A diferencia de dos antecedentes similares en Mar del Plata, el evento se produjo en plena tarde, con temperaturas elevadas y miles de turistas dentro y fuera del mar, buscando alivio ante el calor. Esa combinación —una playa colmada y una ola inesperada de hasta cinco metros— transformó en tragedia lo que en otros momentos había sido apenas un susto o un recuerdo extraño en los archivos de la ciudad.
Sin bien las olas gigantes que azotaron al balneario de Puntas Mogotes, el 8 de diciembre de 2022, solo provocaron destrozos porque irrumpieron en la playa durante la madrugada; lo ocurrido el 21 de enero de 1954 fue mucho más traumático porque tuvo lugar durante el día, cuando el mar estaba colmado de turistas por el calor, y dejó como saldo 100 heridos.
“Siempre quedó la idea de que en 1954 había habido una especie de tsunami en Mar del Plata, pero para las generaciones posteriores era como una historia exagerada de los abuelos. Estamos lejos de las zonas sísmicas, lejos del Pacífico, entonces sonaba raro. Lo de ayer hace que todo eso vuelva a cobrar sentido”, explicó a Infobae el historiador marplatense Daniel Reynoso.
El fenómeno de ayer, descripto por especialistas como una “ola vagabunda” o un posible meteotsunami —un tsunami generado por condiciones atmosféricas extremas y no por terremotos—, obligó a evacuar preventivamente todas las playas de la zona. Testigos relataron escenas de pánico: sombrillas volando, bolsos arrastrados por el agua, familias separadas por la correntada y guardavidas haciendo sonar sus silbatos mientras intentaban sacar a miles de personas del mar.
“No se veía venir. El mar estaba calmo y de repente se retiró y volvió como una pared negra”, contó uno de los rescatistas. En Santa Clara del Mar, donde el impacto fue mayor, el agua avanzó decenas de metros sobre la arena y sorprendió a turistas que caminaban o descansaban cerca de la orilla.
Aunque el caso conmocionó por su desenlace fatal, la comparación entre los tres episodios permite entender tanto la rareza del fenómeno como los factores que convierten a una anomalía natural en una catástrofe.
“En 1954 el fenómeno se sintió de lleno en Mar del Plata. Ayer, en cambio, el efecto más fuerte estuvo corrido hacia Mar Chiquita, la Albufera y Santa Clara del Mar. En la ciudad hubo movimiento, se notó en el puerto y en las playas, pero no con la violencia de aquel entonces”, describió Reynoso, quien al momento del hecho se encontraba en la zona sur, a la altura de Piedra Marina, antes de Acantilados.
“En los archivos del ’54, aparece como el ‘tsunami de Mar del Plata’. El agua entrando en la playa, la gente arrastrada, el caos. Pero con el tiempo eso quedó como algo medio mitológico”, admitió Reynoso.
En aquel entonces, el fenómeno ocurrió de día, con buen clima y miles de personas disfrutando del mar, una coincidencia notable con lo sucedido esta semana. La diferencia clave está en las consecuencias humanas. “No quedaron registrados heridos graves en 1954. Sí gente golpeada, asustada, lastimada, pero nada comparable con lo de ahora, donde hubo una muerte y personas internadas”, subrayó Reynoso.

2022: la ola gigante que llegó de madrugada
El 8 de diciembre de 2022, durante la madrugada del inicio del último fin de semana largo del año, Mar del Plata fue escenario de un meteotsunami que invadió balnearios en la zona sur, especialmente en Punta Mogotes. Eran las 2:27 cuando tres olas consecutivas avanzaron sobre la playa, arrasando con mesas, sillas, lonas y tachos de basura. Las cámaras de seguridad de algunos paradores registraron cómo el mar se tragaba el mobiliario y lo devolvía convertido en escombros flotantes.
Ese diciembre había sido récord en cantidad de turistas y se esperaba una temporada excepcional. Sin embargo, el episodio no dejó heridos ni víctimas fatales. La explicación es simple y decisiva: la mayoría de los visitantes dormía en hoteles o departamentos y las playas estaban prácticamente desiertas.
