
Cuando José de San Martín pidió la baja del ejército español y se embarcó al Río de la Plata, en el interín estuvo unos cuatro meses en Gran Bretaña en los últimos meses de 1811. En ese tiempo en Londres, en el que vivió en el número 23 de Park Road, en el distrito de Westminster, se relacionó con políticos, intelectuales y con logias masónicas con intereses en lo que sucedía en América.
Fue en la capital inglesa donde adquirió, de segunda mano, el sable corvo que dicen es un fiel reflejo de su personalidad.
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De origen árabe o persa, se calcula que fue forjado durante el siglo XVIII en el Lejano Oriente. Con su vaina incluida pesa un kilo y medio y mide 95 centímetros. Se destaca su sencillez, la ausencia de detalles en oro o de piedras preciosas.

Posee una hoja de acero de Damasco, de aproximadamente 100 años de antigüedad al momento de ser adquirido. Lo que caracteriza a este material es su calidad, filo, resistencia y ligereza. La empuñadura es de madera de ébano y su vaina está recubierta en cuero y bronce. Se cree que San Martín habría sido el primero en introducir este tipo de arma en América del Sur.
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Este sable fue una de las cuestiones que llamó la atención en la ciudad, cuando en marzo de 1812 arribó ese teniente coronel de caballería, de marcado acento español y que no tenía familia en Buenos Aires. Nadie sabía quién era, hasta sospechaban que podría ser un espía y encima lucía un extraño sable. Parece que el militar fue pionero en la introducción de este tipo de arma en América del sur.

Lo acompañó en su campaña libertadora a Chile y Perú junto a otras armas que llevaba y, al regreso a Mendoza, luego de la entrevista con Simón Bolívar en Guayaquil, lo dejó en esa provincia, en manos de María Josefa Morales, viuda de Pascual Ruíz Huidobro, y que las malas lenguas la señalaban como una de sus viejas amantes, aunque otros historiadores sostienen que habían sido solo buenos amigos. Se habían conocido en 1813, luego del combate de San Lorenzo.
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Fueron su hija y su yerno en su viaje de bodas a Buenos Aires en 1832 que se lo llevaron. “Traigan mi sable corvo, que me ha servido en todas las campañas en América y servirá para algún nietecito, si es que lo tengo”. En Buenos Aires nacería Mercedes, su primera nieta.
Cuando vivió sus últimos años en el segundo piso en el 105 de la Grand Rue en Boulogne-sur-Mer, colgó el sable en una de las paredes de su habitación. Varios coleccionistas intentaron comprárselo y siempre chocaron con la rotunda negativa del dueño.
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Cuando una fuerza anglo-francesa bloqueó el Río de la Plata, quedó impresionado por la defensa de la soberanía que realizó Juan Manuel de Rosas. Por eso, en su cláusula tercera de su testamento, redactado en enero de 1844, estableció que “el sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina D. Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que tratan de humillarla”.
Luego de su fallecimiento, el 17 de agosto de 1850, el sable debía pasar a Rosas quien, a su vez, legó el suyo al presidente paraguayo Francisco Solano López, en reconocimiento a la defensa que hacía de su país en la guerra de la Triple Alianza. No llegó a mandárselo porque murió el 1 de marzo de 1870, marcando el final de ese conflicto.
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Rosas se encontró con el arma cuando se exilió en Southampton. La conservó como una reliquia: la depositó dentro de un cofre en cuya tapa hizo colocar una placa de bronce en la que estaba grabada la famosa cláusula testamentaria.
A su muerte, ocurrida el 14 de marzo de 1877, quedó en poder de su hija Manuela Robustiana y su yerno Máximo Terrero. Ellos recibieron insistentes cartas de Adolfo Carranza, promotor de la creación del Museo Histórico Nacional y su director durante 25 años, para preservarlo allí. Carranza se comunicaba con descendientes de aquellos protagonistas de nuestra historia para que legasen objetos y documentación para enriquecer el acervo de la flamante institución.
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La respuesta de la hija de Rosas, si bien demoró, fue positiva.
El 4 de marzo de 1897 el vapor correo inglés “Danube”, que había zarpado de Southampton –ciudad donde había vivido Rosas y donde estaba enterrado-, ancló en aguas cercanas a la ciudad de La Plata. A su encuentro fue la corbeta “La Argentina” y el nieto de Rosas, Juan Manuel Ortiz de Rozas -que sería gobernador bonaerense en 1913- recibió el sable. Al día siguiente, este buque recaló en el puerto de la ciudad de Buenos Aires.
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La idea fue que una comisión de generales y almirantes lo recibiera, pero el hecho de que viniera de manos de Rosas produjo resistencias y muchas ausencias en el acto. El único alto oficial que accedió fue el teniente general correntino Donato Álvarez, de 72 años, veterano del combate de la Vuelta de Obligado y que, en las filas de Justo José de Urquiza, había peleado en Caseros. Se había retirado del servicio activo dos años antes.
El nieto de Rosas fue quien lo entregó en mano en Casa Rosada al presidente de entonces José Evaristo Uriburu, quien firmó el decreto para que fuera conservado en Museo Histórico Nacional. Desde entonces se exhibió allí.
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Cabe recordar que los restos de San Martín habían llegado al país el 28 de mayo de 1880 y fue su nieta Josefa Dominga, la que dispuso la donación al museo en cuestión del mobiliario del dormitorio donde había fallecido su abuelo. Lo hizo con un croquis en el que detallaba la disposición de los muebles. Además, legó documentación y correspondencia a Bartolomé Mitre.
El 12 de agosto de 1963 fue robado por un grupo de la juventud peronista, para llamar la atención. Devuelto días después, fue nuevamente robado el 19 de agosto de 1965 también por peronistas y recuperado a los meses.

Entonces lo colocaron en un templete blindado en el Regimiento de Granaderos a Caballo, hasta que el 24 de mayo de 2015 la entonces presidente Cristina Fernández de Kirchner encabezó el acto de su traslado al museo.
Una década después vuelve a alterarse el descanso de aquel sable del que San Martín nunca se había querido desprender y que, para orgullo de su dueño, nunca había sido desenvainado para la opresión de los pueblos.
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