
Nelson Mandela decía que el coraje no es la ausencia de miedo, sino la capacidad de seguir adelante a pesar de él. Y esa frase, tantas veces repetida, adquiere otra densidad cuando se la encarna en una escena concreta, cuando se la pone a prueba frente al abismo.
España salía de una larga noche. La dictadura de Franco había dejado marcas profundas, heridas abiertas, silencios forzados. Había esperanza, pero también desencanto. Porque la democracia no traía soluciones mágicas: ni el desempleo desaparecía, ni las injusticias sociales se corregían de inmediato. Y a cinco años del retorno a las urnas, muchos comenzaban a dudar de que ese fuera el camino. En ese clima enrarecido, el 23 de febrero de 1981, un grupo de militares encabezados por el teniente coronel Antonio Tejero decidió tomar el Congreso de los Diputados.
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La imagen es cinematográfica. Tejero irrumpe pistola en mano al parlamento en plena sesión, acompañado por guardias civiles armados. Hay gritos, disparos al techo. Todos los diputados se lanzan al suelo, se esconden detrás de sus bancas, intentan protegerse. Todos… salvo tres. Tres figuras permanecen erguidas, inmóviles en sus asientos, resistiendo el pánico con una obstinación que solo puede nacer de la convicción más profunda. Una de ellas era Adolfo Suárez, presidente del Gobierno y arquitecto de la transición democrática.
¿Qué se juega en esos segundos? ¿Qué fuerza invisible les impide buscar refugio como todos los demás? No es valentía temeraria ni inconsciencia. Es esa fibra íntima que a veces se manifiesta como una negativa silenciosa a traicionarse a uno mismo.
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Las horas que siguieron fueron tensas, inciertas. Pero algo se quebró en los golpistas cuando vieron que no todos se habían rendido. Esos tres hombres —Suárez, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo— no permitieron que la historia se escribiera en clave de miedo. Su sola actitud ayudó a torcer el rumbo de los hechos. Los militares empezaron a negociar. La escena se desinfló. El golpe, finalmente, fracasó.
No es un cuento épico. Es una escena breve, tensa, incómoda que podemos ver hoy en internet. Pero, como en toda historia que vale la pena contar, hay un punto de inflexión. Y ese punto no fue una bala, ni una orden, ni una estrategia. Fue una decisión: no entregarse. No agacharse. No callarse.
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Pensaba en esa imagen porque, más allá de las diferencias de tiempo y lugar, todos enfrentamos nuestros propios 23 de febrero. A menor escala, más íntimos, pero igualmente decisivos. Son esos momentos en los que algo amenaza con arrebatarnos lo que somos. Una injusticia en el trabajo. Una presión que busca silenciarnos. Un miedo que nos empuja a traicionar nuestros principios. Un vínculo que nos aplasta, un entorno que nos exige claudicar.
La historia no siempre se escribe con grandes discursos ni con actos heroicos. A veces se escribe con gestos mínimos, con cuerpos que, aun temblando, deciden no agacharse. Y otras veces, también, se escribe con quienes se tiran al piso pero luego se levantan. Porque ¿quién puede saber con certeza cómo va a reaccionar cuando el miedo entra a los gritos? Nadie ensaya esas escenas.
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Tal vez, entonces, lo que nos prepara para responder de la manera más sabia —o simplemente más fiel a nosotros mismos— en esos momentos, sea haber reflexionado antes sobre lo que de verdad nos importa. ¿Qué convicciones nos sostienen cuando todo se tambalea? ¿Qué lugar dentro nuestro no está dispuesto a rendirse? ¿Dónde está esa línea, a veces invisible, que separa el instinto de protección de la renuncia a lo que somos?
Porque es en tiempos de calma cuando se siembran las certezas que luego, en la tormenta, pueden ayudarnos a decidir de qué lado de la historia queremos estar.
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* Juan Tonelli es speaker y escritor. El texto es parte del libro “Un elefante en el living, historias sobre lo que sentimos y no nos animamos a hablar”. www.youtube.com/juantonelli
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