Meteorólogos del Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero (Inidep) concluyeron que se trató de un meteotsunami, un evento inofensivo en términos humanos pero impactante desde lo visual y lo material. El agua avanzó sobre sectores secos de la playa, dañó estructuras livianas y generó temor, pero no provocó evacuaciones masivas ni emergencias sanitarias.
Aquel fenómeno reavivó el interés por un episodio aún más antiguo, casi mítico, que había quedado grabado en los archivos periodísticos y científicos de la ciudad.
1954: el “tsunami” que nadie pudo explicar
El 21 de enero de 1954, a las once de la mañana, Mar del Plata vivía un día típico de verano: calor moderado, sol y playas colmadas. La ciudad atravesaba un proceso de transformación profunda, con el auge del turismo masivo y la llegada de miles de familias trabajadoras a los balnearios del centro, como Punta Iglesia y Playa Popular.
De pronto, en el horizonte apareció una ondulación extraña. En cuestión de minutos, tres grandes olas avanzaron una tras otra y elevaron el nivel del mar cerca de un metro en apenas seis minutos. El agua cubrió el muelle de pescadores, sumergió espigones y arrasó con toldos, sillas y sombrillas. Bañistas que se encontraban en zonas poco profundas quedaron sin hacer pie; otros fueron empujados violentamente hacia la playa.
El caos se apoderó del lugar: gritos, personas buscando a sus hijos, turistas golpeados por restos de madera y metal, once casos de principio de asfixia por inmersión y más de cien heridos leves. Sin embargo, no hubo muertos.
Durante décadas se debatió qué había ocurrido realmente. En su momento se habló de “maremoto”, pero estudios posteriores descartaron terremotos submarinos, erupciones volcánicas o impactos de meteoritos. Investigaciones científicas publicadas en los últimos años sostienen que lo más probable es que se tratara también de un meteotsunami generado por perturbaciones atmosféricas, como ondas de gravedad asociadas a frentes de tormenta que viajaban sobre el Atlántico Sur.

El evento fue clasificado como de baja intensidad en la escala internacional de tsunamis, pero suficiente para causar pánico y dejar una huella imborrable en la memoria colectiva de la ciudad.
Tres fenómenos de carácter imprevisible
Los tres casos comparten un rasgo central: su carácter imprevisible. Ni en 1954, ni en 2022, ni en 2026 hubo alertas previas claras que permitieran anticipar el avance repentino del mar.
En 2022, la magnitud del evento fue considerable, pero la madrugada actuó como un “factor protector”: sin gente en el agua ni familias en la arena, el meteotsunami solo se llevó objetos materiales.
El episodio del 12 de enero reúne, en cambio, los peores elementos de ambos antecedentes: ocurrió de día, en plena temporada alta, con temperaturas elevadas y miles de personas buscando refrescarse en el mar. A eso se sumó una ola más alta, estimada por testigos en hasta cinco metros, y una fuerte correntada que arrastró a bañistas hacia zonas rocosas.
La muerte de Yair Amir Manno Núñez marca un antes y un después en la historia local de estos fenómenos. Es la primera víctima fatal asociada a una ola gigante de origen meteorológico en la Costa Atlántica argentina.
Las autoridades provinciales reconocieron que se trata de eventos extremadamente raros y difíciles de predecir. “No tiene causas confirmadas por la ciencia y tampoco se sabe si puede volver a ocurrir”, señaló el titular de Defensa Civil bonaerense. Especialistas como el ingeniero Fernando Oreiro coincidieron en que todo indica que se trató de un meteotsunami, aunque aún se analizan datos atmosféricos y oceánicos para confirmarlo.
Por ahora, la única defensa real sigue siendo la reacción rápida de los guardavidas y los sistemas de evacuación preventiva.
Como en 1954 y en 2022, el mar volvió a demostrar que incluso en las costas más familiares y tranquilas puede esconder una fuerza impredecible. La diferencia, esta vez, es que dejó una vida en el camino y una herida abierta en el corazón del verano argentino.
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