el siguiente paso es el de organizar una muestra con fotografías y dibujos de lo que vieron en la isla, está previsto desarrollar un proyecto educativo con colegios con la activa participación de alumnos, y dar charlas y conferencias. Y por supuesto volver a esa isla que aún encierra misterios por dilucidar y mucha historia por descubrir.

Fuentes: Entrevistas a Carlos Landa y a Roberto Ulloa

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